Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2005
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Juan Pablo II: El Magno
Dagoberto Valdés Hernández
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Miles
de camagüeyanos saludan al Papa Juan Pablo II a medida que el
Santo Padre recorre las calles que lo conducen a celebrar la
Santa Eucaristía en esa provincia el 23 de enero de 1998.
REUTERS/Gary Hershorn |
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La grandeza ha sido realidad y
título discutido en el mundo de hoy y siempre. Para el
cristianismo ser grande tiene un contenido, un estilo y un
propósito. Grande para Cristo es el servidor de todos, es el que
entrega toda su vida hasta el final sin esperar nada a cambio.
Grande es el que se hace pequeño para amar con corazón sin
fronteras.
En la bimilenaria historia de la Iglesia Católica tenemos el
testimonio elocuente de miles y millones de seguidores de Cristo,
unos anónimos y otros muy reconocidos que han vivido esta forma
extraña y sacrificada de grandeza.
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Dagoberto Valdés saluda a Su
Santidad durante el Encuentro de Intelectuales Católicos
celebrado en Roma el 25 de septiembre de 1987. |
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Hoy, 2 de abril de 2005, el mundo
entero ha contemplado el tránsito final, el arribo a la meta, la
entrada en la eternidad, de uno de esos seguidores de Cristo que
arriesgaron todo, perdieron todo, encontraron a todos, para
alcanzar la verdadera grandeza: grandeza de alma, grandeza en el
sacrificio de la cruz propia y ajena, grandeza en el servicio de
amar hasta el extremo. Es la grandeza del hombre que muere en el
martirio incruento y cotidiano por una causa y que alcanza la
plenitud de su vida al consumirla, gota a gota, sin desfallecer,
sin abandonar la cruz, sin dejarse aplastar por las
circunstancias, sin dejarse amilanar por la limitación física ni
por la enfermedad. El dolor lo molió pero no pudo vencer su
espíritu.
Las fuerzas del mal atentaron varias veces contra su vida, pero
no pudieron desviarlo del camino hacia la única vida verdadera.
La incomprensión y los dardos lo rodearon junto con la
admiración y el aplauso, ninguna de las dos le hizo torcer el
rumbo de la auténtica grandeza humana que es erguirse frente a
las miserias de este mundo y tender la mano franca a amigos y
enemigos. Y esto, lo sabemos, es la mayor grandeza.
Por eso, al contemplar la culminación del camino de este
peregrino de la libertad, de la verdad, de la justicia y de la
paz, al ver llegar a puerto seguro al campeón jadeante que
arriba a la meta de su amor y su esperanza, al ver además, la
forma en que llegó, el talante con que aguantó las vicisitudes
del camino, nos inclinamos reverentes ante la inenarrable
grandeza de un ciudadano de este mundo, de un sencillo polaco,
que descubrió cuál era el camino seguro, lo escogió
valerosamente, lo labró con su propio esfuerzo, lo universalizó
tumbando muros, lo regó con su propia sangre, lo cultivó con su
palabra y su sudor, lo refrendó con su propia vida y… al final,
llegó a la meta. Casi sin aliento…pero sin mirar atrás. Casi sin
moverse pero sin dejar de amar. Sin voz y sin camino se quedó…
pero, ¿para qué necesitaba ya la voz quien había encontrado a la
Palabra, y para qué necesitaba caminar quien había encontrado al
Camino?
Inclinamos nuestras almas para admirar las huellas del peregrino,
pero no podemos dejar de alzar agradecidos nuestras frentes ante
el espectáculo de una existencia culminada por el último Paso
victorioso de la vida sobre la propia muerte, de la propia y
suprema limitación hacia la Plenitud sin ocaso.
La Iglesia, tu cuna y tu redil, se alegra y da gracias, por tu
incansable peregrinar misionero por todos los caminos del mundo.
Gracias por enseñarnos que para Cristo no hay puerta que no
pueda abrirse, ni muro que no pueda caerse, ni corazón que no
pueda ablandarse, ni palabra que no pueda decirse, ni gesto que
no pueda entenderse, ni dignidad que no pueda rescatarse, ni
libertad que no pueda alcanzarse, ni solidaridad que no pueda
obtener lo que se propone para servir a la liberación de todo
hombre y mujer.
La Iglesia, tu casa y tu grey, se alegra y da gracias, por tu
insobornable defensa de la vida humana, desde su concepción
hasta su deceso natural. Lo proclamaste, a tiempo y a destiempo,
entre los que te comprendían y los que te criticaban, pero ahora
ya nadie podrá decir que lo predicaste y no lo viviste. Tu largo
y sufriente final, llevado con impresionante dignidad y
serenidad, debe ser manifiesto y testamento que proclame con la
fuerza irrebatible del ejemplo que la vida humana es sagrada,
inviolable y sólo está en las Manos de Dios.
