Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2005
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¿Qué puede decir la Iglesia sobre la familia?
Ricardo Antoncich, sj
En el marco de esta serie de conferencias del curso “Aprendiendo
a vivir”, el tema que voy a tratar está formulado como pregunta,
y me hizo pensar primero sobre el sentido de los términos.
Si por "Iglesia" se entiende sólo el magisterio de la Iglesia,
la pregunta implica que alguien habla y alguien escucha; hablan
los obispos, el magisterio y escuchan las familias. En este caso
parece que las propias familias cristianas no tienen voz, que su
experiencia no aporta nada. El magisterio deduce sus enseñanzas
de las fuentes de la revelación, en las cuales hay ciertamente
experiencias de la familia, pero de otras épocas pasadas, que
poco iluminan las situaciones presentes en las circunstancias
concretas.
Lo que la Iglesia enseña es que el matrimonio es un sacramento
que, como todo sacramento, significa la visibilidad de algo que
es invisible en el orden de la gracia de Dios. En términos de la
carta a los Efesios: lo visible es el amor humano de la pareja,
lo invisible es el amor que existe entre Cristo y la Iglesia
como Esposo y Esposa respectivamente. Este profundo y rico
mensaje no es sin embargo lo que los fieles captan como
prioritario. Para la conciencia de los cristianos, son mucho más
claras y tajantes las prescripciones del derecho canónico que
las de la teología sacramental: el matrimonio es indisoluble, no
se admite el divorcio; los divorciados no pueden acercarse al
sacramento de la comunión, etc. De esta manera las leyes están
desvinculadas de su fundamento, porque si el contrato
matrimonial entre bautizados es indisoluble, lo es porque
representa visiblemente el amor permanente entre la Iglesia y
Cristo.
En cambio, si por "Iglesia" se entiende la comunidad de fe,
junto con sus pastores, entonces la Iglesia tiene mucho que
decir, porque la experiencia de la familia atraviesa por entero
a la propia Iglesia, desde la misma persona de Jesucristo, el
Hijo de Dios que nace en una familia, que tiene una madre,
María; que vive en esa familia la experiencia más inmediata de
la comunión de amor de las personas, que experimenta los
sufrimientos más duros de la separación, despedidas (pensemos en
la despedida del joven Jesús para dejar a su madre y dedicarse a
anunciar el Reino de Dios); temores y miedos por lo que puede
suceder a los demás miembros (pensemos en la angustia de José y
María ante el niño Jesús que no aparece), hasta la concepción de
la misma Iglesia, no solo en el nivel de la "iglesia doméstica"
o sea del mismo hogar como centro de una comunidad de fe de
personas, sino de toda ella en su conjunto pensada como una
familia de hijos e hijas de Dios. Podríamos decir que la
pregunta correcta sería no sólo "lo que la Iglesia puede decir
sobre la familia", sino "lo que la familia puede decir sobre la
Iglesia". Entendido el tema de esta manera, se percibe con
claridad una recíproca relación donde la Iglesia aprende de la
familia y la familia aprende de la Iglesia.
La familia no es una institución creada por la Iglesia, su
origen está en el Génesis cuando Dios da al hombre y a la mujer
la tarea de dominar la creación y poder sobre las cosas, pero
además, hacer fecundas sus relaciones para perpetuar la vida. Un
biblista (el P. Alonso Schökel) decía con mucho humor que Dios
creó al primer hombre y a la primera mujer y luego les dijo que
"hicieran el resto". Compartir el poder divino de "hacer el
resto" es el privilegio de toda pareja humana, que da origen a
una vida.
Nuestro itinerario de pensamiento parte del significado de la
humanización. La familia es la primera comunidad en la que se
acoge la nueva vida humana, se la alimenta y la educa. La
familia es la "primera estación" del largo camino de toda
humanización. Y esta ley universal ha sido válida también para
la humanización de Dios. Lo humano no ha sido contrario ni
indigno de Dios; la encarnación es el más maravilloso canto de
confianza en lo humano, en sus capacidades para que Dios pueda
actuar dentro de la historia, junto a todos los hombres y
mujeres. Ningún ser ha dejado tan claro esto como Dios mismo, y
tomar en serio este principio es comenzar a profundizar nuestra
fe cristiana.
Otras estaciones son las instituciones que prosiguen la
formación familiar, la escuela que nos introduce en el mundo de
la cultura, el templo que nos introduce en lo religioso, la
ciudad con sus exigencias de participación. Nos concentraremos
luego en los símbolos para entender la Iglesia que se vinculan a
la familia, a la vida de la pareja y terminaremos por lo que la
pareja tiene que decir a la Iglesia para que la Iglesia pueda
hablar bien sobre la familia.
