Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de 2005

El diálogo interreligioso, desafío y oportunidad

Jacques Dupuis

El reencuentro con las grandes religiones pone en entredicho una cierta pretensión de universalidad y una concepción exclusiva de salvación. Para el cristianismo, el desafío consiste en mantener su fe en Jesucristo, único mediador entre Dios y los hombres, si bien reconociendo que cada religión puede ser un camino de salvación para sus fieles. La publicación de este artículo adquiere una significatividad especial a causa del fallecimiento de su autor, el P. Jacques Dupuis, ocurrido en Roma el 28 de diciembre del año pasado, a la edad de 81 años: se trata, en efecto, de un artículo que recoge los aspectos fundamentales de su pensamiento en materia de diálogo interreligioso y da testimonio de su búsqueda incansable de la Verdad en un espíritu de diálogo.

Le dialogue interreligieux. Un déf et une chance, Choisir 538 (2004) 1419.

Cambio de relaciones

El pluralismo religioso no es una novedad. Desde la época apostólica, el cristianismo ha tenido que convivir con otras religiones, primero con el judaísmo, del cual provenía, y luego con las otras religiones que ha ido encontrando en su camino. Lo nuevo es la conciencia que hemos adquirido respecto al pluralismo de las culturas religiosas y de su derecho a la diferencia. ¿Qué actitud nos exige nuestra fe cristiana frente a los "otros"? Es evidente que una nueva actitud de la Iglesia respecto a las religiones debe ir unida a un reconocimiento de los valores positivos que se pueden encontrar en las mismas.

Para establecer el fundamento tanto de las "relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas" como del diálogo interreligioso, la declaración Nostra aetate del Concilio Vaticano II afirma: "todos los pueblos forman (...) una sola comunidad; tienen un mismo origen, pues Dios ha hecho habitar a toda la raza humana sobre la faz de la tierra; tienen también un último destino, Dios, cuya providencia, testimonios de bondad y designios de salvación se extienden a todos". El diálogo se debe instaurar, pues, sobre un doble fundamento: la comunidad que tiene su origen en Dios a través de la creación, y su destino en Él por la mediación salvadora de Jesucristo. El tercer fundamento básico es la presencia y la acción del Espíritu de Dios, universalmente presente, que actúa en todos los hombres y en todas las tradiciones religiosas, como entre los cristianos y en la Iglesia.

Un misterio de unidad

La presencia y la acción universal del Espíritu de Dios entre los "otros" representa la contribución más importante de Juan Pablo II al fundamento teológico del diálogo interreligioso. El Papa afirma que la "firme creencia" de los adeptos de

otras religiones es "también un efecto del Espíritu de verdad que actúa más allá de los límites visibles del Cuerpo místico" (Redemptor hominis, 6). Asimismo, el Papa ha querido justificar teológicamente la plegaria mundial por la paz, celebrada en Asís en 1986, sobre el fundamento teológico del diálogo, viendo en él un "misterio de unidad" que reúne a todos los seres humanos, cualquiera que sean las diferencias presentes en sus vidas: "Las diferencias son un elemento menos importante con respecto a la unidad que, por el contrario, es radical, fundamental y determinante". Y, a la luz de este doble "misterio de unidad", "las diferencias de todo género, y en primer lugar las diferencias religiosas, en la medida en que son reductoras del designio de Dios, se revelan en efecto como perteneciendo a otro orden [...]. Deben ser superadas en el progreso hacia la realización del grandioso designio de unidad que preside la creación"

Aunque estas diferencias parezcan insuperables "están incluidas en el gran y único designio de Dios, en Jesucristo. La unidad universal fundada en el acontecimiento de la creación y la redención no puede evitar dejar un rastro en la vida real de los hombres, incluso de aquellos que pertenecen a diferentes religiones". Estas "semillas del Verbo" derramadas entre los otros constituyen el fundamento concreto del diálogo interreligioso impulsado por el Concilio.

La presencia del Espíritu

A este misterio de "unidad", fundamento del diálogo, el Papa añade la presencia actuante del Espíritu de Dios en la vida de los "otros", especialmente en la oración: "podemos, en efecto, recordar que toda plegaria auténtica es suscitada por el Espíritu Santo, misteriosamente presente en el corazón de todos los hombres".

