Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2006
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Ut unum sint
Sobre el Empeño Ecumenico
Su Santidad Juan Pablo II,
25 de mayo de1995
INTRODUCCION
1. Ut unum sint! La llamada a la unidad de los cristianos,
que el Concilio Ecuménico Vaticano II ha renovado con tan
vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez mayor en el
corazón de los creyentes, especialmente al aproximarse el Año
Dos mil que será para ellos un Jubileo sacro, memoria de la
Encarnación del Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvar al
hombre.
El valiente testimonio de tantos mártires de nuestro siglo,
pertenecientes también a otras Iglesias y Comunidades eclesiales
no en plena comunión con la Iglesia católica, infunde nuevo
impulso a la llamada conciliar y nos recuerda la obligación de
acoger y poner en práctica su exhortación. Estos hermanos y
hermanas nuestros, unidos en el ofrecimiento generoso de su vida
por el Reino de Dios, son la prueba más significativa de que
cada elemento de división se puede trascender y superar en la
entrega total de uno mismo a la causa del Evangelio.
Cristo llama a todos sus discípulos a la unidad.
Me mueve el vivo deseo de renovar hoy esta invitación, de
proponerla de nuevo con determinación, recordando cuanto señalé
en el Coliseo romano el Viernes Santo de 1994, al concluir la
meditación del Vía Crucis, dirigida por las palabras del
venerable hermano Bartolomé, Patriarca ecuménico de
Constantinopla. En aquella circunstancia afirmé que, unidos en
el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no
pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y
eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la
Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la
Cruz.1
¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor,
vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en
ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda
abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo
un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese.
2. A nadie escapa el desafío que todo esto supone para los
creyentes. Ellos deben aceptarlo. En efecto, ¿cómo podrían
negarse a hacer todo lo posible, con la ayuda de Dios, para
derribar los muros de la división y la desconfianza, para
superar los obstáculos y prejuicios que impiden el anuncio del
Evangelio de la salvación mediante la Cruz de Jesús, único
Redentor del hombre, de cada hombre?
Doy gracias a Dios porque nos ha llevado a avanzar por el camino
difícil, pero tan rico de alegría, de la unidad y de la comunión
entre los cristianos. El diálogo interconfesional a nivel
teológico ha dado frutos positivos y palpables; esto anima a
seguir adelante.
Sin embargo, además de las divergencias doctrinales que hay que
resolver, los cristianos no pueden minusvalorar el peso de lasincomprensiones
ancestrales que han heredado del pasado, de losmalentendidos
y prejuicios de los unos contra los otros. No pocas veces,
además, la inercia, la indiferencia y un insuficiente
conocimiento recíproco agravan estas situaciones. Por este
motivo, el compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de
los corazones y en la oración, lo cual llevará incluso a lanecesaria
purificación de la memoria histórica. Con la gracia del
Espíritu Santo, los discípulos del Señor, animados por el amor,
por la fuerza de la verdad y por la voluntad sincera de
perdonarse mutuamente y reconciliarse, están llamados a
reconsiderar juntos su doloroso pasado y las heridas que
desgraciadamente éste sigue produciendo también hoy. Están
invitados por la energía siempre nueva del Evangelio a reconocer
juntos con sincera y total objetividad los errores cometidos y
los factores contingentes que intervinieron en el origen de sus
lamentables separaciones. Es necesaria una sosegada y limpia
mirada de verdad, vivificada por la misericordia divina,
capaz de liberar los espíritus y suscitar en cada uno una
renovada disponibilidad, precisamente para anunciar el Evangelio
a los hombres de todo pueblo y nación.
3. Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha
comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de
la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del
Señor, que enseña a leer atentamente los « signos de los tiempos
». Las experiencias que ha vivido y continúa viviendo en estos
años la iluminan aún más profundamente sobre su identidad y su
misión en la historia. La Iglesia católica reconoce y confiesa
las debilidades de sus hijos, consciente de que sus
pecados constituyen otras tantas traiciones y obstáculos a la
realización del designio del Salvador. Sintiéndose llamada
constantemente a la renovación evangélica, no cesa de hacer
penitencia. Al mismo tiempo, sin embargo, reconoce y exalta aún
más el poder del Señor, quien, habiéndola colmado con el
don de la santidad, la atrae y la conforma a su pasión y
resurrección.