De esta manera la Iglesia y la familia se volverán
interlocutores que aprenden uno del otro.
1. La familia en el proceso de la humanización de lo divino.
Somos cristianos, creyentes en la persona de Jesús de Nazaret en
quien se ha realizado la Encarnación del Hijo eterno del Padre.
La trascendencia de Dios ya no puede ser entendida como un "puro
más allá" de lo humano, sin corregir este modo de pensar,
reconociendo que lo divino y lo humano se han encontrado
armónicamente en un mismo ser que es, con todo derecho
plenamente humano y divino. La inmanencia y la trascendencia se
ha unido y en nuestra tierra ha aparecido la gloria del Padre
revelada en su Hijo.
Esta verdad es fundamental, porque supera toda falsa imagen que
contrapone lo divino a lo humano, como si hablar a favor de lo
humano fuera quitar importancia a lo divino. He oído expresiones
de que lo divino sólo tiene sentido si lo humano es rebajado,
menospreciado. Nada menos cristiano. En Cristo podemos amar al
mismo tiempo y con todo el corazón lo que es humano y lo que es
divino.
La humanización del Hijo eterno del Padre es paso de la
eternidad al tiempo; la filiación divina vivida allá, se
comienza a vivir también aquí, de modo que en la tierra podemos
aprender cómo se hace la voluntad del Padre, es decir, el
cumplimiento de nuestra oración de que la voluntad de Dios en
los cielos sea vivida y realizada aquí abajo. Pero este paso de
la eternidad a la historia es también el paso del Unigénito a la
convivencia con hermanos en la historia. La fraternidad no era
necesaria en el misterio eterno de Dios, pero sí lo es en la
vida histórica de todo ser humano y por tanto de Cristo.
Nuestro camino de acceso a lo divino no es directo, sino a
través de lo "divino-humanizado" que es la persona de Cristo.
Esto significa, por una parte, la estima tan grande que Dios
tiene de lo humano, que pueda escogerlo como morada histórica de
su propio Hijo. Se puede y se debe, pues, amar lo humano con un
amor divino; lo humano es digno del amor divino, y amarlo
nosotros también es participar de este proceso de divinización.
No tenemos otro camino para divinizarnos que no comience primero
por humanizarnos.
II. La humanización como permanente tarea de todo ser humano
Al proceso de la humanización de Dios desde lo divino a lo
humano, corresponde otro proceso semejante en cada ser humano,
pero realizado desde su propia humanidad. Y es que esta
humanidad no está hecha de una vez por todas, ni está
íntegramente abierta a lo divino, porque es propio de lo humano
el equivocarse (errare re hunmanum est), el caminar con
tanteo, con aciertos y desaciertos en la vida, purificándose
siempre de lo inhumano que lleva dentro de sí mismo.
Lo que en Jesús es "no-humano" es lo divino; lo que en el
ser humano es "no-humano" es la inhumanidad. La
inhumanidad no puede entrar en contacto con lo divino. Lo humano
accede a lo divino por la purificación de lo inhumano.
En la oración del Padre Nuestro –el texto fundamental del Hijo
que se ha humanizado, y a su vez, el camino de nuestra propia
humanización–, se señalan dos grandes inhumanidades. De las
siete peticiones, las tres primeras se refieren a lo divino, a
santificar el nombre de Dios como Padre, buscar su Reino y hacer
su voluntad; las dos siguientes se refieren al proceso de
nuestra humanización, y las otras dos aluden a los peligros de
nuestra inhumanidad. Siguiendo el sencillo camino de la analogía
sobre la voluntad de todo padre y madre de familia en relación
con sus hijos e hijas: que ellos y ellas sean felices,
comprendemos que la cuarta y quinta petición son la descripción
de nuestra humanización y felicidad, pero arrancado de nosotros
la inhumanidad que nos hace infelices: la del egoísmo y del
odio; por tanto, compartir el pan y reconciliarnos mutuamente,
son los dos fundamentos de nuestra humanización porque el
egoísmo y el odio son los factores de inhumanidad que más nos
dividen, nos separan y producen la muerte en lugar de la vida.
El compartir y el perdonar son actitudes "filiales" que Jesús
señala que deben aprenderse del Padre. Contemplándole a Él nos
"hacemos hijos de verdad" por situarnos en el lugar debido para
entender nuestra relación con los bienes de la naturaleza y con
la sociedad.