En la encíclica Dominum et vivificantem amplía su discurso sobre la presencia del Espíritu a lo largo de la historia, más allá de los límites de la Iglesia. Y en Redemptoris missio afirma: "La presencia y la actividad del Espíritu no concierne solamente a los individuos, sino a la sociedad y la historia de los pueblos, las culturas, las religiones". Por su parte, el documento Diálogo y anuncio (1991), siguiendo las enseñanzas de Juan Pablo II, recuerda el "misterio de unidad", fundamentado en el origen y destino común del género humano, la salvación universal en Jesucristo y la presencia activa del Espíritu en todos los hombres. La razón principal de la Iglesia para comprometerse en el diálogo "no es de naturaleza simplemente antropológica, sino también teológica". La Iglesia debe entrar en un diálogo de salvación con todos los hombres de la misma manera que Dios lo ha hecho con el género humano, un diálogo siempre en curso. "En este diálogo de salvación, los cristianos y los demás son todos llamados a colaborar con el Espíritu del Señor resucitado, Espíritu que está siempre presente y actuante".

El reino de Dios

En la investigación del fundamento teológico del diálogo interreligioso hay que subrayar asimismo la universalidad del Reino de Dios, del cual son copartícipes los adeptos de otras culturas religiosas juntamente con los cristianos. A ese cuarto elemento fundamental se alude también en el documento Diálogo y anuncio, donde se afirma: “se deduce de este misterio de unidad que todos los salvados participen, aunque de manera diferente, en el mismo misterio de salvación en Jesucristo por su Espíritu. Los cristianos son conscientes de ellos gracias a su fe, los demás, en cambio, no son conscientes del hecho de que Jesucristo es la fuente de sus salvación. El misterio de la salvación les alcanza, sin embargo, por caminos conocidos por Dios, gracias a la acción del Espíritu de Jesucristo

Todos tienen acceso al Reino de Dios en la historia, mediante la obediencia al Dios del Reino por la fe y la conversión. La teología de las religiones y del diálogo debe mostrar la manera en la que los "otros" participan del reino de Dios, al abrirse a la acción del Espíritu debe mostrar la manera en la que los “otros” participen en el Reino de Dios, al abrirse a la acción del Espíritu mediante la práctica sincera de su tradición religiosa.

Respondiendo así a la llamada que Dios les dirige, pueden convertirse en miembros activos del Reino, sin tener formalmente conciencia de ello, y sus tradiciones religiosas contribuyen misteriosamente a la construcción del Reino de Dios en el mundo.

De esta manera, el diálogo tiene lugar entre personas que ya están unidas entre sí en el Reino de Dios, inaugurado en la historia por Jesucristo. A pesar de las diferencias religiosas, están ya en comunión los unos con los otros en la realidad del misterio de salvación, aunque permanezca entre ellos una distinción a nivel de la mediación del misterio.

La comunión en la realidad es más esencial que las diferencias a nivel de signo. Así se establece una comunión profunda en el Espíritu entre los cristianos y los otros creyentes si el diálogo es sincero y auténtico, porque las realidad del Reino de Dios es compartida ya en el intercambio recíproco. El diálogo interreligioso no es un proceso unidireccional, sino un "diálogo", que hace explícita la comunión preexistente en la realidad de la salvación que es el Reino de Dios, venido para todos en Jesús.

Nada proporciona al diálogo interreligioso una motivación tan verdadera como la convicción de que, a pesar de las diferencias que los separan, los miembros de las diferentes tradiciones religiosas marchan conjuntamente hacia la plenitud del Reino, hacia la nueva humanidad querida por Dios para el fin de los tiempos.

Marcar las diferencias

Las condiciones para un posible diálogo interreligioso han ocupado un lugar importante en el debate sobre la teología de las religiones. Para que el diálogo sea posible, P. F. Knitter preconizaba el paso del modelo cristocéntrico al modelo teocéntrico, es decir, del "inclusivismo' al "pluralismo". Para los "pluralistas" una cristología "inclusiva", según la cual toda la humanidad es salvada por Dios en el acontecimiento de Jesucristo, no deja lugar a un auténtico diálogo. Este no puede ser sincero si no se produce en pie de igualdad entre los partidarios. ¿Pueden ser sinceros la Iglesia y los cristianos en su voluntad declarada de entrar en diálogo, si no están dispuestos a renunciar a las pretensiones tradicionales a propósito de Jesucristo, Salvador "constitutivo' de la humanidad?

La pregunta implica el problema de la identidad religiosa frente a la apertura á los "otros" exigida por el diálogo. No se puede, a pretexto e honestidad en el diálogo, poner la propia fe entre paréntesis, ni que sea temporalmente, con la esperanza de redescubrir eventualmente el fundamento de esta fe gracias al mismo diálogo. Al contrario, la honestidad y la sinceridad del diálogo exigen que los participantes entren en él. desde la integridad de su fe. Toda duda metodoló2ica o restricción mental están demás. De lo contrario no se podría hablar de diálogo interreligioso. En la base de toda vida reli iosa auténtica ue no ese fiable, ni en el diálogo interreligioso, ni en la vía personal.