Enseñada por las múltiples vicisitudes de su historia, la
Iglesia está llamada a liberarse de todo apoyo puramente humano,
para vivir en profundidad la ley evangélica de las
Bienaventuranzas. Consciente de que « la verdad no se impone
sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad
y firmeza a la vez, en las almas »,2
nada pide para sí sino la libertad de anunciar el Evangelio. En
efecto, su autoridad se ejerce en el servicio de la verdad y de
la caridad.
Yo mismo quiero promover cualquier paso útil para que el
testimonio de toda la comunidad católica pueda ser comprendido
en su total pureza y coherencia, sobre todo ante la cita que la
Iglesia tiene a las puertas del nuevo Milenio, momento
excepcional para el cual pide al Señor que la unidad de todos
los cristianos crezca hasta alcanzar la plena comunión.
3
A este objetivo tan noble mira también la presente Carta
encíclica, que en su índole esencialmente pastoral quiere
contribuir a sostener el esfuerzo de cuantos trabajan por la
causa de la unidad.
4. Esta es un preciso deber del Obispo de Roma como sucesor del
apóstol Pedro. Yo lo llevo a cabo con la profunda convicción de
obedecer al Señor y con plena conciencia de mi fragilidad humana.
En efecto, si Cristo mismo confió a Pedro esta misión especial
en la Iglesia y le encomendó confirmar a los hermanos, al mismo
tiempo le hizo conocer su debilidad humana y su particular
necesidad de conversión: « Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a
tus hermanos » (Lc 22, 32). Precisamente en la debilidad
humana de Pedro se manifiesta plenamente cómo el Papa, para
cumplir este especial ministerio en la Iglesia, depende
totalmente de la gracia y de la oración del Señor: « Yo he
rogado por ti, para que tu fe no desfallezca » (Lc 22,
32). La conversión de Pedro y de sus sucesores se apoya en la
oración misma del Redentor, en la cual la Iglesia participa
constantemente. En nuestra época ecuménica, marcada por el
Concilio Vaticano II, la misión del Obispo de Roma trata
particularmente de recordar la exigencia de la plena comunión de
los discípulos de Cristo.
El Obispo de Roma en primera persona debe hacer propia con
fervor la oración de Cristo por la conversión, que es
indispensable a « Pedro » para poder servir a los hermanos. Pido
encarecidamente que participen de esta oración los fieles de la
Iglesia católica y todos los cristianos. Junto conmigo, rueguen
todos por esta conversión.
Sabemos que la Iglesia en su peregrinar terreno ha sufrido y
continuará sufriendo oposiciones y persecuciones. La esperanza
que la sostiene es, sin embargo, inquebrantable, como
indestructible es la alegría que nace de esta esperanza. En
efecto, la roca firme y perenne sobre la que está fundada es
Jesucristo, su Señor.
I. EL COMPROMISO ECUMENICO DE LA IGLESIA CATOLICA
El designio de Dios y la comunión
5. Junto con todos los discípulos de Cristo, la Iglesia católica
basa en el designio de Dios su compromiso ecuménico de congregar
a todos en la unidad. En efecto, « la Iglesia no es una realidad
replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la
dinámica misionera y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo
para anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio
de comunión que la constituye: a reunir a todos y a todo en
Cristo; a ser para todos 'sacramento inseparable de unidad' ».4
Ya en el Antiguo Testamento, refiriéndose a la situación de
entonces del pueblo de Dios, el profeta Ezequiel, recurriendo al
simple símbolo de dos maderos primero separados, después
acercados uno al otro, expresaba la voluntad divina de «
congregar de todas las partes » a los miembros del pueblo herido:
« Seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones
que yo soy el Señor, que santifico a Israel, cuando mi santuario
esté en medio de ellos para siempre » (cf. 37, 16-28). El
Evangelio de san Juan, por su parte, y ante la situación del
pueblo de Dios en aquel tiempo, ve en la muerte de Jesús la
razón de la unidad de los hijos de Dios: « Iba a morir por la
nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno
a los hijos de Dios que estaban dispersos » (11, 51-52). En
efecto, la Carta a los Efesios enseñará que « derribando el muro
que los separaba 1 por medio de la cruz, dando en sí mismo
muerte a la enemistad », de lo que estaba dividido hizo una
unidad (cf. 2, 14-16).