III. La humanización de las instituciones en torno a la pareja y
a la familia.
Escuela, templo y plaza pública son espacios institucionales
donde se educa nuestra convivencia, se aprende a dar culto a
Dios y a ser solidariamente responsables por el bien común.
Estos procesos de humanización no pueden separarse de la vida
familiar; no son instancias a las que los padres confían la
educación de los hijos y se desentienden de esta tarea; por el
contrario, la tarea de acompañar el crecimiento de la vida dada
a los hijos es también la tarea de situarlos, en forma
constructiva, dentro de la cultura que les toca vivir, dentro de
los principios y deberes religiosos, y dentro de los procesos de
la vida ciudadana. Humanizar estos espacios institucionales es
prolongar la obra realizada en la familia como la primera célula
de educación, de experiencias religiosas y de valores
ciudadanos.
Podemos ver cuán necesario es que escuela y familia estén
vinculadas por el interés de ambos espacios acerca del proceso
de integración psicológico y social; cómo la familia debe
encarnar principios y valores que se dan en la escuela para que
éstos se vivan desde el testimonio de los padres y madres. Del
mismo modo, la familia debería ser el primer lugar de la
comunicación del Evangelio a los hijos, práctica que se está
viviendo con mucho éxito por la idea de las "mamás-catequistas"
o de la catequesis familiar. Y también los valores de honradez,
justicia, solidaridad, antes que en ningún otro ambiente público
y social, deberían ser vividos en el hogar.
La humanización a través de la escuela, de las instituciones
religiosas y de la vida ciudadana, requiere el apoyo de la
familia y prolonga la vida dada por la pareja en ese "útero
materno" que es el ambiente de nuestra vida social.
Para que la familia pueda ser espacio de humanización es
necesario que la pareja en sus relaciones también viva
intensamente ese hacerse cada día más humana. La humanización de
la pareja se funda en el permanente y recíproco respeto de cada
uno y una, por la alteridad del otro/otra; de modo que lo propio
de cada persona pueda afirmarse pero al mismo tiempo permitir el
desarrollo del caminar juntos como personas adultas y
responsables.
Y toda pareja sabe que el amor mutuo se tiene que aprender a lo
largo de la vida, desde la ilusión y el cariño de dos personas
que se enamoran, hasta la solidez y firmeza conseguida por la
diaria abnegación de pensar primero en el otro o la otra, que en
uno o una misma. Como lo dice en forma simpática un consejo: "a
los 50 años, sabes si tu mujer o tu marido te ama, cuando sólo
sobra un pastel y ella o él, te lo ofrece a ti".
El amor tiene horas de alegría, de gozo, que jamás se olvidan,
pero tiene también horas de sufrimiento, de dolor; donde se
necesita mucha . que han ensombrecido y enfriado, por un
momento, el cariño. Toda pareja sabe de esto y puede hablar de
ello con sinceridad y verdad.
IV. Lo que la familia puede decir a la Iglesia.
La Iglesia es la comunidad de los bautizados, es decir, de los
que han reconocido y aceptado la verdad de la divinidad de
Jesucristo, enviado por el Padre por amor a toda la humanidad
(Jn 3,16). El bautismo significa un nuevo nacimiento, que nos
hace hijos e hijas no por la carne y la sangre, sino por el
Espíritu y la fidelidad a los planes de Dios. Jesús enseña esto
cuando sus parientes quieren retirarlo de su actividad
profética: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que hacen
la voluntad de mi Padre.
Jesús anuncia, pues, nuevos vínculos más allá de los naturales,
que son los de la fe. Estos vínculos deben vivirse en analogía a
los de la vida familiar, de modo que Jesús enseña a dirigirse a
Dios como al Padre, a la fuente de la vida de todos y de cada
uno de los seres humanos.
La pareja humana tiene mucho que decir a la Iglesia, a partir de
la propia experiencia de vivir el amor en sus distintas etapas.
Una pareja adulta sabe integrar el atractivo físico de los dos
sexos, dentro de la entrega total del ser personal. Lo somático
del encuentro es también espacio de dos psiquismos que se
encuentran y que maduran psicológicamente, pero sobre todo de
dos seres personales, conscientes y libres de lo que hacen y
deciden y que van aprendiendo día a día lo que es el verdadero
amor conyugal. El ser personal planifica el ser psicosomático de
varón y mujer, porque ambos están abiertos a la verdad y al
bien. Este aprendizaje es largo y difícil porque amarse
mutuamente hombre y mujer, significa saber subordinar la propia
satisfacción a la de la otra persona.