Ni sincretismo ni eclectismo

Asimismo, el diálogo auténtico no admite ni el sincretismo, que intenta resolver las oposiciones y contradicciones entre las diferentes creencias mediante alguna reducción de su contenido, ni el eclecticismo, que elige diversos elementos para combinarlos en una amalgama informe e incoherente. Esto equivaldría a engañar y conduciría a privar al diálogo de su objeto. El diálogo busca la comprensión de las diferencias en a estima sincera e las debe desechar conceptos que expresan imperfectamente esta experiencia, para captar, en la medida de lo posible, la experiencia misma. Este es el esfuerzo de "comprensión" que R. Panikkar llama diálogo "intrareligioso", condición indispensable del verdadero diálogo interreligioso.

La doble pertenencia

A partir de estas premisas, debemos preguntarnos si es posible, y hasta qué punto, compartir dos creencias religiosas diferentes, haciendo suya cada una de ellas, y viviendo las dos en su propia vida religiosa. Globalmente, esto parece imposible. Aún haciendo abstracción del conflicto interior que podría producir en la persona, cada fe religiosa constituye un todo indivisible y requiere una adhesión total. Ser cristiano no significa solamente encontrar en Jesús un sentido a la propia vida: es entregarse enteramente a su persona, encontrar en Él el propio camino hacia Dios.

Sin embargo, afirmar a priori que la "doble pertenencia" es totalmente imposible contradice la experiencia. Los casos no son raros ni desconocidos. Debemos recordar que la teología de las religiones no puede conformarse con deducciones a priori a partir de principios doctrinales tradicionales, sino que debe seguir un método inductivo, partir de la realidad vivida, para encontrarle el sentido a la luz del dato revelado. No se puede negar que un número no despreciable de personas han hecho y hacen la experiencia de combinar en su práctica religiosa la fe cristiana con elementos procedentes de otra experiencia de fe y de otro compromiso religioso. Es cierto que elementos de otras creencias están en armonía con la fe cristiana y pueden integrarse en ella como un enriquecimiento, pero puede haber también otros elementos incompatibles con la fe cristiana y por tanto inasimilables.

En cualquier caso, y con las precauciones necesarias, si quiere ser verdadero, el diálogo interreligioso exige a los dos interlocutores un esfuerzo positivo para entrar en lo posible en la experiencia religiosa del otro. Se trata del reencuentro en el interior de una misma persona de dos maneras de ser, de ver y de pensar. Este diálogo “intrarreligioso”es una preparación indispensable para el intercambio entre personas comprometidas en el diálogo interreligioso.

Los frutos del diálogo

El mismo Dios está presente y actuante en los dos lados del diálogo. Los interlocutores cristianos no se limitarán a dar: recibirán también alguna cosa. Ellos no tienen el monopolio de la verdad divina, sino que deben dejarse poseer por ella. En cuanto a sus interlocutores, aún sin haber conocido la revelación de Dios en Jesucristo, pueden estar profundamente sometidos a esta Verdad que ellos buscan, cuyos rayos irradian sus tradiciones religiosas (Nostra aetate, 2). Se puede decir, con toda verdad, que unos y otros "marchan juntamente en busca de la verdad" (Diálogo y misión, 13).

Los cristianos obtendrán una doble ventaja. Por una parte, enriquecerán su fe. Gracias al testimonio y a la experiencia de los otros, descubrirán más profundamente aspectos de su fe que ellos no habían percibido del todo o que han sido transmitidos menos claramente por la tradición cristiana. Al mismo tiempo, purificarán su fe, y el choque del reencuentro les obligará a revisar presunciones gratuitas y prejuicios fuertemente enraizados respecto a otras tradiciones.

Los frutos y los retos del diálogo van, pues, a la par. Sin embargo, más allá de estos beneficios, debemos reconocer que el encuentro y el intercambio tienen un valor en sí mismos. Si desde el principio el diálogo supone una apertura al otro y a Dios, no se trata de un simple medio con vistas a la conversión del interlocutor, sino que tiende más bien a una conversión más profunda de ambos hacia Dios. Es el mismo Dios, el mismo Espíritu, quien habla al corazón de los interlocutores y obra en ellos. Ellos se convierten así, el uno para el otro, en signo que conduce a Dios.

El fin propio del diálogo interreligioso es, en último término, la conversión común de todos al mismo Dios, el Dios de Jesucristo, que interpela a unos por medio de los otros. Esta llamada recíproca es, sin duda alguna, una evangelización mutua, que construye entre los miembros de las diversas tradiciones religiosas la comunión universal, signo de la llegada del Reino de Dios.

Tradujo y condensó: JOAQUIM PONS

Publicado en la revista Selecciones de Teología