6. La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios.
Por esto Dios envió a su Hijo para que, muriendo y resucitando
por nosotros, nos diese su Espíritu de amor. La víspera del
sacrificio de la Cruz, Jesús mismo ruega al Padre por sus
discípulos y por todos los que creerán en El para que sean
una sola cosa, una comunión viviente. De aquí se deriva no
sólo el deber, sino también la responsabilidad que incumbe ante
Dios, ante su designio, sobre aquéllos y aquéllas que, por medio
del Bautismo llegan a ser el Cuerpo de Cristo, Cuerpo en el cual
debe realizarse en plenitud la reconciliación y la comunión. ¿Cómo
es posible permanecer divididos si con el Bautismo hemos sido «
inmersos » en la muerte del Señor, es decir, en el hecho mismo
en que, por medio del Hijo, Dios ha derribado los muros de la
división? La división « contradice clara y abiertamente la
voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a
la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura ».5
El camino ecuménico: camino de la Iglesia
7. « El Señor de los tiempos, que prosigue sabia y pacientemente
el plan de su gracia para con nosotros pecadores, últimamente ha
comenzado a infundir con mayor abundancia en los cristianos
separados entre sí el arrepentimiento y el deseo de la unión.
Muchísimos hombres, en todo el mundo, han sido movidos por esta
gracia y también entre nuestros hermanos separados hasurgido
un movimiento cada día más amplio, con ayuda de la gracia
del Espíritu Santo, para restaurar la unidad de los
cristianos. Participan en este movimiento de unidad, llamado
ecuménico, los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús
como Señor y Salvador; y no sólo individualmente, sino también
reunidos en grupos, en los que han oído el Evangelio y a los que
consideran como su Iglesia y de Dios. No obstante, casi todos,
aunque de manera diferente, aspiran a una Iglesia de Dios
única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada
a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio
y así se salve para gloria de Dios ».6
8. Esta afirmación del Decreto Unitatis redintegratio se
debe comprender en el contexto de todo el magisterio conciliar.
El Concilio Vaticano II expresa la decisión de la Iglesia de
emprender la acción ecuménica en favor de la unidad de los
cristianos y de proponerla con convicción y fuerza: « Este santo
Sínodo exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo
los signos de los tiempos, participen diligentemente en el
trabajo ecuménico ».7
Al indicar los principios católicos del ecumenismo, el DecretoUnitatis
redintegratio enlaza ante todo con la enseñanza sobre la
Iglesia de la Constitución Lumen gentium, en el capitulo
que trata sobre el pueblo de Dios.
8
Al mismo tiempo, tiene presente lo que se afirma en la
Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la
libertad religiosa.
9
La Iglesia católica asume con esperanza la acción ecuménica como
un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y
guiada por la caridad. También aquí se puede aplicar la palabra
de san Pablo a los primeros cristianos de Roma: « El amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo »; así nuestra « esperanza... no defrauda » (Rm 5,
5). Esta es la esperanza de la unidad de los cristianos que
tiene su fuente divina en la unidad Trinitaria del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo.
9. Jesús mismo antes de su Pasión rogó para « que todos sean uno
» (Jn 17, 21). Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia
y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que
está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo
secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en
cambio al ser mismo de la comunidad. Dios quiere la Iglesia,
porque quiere la unidad y en la unidad se expresa toda la
profundidad de su ágape.
En efecto, la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste
simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman
unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la
profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión
jerárquica.
10
Los fieles son uno porque, en el Espíritu, están en la
comunión del Hijo y, en El, en su comunión con el
Padre: « Y nosotros estamos en comunión con el Padre y
con su Hijo, Jesucristo » (1 Jn 1, 3). Así pues, para la
Iglesia católica, lacomunión de los cristianos no es más
que la manifestación en ellos de la gracia por medio de la cual
Dios los hace partícipes de su propia comunión, que es su
vida eterna. Las palabras de Cristo « que todos sean uno » son
pues la oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla
plenamente, de modo que brille a los ojos de todos « cómo se ha
dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador
de todas las cosas » (Ef 3, 9). Creer en Cristo significa
querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia;
querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que
corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad. Este
es el significado de la oración de Cristo: « Ut unum sint
».
