Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de 2005

Que los cubanos podamos vencer el mal con el bien

Dora Amador

El 2 de abril es una fecha que  todos los años llega y en algún momento del día, invariablemente, recuerdo. Ese día fue mi salida de Cuba a los 13 años. Han pasado 44 y aunque cuando se cumple otro aniversario siempre llega alguna ráfaga de aquel acontecimiento que me marcó para toda la vida, nunca un 2 de abril fue tan triste, tan desolado y, sin embargo, tan lleno de gracia   como el de 2005.

Ese día murió Juan Pablo II. El  pastor que me condujo de la mano para arraigarme más en Cristo con su obra, su ejemplo de vida, su orfandad y su dolor ante una humanidad profundamente herida por el pecado. Su sufrimiento personal lo supo transformar en ofrenda permanente a Dios. De ahí su alegría, que brotaba como un manantial de su fe y de su amor.

“Asuman un compromiso responsable en el seno de sus familias, en la vida de sus comunidades, en el entramado de la sociedad civil y también, a su tiempo, en las estructuras de decisión de la Nación”.
Juan Pablo II a los jóvenes en Camagüey

“El profundo estupor
sobre la dignidad del hombre se llama Evangelio”.
Juan Pablo II

Juan Pablo II, el Grande, fue llamado por Dios al lugar que todos anhelamos llegar, a la patria verdadera donde nuestro Padre nos espera para una eternidad colmada de la ternura y del gozo infinito de Su presencia. De ahí que, entre lágrimas, oraciones, velitas frente a su querida foto y  la angustiosa espera junto a los miles de católicos congregados en la Plaza de San Pedro y los millones que en todo el planeta estaban en vilo frente a sus pantallas de televisión, sintiera una tristeza tan grande, pero a la vez la asombrosa paz con la que acogía con humildad y agradecimiento su muerte. Al fin dejaba de sufrir por su terrible enfermedad y por los horrores que presenció en este mundo, pero sobre todo, al fin iba al encuentro cara a cara con Dios. Hasta el último instante su vida nos evangelizó, porque así lo quiso y lo logró: darnos razón para la esperanza, testimonio inmenso de fe, entrega de amor sin límites.

“No tengan miedo”, nos dijo en tierra cubana y aquí, en Miami, emocionados y agradecidos como los de allá, también lo escuchamos atentamente. “Sean protagonistas de su propia historia” “Busquen la libertad de los hijos de Dios”. Y palpamos la fuerza que sus palabras tuvieron en el corazón de aquel pueblo: “¡Libertad, libertad, libertad!” fue el grito que se escuchó en las plazas cubanas donde celebró misa. Su presencia nos devolvió la conciencia de nuestra dignidad. Y su último Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz, dado al mundo el 1ro. de enero de 2005, sintetiza su vida y su legado: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien. No se supera el mal con el mal... quien obra así, en vez de vencer al mal, se deja vencer por el mal”.

Todos tenemos que vivir como Cristo, como Juan Pablo II, devolviendo bien por mal. Ruego por nosotros, los cubanos, para que lo hagamos.