La tendencia humana a buscar lo que a cada persona le conviene y
desea, y a gozar por haber llegado a esa meta, se transforma en
el cruce de personas cuyo deseo es la felicidad del otro y cuyo
gozo es haber podido ofrecer ese gozo al otro ser. Los deseos y
los gozos existen, como en todo proceso humano pero en forma
interpersonal. El amor profundo de la pareja se deshace cuando
cada uno desea y goza en función de sí mismo y de alguna manera
toma a la otra persona como un medio para este fin.
La integración personal de la pareja es el más hermoso mensaje
que la familia puede dar a la Iglesia: supone fidelidad siempre
renovada, tomar en serio al otro ser no sólo en su presente,
sino en su pasado y su futuro. Lo típico de la pareja a
diferencia de cualquier otro amor humano, es su duración, el
compromiso de dos historias que se entrelazan porque se acepta
el pasado de cada una de ellas y en el presente se construye el
futuro de ambas a la vez. La fidelidad es pues la característica
que en el momento del consenso matrimonial se expresa con el
juramento de "hasta que la muerte nos separe".
La profundidad y belleza de esta experiencia humana fue la que
sirvió de base para las vivencias religiosas dentro de la
tradición bíblica. Dios y su pueblo establecen una alianza, no
del tipo "militar" sino conyugal; en este lenguaje de los
profetas se habla de amor, de fidelidad, de hacer propios del
pueblo los deseos y proyectos de Dios, pero no con la obediencia
de quien se somete a un poder dominador, sino con la obediencia
del amor que hace lo que el otro quiere porque se le ama y se le
quiere agradar.
El apóstol Pablo no inventa, pues, la relación entre Cristo y la
Iglesia como una relación conyugal;
la toma de todo el Antiguo Testamento. Siguiendo los conceptos
de la época hablará de la sumisión de la mujer al marido, pero
este término no es machista, porque también habla en otros
contextos de la sumisión de Cristo al Padre; no lo es además
porque la relación del varón a la mujer está descrita como
"sacrificarse, dar la vida por ella". Ningún machista aceptaría
este modo de relación entre hombre y mujer.
Lo que la familia dice a la Iglesia y ésta dice a la familia, se
concentra en esta analogía. La Iglesia propone el modelo de
relación entre Cristo y ella misma, como modelo para la pareja,
pero, a su vez, lo que la pareja dice a la Iglesia es que la
pareja ha vivido la experiencia del amarse mutuamente y esto es
muy exigente. No es un amor abstracto o teórico, sino concreto,
afirmado en el tiempo por la fidelidad a la palabra dada. La
pareja sabe que estar unidos en criterios y proyectos de ambos
es un largo aprendizaje de tira y afloja, donde hay que frenar
lo que es puro egoísmo de dos o de cada uno, para crecer
permanente en el amor.
V. Lo que la Iglesia puede decir a la familia y la familia a la
Iglesia.
La Iglesia dice a la familia que el amor de la pareja es una
hermosa manifestación del ser de Dios. Dios creó al hombre y la
mujer a su imagen y semejanza. Los dos son seres personales
capaces de conocerse, amarse y por el don de la fecundidad,
prolongar la vida humana a través de los siglos. La Iglesia dice
a la familia que la dignidad de las dos personas es igual y, por
tanto, la corresponsabilidad de ambas para la felicidad conyugal
y de toda la familia, es tarea del varón y de la mujer.
La Iglesia también dice que hay factores culturales que pueden
deformar la vocación original. Cuando la tradición judía
privilegia al varón sobre la mujer, otorgando al primero el
derecho de divorcio sobre la segunda, Jesús recuerda que "al
origen no fue así" y manda que el ser humano no separe lo que
Dios ha unido.
Se nos invita pues a una permanente vigilancia para dejar de
lado lo que son deformaciones sociales y culturales como
herencias históricas, y volver cada vez de nuevo a "como era en
el origen", es decir la igualdad de hombre y mujer para
representar la semejanza de Dios. Es tarea de los estudios
bíblicos censurar la lectura ideológica de ciertas narraciones,
como la tentación del pecado original, que se han interpretado
por siglos desde una mentalidad machista para denigrar a la
mujer.
La Iglesia nos dice, además, que en el seno de una familia se
nos ha dado el don del Redentor; que ha existido una familia en
nuestra larga historia humana en la que las personas que la
formaban estaban identificadas plenamente con la obediencia de
la voluntad del Padre.