10. En la situación actual de división entre los cristianos y de
confiada búsqueda de la plena comunión, los fieles católicos se
sienten profundamente interpelados por el Señor de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II ha reforzado su compromiso con una
visión eclesiológica lúcida y abierta a todos los valores
eclesiales presentes entre los demás cristianos. Los fieles
católicos afrontan la problemática ecuménica con un espíritu de
fe.
El Concilio afirma que « la Iglesia de Cristo subsiste en la
Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los
obispos en comunión con él » y al mismo tiempo reconoce que «
fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos
elementos de santificación y de verdad que, como dones propios
de la Iglesia de Cristo, empujan hacia la unidad católica ».11
« Por tanto, las mismas Iglesias y Comunidades separadas, aunque
creemos que padecen deficiencias, de ninguna manera carecen de
significación y peso en el misterio de la salvación. Porque el
Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de ellas como medios de
salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de gracia y
verdad que fue confiada a la Iglesia católica ».12
11. De este modo la Iglesia católica afirma que, durante los dos
mil años de su historia, ha permanecido en la unidad con todos
los bienes de los que Dios quiere dotar a su Iglesia, y esto a
pesar de las crisis con frecuencia graves que la han sacudido,
las faltas de fidelidad de algunos de sus ministros y los
errores que cotidianamente cometen sus miembros. La Iglesia
católica sabe que, en virtud del apoyo que le viene del Espíritu,
las debilidades, las mediocridades, los pecados y a veces las
traiciones de algunos de sus hijos, no pueden destruir lo que
Dios ha infundido en ella en virtud de su designio de gracia.
Incluso « las puertas del infierno no prevalecerán contra ella »
(Mt 16, 18). Sin embargo la Iglesia católica no olvida
que muchos en su seno ofuscan el designio de Dios. Al recordar
la división de los cristianos, el Decreto sobre el ecumenismo no
ignora la « culpa de los hombres por ambas partes »,13
reconociendo que la responsabilidad no se puede atribuir
únicamente a los « demás ». Gracias a Dios, no se ha destruido
lo que pertenece a la estructura de la Iglesia de Cristo, ni
tampoco la comunión existente con las demás Iglesias y
Comunidades eclesiales.
En efecto, los elementos de santificación y de verdad presentes
en las demás Comunidades cristianas, en grado diverso unas y
otras, constituyen la base objetiva de la comunión existente,
aunque imperfecta, entre ellas y la Iglesia católica.
En la medida en que estos elementos se encuentran en las demás
Comunidades cristianas, la única Iglesia de Cristo tiene una
presencia operante en ellas. Por este motivo el Concilio
Vaticano II habla de una cierta comunión, aunque imperfecta. La
Constitución Lumen gentium señala que la Iglesia católica
« se siente unida por muchas razones »
14
a estas Comunidades con una cierta verdadera unión en el
Espíritu Santo.
12. La misma Constitución explicita ampliamente « los elementos
de santificación y de verdad » que, de diversos modos, se
encuentran y actúan fuera de los límites visibles de la Iglesia
católica: « Son muchos, en efecto, los que veneran la Sagrada
Escritura como norma de fe y de vida y manifiestan un amor
sincero por la religión, creen con amor en Dios Padre
todopoderoso y en el Hijo de Dios Salvador y están marcados por
el Bautismo, por el que están unidos a Cristo, e incluso
reconocen y reciben en sus propias Iglesias o Comunidades
eclesiales otros sacramentos. Algunos de ellos tienen también el
Episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la
devoción a la Virgen Madre de Dios. Se añade a esto la comunión
en la oración y en otros bienes espirituales, incluso una cierta
verdadera unión en el Espíritu Santo. Este actúa, sin duda,
también en ellos y los santifica con sus dones y gracias y, a
algunos de ellos, les dio fuerzas incluso para derramar su
sangre. De esta manera, el Espíritu suscita en todos los
discípulos de Cristo el deseo de trabajar para que todos se unan
en paz, de la manera querida por Cristo, en un solo rebaño bajo
un solo Pastor ».
15
El Decreto conciliar sobre el ecumenismo, refiriéndose a las
Iglesias ortodoxas llega a declarar que « por la celebración de
la Eucaristía del Señor en cada una de esas Iglesias, se edifica
y crece la Iglesia de Dios ».16
Reconocer todo esto es una exigencia de la verdad.