La Iglesia, tu sembrado y tu cosecha, se alegra y da gracias,
porque nos enseñaste como ningún otro Pontífice, desde el primer
día de tu ministerio, desde tu primera Carta Encíclica, que
Jesucristo es el Redentor del Hombre, que es su Garante y su
Defensa, su Paradigma y su Escudo. Gracias por enseñarnos que la
Encarnación de Dios se traduce hoy en escoger, para la Iglesia y
para la entera familia humana, a la persona humana como el
primer y único camino, como el único absoluto en este mundo,
como el primer y único rasero ético. Gracias por enseñarnos que
los Derechos Humanos son la base de toda convivencia y que sin
ella se daña la Gloria de Dios y la dignidad humana, que son
como la fuente y el arroyo.
La Iglesia, tu cayado y tu consuelo, se alegra y da gracias,
porque hiciste con los jóvenes y las familias una amistad sin
fronteras. Te revivían y te consolaban, te enardecían y te
enamoraban, sacaban de ti las últimas fuerzas y se las
comunicabas centuplicadas. No por gusto parece ser que algunas
de tus últimas palabras sin voz y sin medida fueron dedicadas a
los jóvenes: “Yo los busqué. Y ellos han venido….”
La Iglesia, tu familia y tu corona, se alegra y da gracias,
porque salvaguardaste el Depósito de la fe y al mismo tiempo
caminaste, tú el primero, tú delante, tú dando el paso crítico,
hacia los hermanos de las demás confesiones cristianas.
Peregrino a la Sinagoga de Roma y al Memorial del Holocausto
entraste con mano amiga y corazón conmovido hasta la entraña de
la religión de Moisés. Nos tiembla el alma, más que a ti la mano,
al verte junto al Muro de las Lamentaciones en la antigua y
eterna Jerusalén colocando en el entresijo de la piedra - ¿en el
corazón abierto de Cristo?- aquel leve papel, con la única
oración posible: “Ut unum sinc”, que seamos uno, los que hemos
tenido la misma raíz y la misma roca: El Dios de Abraham, de
Isaac y de Jacob.
Quedamos pasmados de gozo y admiración al verte descalzarte las
sandalias del Pescador de Galilea para entrar humilde y descalzo
en la Mezquita del Islam. Hay que tener alma grande y visión
alta. Nos parece que el mundo se ha escapado hacia adelante al
contemplar el milagro de Asís, allí a la vera del “poverello”,
del rico que se desnudó en la plaza de los trapos de la tierra
para vestir la única riqueza:el amor. Por eso no podía ser otro
el lugar sino el remanso de paz de San Francisco donde
convocaste a todas las religiones del mundo aquella tarde del 27
de octubre de 1986. Quizá te acordabas de la frase de San Juan
de la Cruz… “en el ocaso de la vida, seremos juzgados por el
amor.” Y otra tarde, casi 20 años después, el primero de abril
de 2005, cuando llegabas sosegadamente al ocaso de tu existencia,
uno de los primeros peregrinos que llegó a pie a la Plaza de San
Pedro era el Rabino Mayor de Roma con sus hermanos judíos.
Siempre el verdadero amor encuentra reciprocidad.
La Iglesia, madre de misericordia y recinto de perdón, se alegra
y te da gracias, por haberla conducido del siglo XX al Tercer
Milenio del Cristianismo: portento y sueño realizado, encargo de
tu hermano mayor el Cardenal polaco Stefan Wiszinski, héroe de
la fe, en la Polonia nazi y luego la que primero terminó el
comunismo. Y por haberle dado al milenio que inauguraste desde
1989 una puerta magnífica con el Gran Jubileo del 2000. Allí te
veneramos, arrodillado junto al Cristo crucificado, frente al
estupor del mundo entero, pidiendo humildemente perdón, por todo
y por todos los pecados del mundo y de la propia Iglesia a lo
largo de los siglos.
No eran gestos dramáticos, ni palabras vacías, mucho, mucho
antes, las habías entrenado y refrendado con tu propia sangre,
literalmente, martirialmente, … ¡de verdad! Allí, en la
discreción de la celda, te erguiste con la mayor estatura que
podías alcanzar, te levantaste de la sencilla silla
penitenciaria para abrazar, ¡abrazar! al hombre que te había
herido, intentando matarte. He aquí, Santo Padre, que contigo
levantaste a la Humanidad caída, nos elevaste a la suprema
grandeza del alma, esta es la raíz de tu grandeza, este es el
espectáculo de una Humanidad nueva, redimida, elevada. Esta es
la causa primera y última, de tu magnanimidad y tu santidad: el
perdón del enemigo. Perla y corona de la esencia del
cristianismo.
Por eso, por esta carta de ciudadanía cristiana, en un intento,
por demás imposible, de encerrar en una sola palabra la
inmarcesible vida del atleta que llegó, con las zapatillas
gastadas y la garganta abierta, a la meta ansiada y vislumbrada
desde la lejanía de una cultura en las fronteras dolorosas de
dos mundos que reconcilió como nadie, rescatamos hoy un viejo
título, reservado en los siglos, por la Iglesia y la Humanidad,
para aquellos pocos seguidores de Cristo cuya carrera sin par,
resulta imposible de comparar. Por ello, podemos dirigirnos al
Papa misionero, quizá el hombre más grande del siglo XX, sin
temor a equivocarnos: ¡Juan Pablo II, el Magno!
Director de Vitral y miembro del Pontificio Consejo de
Justicia y Paz.
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