La Iglesia dice a la familia que el amor de la pareja se
convierte en visibilidad sacramental de otro amor invisible
entre Cristo y la Iglesia. El amor de una pareja, vamos a
suponer de Juan a Marta y de esta a aquel, simbolizan por el
cariño y entrega mutua, el amor que Cristo tiene a la Iglesia y
que la Iglesia tiene a Cristo.
Este intercambio de aportes y de mensajes, nos permite concluir
con la responsabilidad de la pareja por acoger las enseñanzas de
la Iglesia y configurar por ellas su propia vida, y también
expresar la riqueza de su vida familiar como un aporte para que
la Iglesia sea más fiel a ella misma, es decir, una comunidad
que vive del y para el amor a Cristo. El amor entre Cristo y la
Iglesia no es fácil, porque la Iglesia somos nosotros, llamados
a amar a Cristo, pero que amamos con mucha imperfección.
La familia dice a la Iglesia que la identificación de marido y
mujer en sus afectos, en su proyecto de vida, no es tarea de un
día sino conquista laboriosa de toda la vida, ajustando y
reajustando las voluntades de ambos, cometiendo errores,
reparándolos, pidiendo perdón, volviendo a comenzar. Cristo y la
Iglesia tienen que aprender a realizar la voluntad del Padre,
que es la del Reino. Ése es el gran proyecto común de la Esposa
y del Esposo: vivir totalmente para el Reino, lo cual hizo
Cristo, pero no siempre lo vivió así la Iglesia.
La Iglesia se apartó del Reino cuando sus criterios y
preferencias fueron más cercanos al poder de los soberanos de
este mundo, que al servicio que el Esposo exige como signo de
fidelidad de la Esposa.
La familia dice a la Iglesia que el símbolo más pleno y perfecto
del ser eclesial no es el de la institución, sino el del amor;
que la obediencia no es problema de normas sabias, sino de un
corazón enamorado.
La Iglesia nos entrega la revelación, el evangelio, el
conocimiento de Cristo, pero a su vez esta revelación y
evangelio proponen los valores que deben ser norma de las
relaciones con la propia Iglesia. Y a semejanza de los hijos en
un matrimonio que pueden sorprender entre el padre y la madre,
las nubes de una deficiente relación, así los cristianos
contemplamos con gran dolor la separación de los criterios
evangélicos y de algunas prácticas eclesiales. Cuando esto
sucede, ¿cómo actuar?, ¿en qué consiste "la fidelidad a la
Iglesia"? ¿En cerrar los ojos al olvido de valores del evangelio
y aprobar cualquier acción de la Iglesia? O por el contrario, en
ser fiel a la Iglesia para que ella sea fiel al Evangelio de
Jesús
Esta posible muestra de fidelidad es la que hemos aprendido de
los santos. En tiempo de Santa Catalina de Siena, el Papa había
dejado la sede en Roma para trasladarse a Aviñón; la santa le
escribe cartas sin cesar hasta conseguir el retorno del Papa.
¿Era fidelidad a la Iglesia aceptar la decisión pontificia de
salir de Roma, o por el contrario, hacer que el Papa regresara a
Roma?
El Espíritu Santo es el que nos da el amor a Cristo y al mismo
tiempo el amor a la Iglesia. Por eso el Espíritu gime en
nosotros cuando el amor entre Cristo y la Iglesia se oscurece;
cuando en la Iglesia se anteponen las alianzas con el poder de
la sociedad a las exigencias de defender los derechos de los
pobres y encontrar en ellos el rostro de Cristo.
Pero esta voz de los hijos de la Iglesia, de las familias
cristianas interpelando a la propia Iglesia desde la propia
experiencia del amor de la pareja, requiere un gran nivel de
formación y conciencia adulta. No todas las críticas a la
Iglesia son realizadas con el amor y el cariño que un hijo debe
a su madre.
Si es verdad que la Iglesia ayuda a desarrollar la conciencia
adulta de las parejas en su amor, es también verdad que este
aprendizaje de las parejas ayuda a la Iglesia a vivir una
relación de amor entre ella y Cristo que es precisamente lo que
las parejas representan con su amor visible, el otro amor
invisible y real de Cristo y la Iglesia, Esposo y Esposa
Padre jesuita,
especialista en el tema de la Doctrina Social de la Iglesia y
profesor de ética en la Universidad Antonio Ruíz de Montoya, en
Lima, Perú. Ha publicado importantes obras sobre su tema de
especialidad, entre ellos el reciente Cristianos ante la
injusticia.
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