13. El mismo Documento presenta someramente las implicaciones
doctrinales. En relación a los miembros de esas Comunidades,
declara: « Justificados por la fe en el Bautismo, se han
incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con
el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los
hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor ».17
Refiriéndose a los múltiples bienes presentes en las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales, el Decreto añade: « Todas
estas realidades, que proceden de Cristo y conducen a El,
pertenecen, por derecho, a la única Iglesia de Cristo. Nuestros
hermanos separados practican también no pocas acciones sagradas
de la religión cristiana, las cuales, de distintos modos, según
la diversa condición de cada Iglesia o comunidad, pueden sin
duda producir realmente la vida de la gracia, y deben ser
consideradas aptas para abrir el acceso a la comunión de la
salvación ».18
Se trata de textos ecuménicos de máxima importancia. Fuera de la
comunidad católica no existe el vacío eclesial. Muchos elementos
de gran valor (eximia), que en la Iglesia católica son
parte de la plenitud de los medios de salvación y de los dones
de gracia que constituyen la Iglesia, se encuentran también en
las otras Comunidades cristianas.
14. Todos estos elementos llevan en sí mismos la llamada a la
unidad para encontrar en ella su plenitud. No se trata de poner
juntas todas las riquezas diseminadas en las Comunidades
cristianas con el fin de llegar a la Iglesia deseada por Dios.
De acuerdo con la gran Tradición atestiguada por los Padres de
Oriente y Occidente, la Iglesia católica cree que en el evento
de Pentecostés Dios manifestó ya la Iglesia en su
realidad escatológica, que El había preparado « desde el tiempo
de Abel el Justo ».19
Está ya dada. Por este motivo nosotros estamos ya en los últimos
tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos
en su plenitud, en la Iglesia católica y, sin esta plenitud, en
las otras Comunidades,
20
donde ciertos aspectos del misterio cristiano han estado a veces
más eficazmente puestos de relieve. El ecumenismo trata
precisamente de hacer crecer la comunión parcial existente entre
los cristianos hacia la comunión plena en la verdad y en la
caridad.
Renovación y conversión
15. Pasando de los principios, del imperativo de la conciencia
cristiana, a la realización del camino ecuménico hacia la unidad,
el Concilio Vaticano II pone sobre todo de relieve la
necesidad de conversión interior. El anuncio mesiánico « el
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca » y la
llamada consiguiente « convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc
1, 15), con la que Jesús inaugura su misión, indican el elemento
esencial que debe caracterizar todo nuevo inicio: la necesidad
fundamental de la evangelización en cada etapa del camino
salvífico de la Iglesia. Esto se refiere, de modo particular, al
proceso iniciado por el Concilio Vaticano II, incluyendo en la
renovación la tarea ecuménica de unir a los cristianos divididos
entre sí. « No hay verdadero ecumenismo sin conversión
interior ».21
El Concilio llama tanto a la conversión personal como a la
comunitaria. La aspiración de cada Comunidad cristiana a la
unidad es paralela a su fidelidad al Evangelio. Cuando se trata
de personas que viven su vocación cristiana, el Evangelio habla
de conversión interior, de una renovación de la mente.
22
Cada uno debe pues convertirse más radicalmente al Evangelio y,
sin perder nunca de vista el designio de Dios, debe cambiar su
mirada. Con el ecumenismo la contemplación de las « maravillas
de Dios » (mirabilia Dei) se ha enriquecido de nuevos
espacios, en los que el Dios Trinitario suscita la acción de
gracias: la percepción de que el Espíritu actúa en las otras
Comunidades cristianas, el descubrimiento de ejemplos de
santidad, la experiencia de las riquezas ilimitadas de la
comunión de los santos, el contacto con aspectos impensables del
compromiso cristiano. Por otro lado, se ha difundido también la
necesidad de penitencia: el ser conscientes de ciertas
exclusiones que hieren la caridad fraterna, de ciertos rechazos
que deben ser perdonados, de un cierto orgullo, de aquella
obstinación no evangélica en la condena de los « otros », de un
desprecio derivado de una presunción nociva. Así la vida entera
de los cristianos queda marcada por la preocupación ecuménica y
están llamados a asumirla.
