Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de 2005

El evangelio en lo social: La persona humana

P. José Santiago Matheu

La reflexión que hemos comenzado en Palabra acerca del sentido y la necesidad del evangelio en la vida social tiene que comenzar por la persona humana.

Pero para iniciar la búsqueda de sentidos, para descubrir cuál es el origen y la meta de su existencia y de la historia, la persona humana ha de observar con atención la comunión de amor, que es Dios, en la que las tres divinas Personas se aman recíprocamente y son un Único Dios.

Jesús ruega al Padre: “que todos sean uno, como nosotros somos también uno.” (Jn. 17, 21-22). Y aunque la magnitud y las implicaciones de la suplica de Jesús encuentren lógicas limitaciones en el entender humano, nos anuncia una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad.

La persona humana ha sido creada por Dios en dos maravillosos proyectos, hombre y mujer. El decir proyectos implica un crecimiento, una elaboración, que debe constante y tenaz.
En las paginas primeras de la Biblia, en las que nos describen la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios (Gen 1, 26-27) se nos proponen muchas cosas. Dice ante todo que esa creación del hombre y la mujer ha sido un acto de Dios, libre y gratuito.

Otro aspecto rico y necesario es el llegar al conocimiento de que la persona por su libertad e inteligencia es el “tú” creado de Dios y que solamente en la relación con Él se puede descubrir y realizar el significado auténtico y pleno de su vida.

La persona humana tiene diferentes dimensiones: personal y social; espiritual y corpórea; histórica y trascendente, y su realización comienza en la historia, porque lo creado es bueno y querido por Dios y además, por un motivo más importante: porque el Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros.

Pero el ser creados como personas libres, ricas, independientes, significa que la salvación que Dios nos ofrece requiere una respuesta y una adhesión libres.

El plan de Dios para salvarnos no pone a la criatura humana en un plano pasivo o de infantilidad con relación a su creador. Esta relación la manifiesta Jesucristo como un intercambio, más aún, como un regalo de filiación en la misma manera que Él vive esa comunicación con respecto al Padre.

La salvación que se ofrece por Jesucristo es universal e integral. Con esto se nos muestra el nexo necesario de la persona con Dios y la responsabilidad frente al prójimo en cada una de las situaciones históricas por las que atraviesa el hombre.
Esta doble mirada, hacia Dios y hacia el otro, está expresada con mucha claridad y como síntesis en la enseñanza de Jesús. Un escriba le pregunta: ¿cuál es el primero de los mandamientos? Y Jesús responde: “El primero es: Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amaras al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amaras a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos.” (Mt 12, 29).

En lo más profundo del ser humano se unen indisolublemente dos vertientes, la relación con Dios, que es Creador y Padre, y la apertura del amor concreto hacia el hombre.

Y esto hay que vivirlo y no sólo postularlo o anunciarlo. Tal vez en otras épocas se ha insistido más en una valoración moral de la teoría, es decir, ha propuesto la ortodoxia con el riesgo de que parezca una actitud divorciada de la vida Por reacción consecuente, en los últimos tiempos se ha insistido más en la ortopraxis.
Obviamente este ha sido en definitiva un error como el que se quería enmendar, porque la verdadera fe cristiana es una ortodoxia que necesariamente comporta una ortopraxis.

La aceptación del otro como persona con toda su dignidad y riqueza va más allá de las cercanías étnicas, ideológicas y sociales, porque quienes sienten o actúan de modo diferente al nuestro, inclusive en el tema religioso, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor.

El hombre vive relacionado también con todo el universo creado y las diversas actividades que dedica a su cuidado y transformación, amenazadas por la soberbia y el amor desordenado de sí mismo, deben ser cambiadas, purificadas y perfeccionadas por la fe en la cruz y la resurrección de Cristo.

La persona humana trasciende el horizonte del universo creado, de la sociedad y de la historia, su fin último es Dios mismo, el cual se ha revelado a los hombres para llamarlas y abrazarlas en una comunión con el.

Juan Pablo II nos dijo al respecto: “El hombre no puede darse a un proyecto solamente humano de la realidad, a un ideal abstracto, ni a falsas utopías. En cuanto persona, puede darse a otra persona o a otras personas y por ultimo, a Dios, que es el autor de su ser y el único que puede acoger plenamente su donación” (Centesimus annus, 41.1991)

Sacerdote católico. Director de Cursillos de Cristiandad.