16. En el magisterio del Concilio hay un nexo claro entre
renovación, conversión y reforma. Afirma así: « La Iglesia,
peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma
permanente de la que ella, como institución terrena y humana,
necesita continuamente; de modo que si algunas cosas, por
circunstancias de tiempo y lugar, hubieran sido observadas menos
cuidadosamente 2 deben restaurarse en el momento oportuno y
debidamente ».23
Ninguna Comunidad cristiana puede eludir esta llamada.
Dialogando con franqueza, las Comunidades se ayudan a mirarse
mutuamente unas a otras a la luz de la Tradición apostólica.
Esto las lleva a preguntarse si verdaderamente expresan de
manera adecuada todo lo que el Espíritu ha transmitido por medio
de los Apóstoles.
24
En relación a la Iglesia católica, en diversas circunstancias,
como con ocasión del aniversario del Bautismo de la Rus',
25
o del recuerdo, después de once siglos, de la obra
evangelizadora de los santos Cirilo y Metodio,
26
me he referido a estas exigencias y perspectivas. Más
recientemente, elDirectorio para la aplicación de los
principios y de las normas acerca del ecumenismo, publicado
con mi aprobación por el Pontificio Consejo para la Promoción de
la Unidad de los Cristianos, las ha aplicado en el campo
pastoral.
27
17. En relación a los demás cristianos, los principales
documentos de la Comisión Fe y Constitución
28
y las declaraciones de numerosos diálogos bilaterales han
ofrecido ya a las Comunidades cristianas instrumentos útiles
para discernir lo que es necesario para el movimiento ecuménico
y para la conversión que éste debe suscitar. Estos estudios son
importantes bajo una doble perspectiva: muestran los notables
progresos ya alcanzados e infunden esperanza por constituir una
base segura para la sucesiva y profundizada investigación.
La comunión creciente en una reforma continua, realizada a la
luz de la Tradición apostólica, es sin duda, en la situación
actual del pueblo cristiano, una de las características
distintivas y más importantes del ecumenismo. Por otra parte, es
también una garantía esencial para su futuro. Los fieles de la
Iglesia católica deben saber que el impulso ecuménico del
Concilio Vaticano II es uno de los resultados de la postura que
la Iglesia adoptó entonces para escrutarse a la luz del
Evangelio y de la gran Tradición. Mi predecesor, el Papa Juan
XXIII, lo había comprendido bien rechazando separar
actualización y apertura ecuménica al convocar el Concilio.
29
Al término de la asamblea conciliar, el Papa Pablo VI,
reanudando el diálogo de caridad con las Iglesias en comunión
con el Patriarcado de Constantinopla, y realizando el gesto
concreto y altamente significativo de « relegar en el olvido »
—y hacer « desaparecer de la memoria y del interior de la
Iglesia »— las excomuniones del pasado, consagró la vocación
ecuménica del Concilio. Es interesante recordar que la creación
de un organismo especial para el ecumenismo coincide con el
comienzo mismo de la preparación del Concilio Vaticano II
30
y que, a través de este organismo, las opiniones y valoraciones
de las demás Comunidades cristianas estuvieron presentes en los
grandes debates sobre la Revelación, la Iglesia, la naturaleza
del ecumenismo y la libertad religiosa.
Importancia fundamental de la doctrina
18. Basándose en una idea que el mismo Papa Juan XXIII había
expresado en la apertura del Concilio,
31
el Decreto sobre el ecumenismo menciona el modo de exponer la
doctrina entre los elementos de la continua reforma.
32
No se trata en este contexto de modificar el depósito de la fe,
de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos
palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una
época, de quitar ciertos artículos del Credo con el falso
pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida
por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al
contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una
solución de compromiso está en contradicción con Dios que es la
Verdad. En el Cuerpo de Cristo que es « camino, verdad y vida »
(Jn 14, 6), ¿quién consideraría legítima una
reconciliación lograda a costa de la verdad? La Declaración
conciliar sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae
atribuye a la dignidad humana la búsqueda de la verdad, « sobre
todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia »,33
y la adhesión a sus exigencias. Por tanto, un « estar juntos »
que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza
de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia de verdad que
está en lo más profundo de cada corazón humano.
19. Sin embargo, la doctrina debe ser presentada de un modo que
sea comprensible para aquéllos a quienes Dios la destina. En la
Carta encíclica Slavorum apostoli recordaba cómo Cirilo y
Metodio, por este mismo motivo, tradujeron las nociones de la
Biblia y los conceptos de la teología griega en un contexto de
experiencias históricas y de pensamiento muy diverso. Querían
que la única palabra de Dios fuese « hecha accesible de este
modo según las formas expresivas propias de cada civilización ».34
Comprendieron pues que no podían « imponer a los pueblos, cuya
evangelización les encomendaron, ni siquiera la indiscutible
superioridad de la lengua griega y de la cultura bizantina, o
los usos y comportamientos de la sociedad más avanzada, en la
que ellos habían crecido ».35
Así hacían realidad aquella « perfecta comunión en el amor 3
preserva a la Iglesia de cualquier forma de particularismo o de
exclusivismo étnico o de prejuicio racial, así como de cualquier
orgullo nacionalista ».36
En este mismo espíritu, no dudé en decir a los aborígenes de
Australia: « No tenéis que ser un pueblo dividido en dos partes
4 Jesús os invita a aceptar sus palabras y sus valores dentro de
vuestra propia cultura ».37
Puesto que por su naturaleza la verdad de fe está destinada a
toda la humanidad, exige ser traducida a todas las culturas. En
efecto, el elemento que determina la comunión en la verdad es el
significado de la verdad misma. La expresión de la verdad
puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión
se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje
evangélico en su inmutable significado.
38
« Esta renovación tiene, pues, gran importancia ecuménica ».39
Y es no sólo renovación del modo de expresar la fe, sino de la
misma vida de fe. Se podría preguntar: ¿quién debe realizarla?
El Concilio responde claramente a este interrogante: corresponde
a « la Iglesia entera, tanto los fieles como los pastores; y
afecta a cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida
cristiana diaria o en las investigaciones teológicas e
históricas ».40
20. Todo esto es sumamente importante y de significado
fundamental para la actividad ecuménica. De ello resulta
inequívocamente que el ecumenismo, el movimiento a favor de la
unidad de los cristianos, no es sólo un mero «
apéndice », que se añade a la actividad tradicional de la
Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a su
acción y debe, en consecuencia, inspirarlas y ser como el fruto
de un árbol que, sano y lozano, crece hasta alcanzar su pleno
desarrollo.
Así creía en la unidad de la Iglesia el Papa Juan XXIII y así
miraba a la unidad de todos los cristianos. Refiriéndose a los
demás cristianos, a la gran familia cristiana, constataba: « Es
mucho más fuerte lo que nos une que lo que nos divide ». Por su
parte, el Concilio Vaticano II exhorta: « Recuerden todos los
fieles cristianos que promoverán e incluso practicarán tanto
mejor la unióncuanto más se esfuercen por vivir una vida más
pura según el Evangelio. Pues cuanto más estrecha sea su
comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntima y
fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua ».41
Primacía de la oración
21. « Esta conversión del corazón y santidad de vida, junto
con las oraciones públicas y privadas por la unidad de los
cristianos, deben considerarse como el alma de todo el
movimiento ecuménico y pueden llamarse con razón ecumenismo
espiritual ».42
Se avanza en el camino que lleva a la conversión de los
corazones según el amor que se tenga a Dios y, al mismo tiempo,
a los hermanos: a todos los hermanos, incluso a los que no están
en plena comunión con nosotros. Del amor nace el deseo de la
unidad, también en aquéllos que siempre han ignorado esta
exigencia. El amor es artífice de comunión entre las personas y
entre las Comunidades. Si nos amamos, es más profunda nuestra
comunión, y se orienta hacia la perfección. El amor se dirige
a Dios como fuente perfecta de comunión —la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—, para encontrar la fuerza
de suscitar esta misma comunión entre las personas y entre las
Comunidades, o de restablecerla entre los cristianos aún
divididos. El amor es la corriente profundísima que da vida e
infunde vigor al proceso hacia la unidad.
Este amor halla su expresión más plena en la oración común.
Cuando los hermanos que no están en perfecta comunión entre sí
se reúnen para rezar, su oración es definida por el Concilio
Vaticano II como alma de todo el movimiento ecuménico. La
oración es « un medio sumamente eficaz para pedir la gracia de
la unidad », una « expresión auténtica de los vínculos que
siguen uniendo a los católicos con los hermanos separados ».43
Incluso cuando no se reza en sentido formal por la unidad de los
cristianos, sino por otros motivos, como, por ejemplo, por la
paz, la oración se convierte por sí misma en expresión y
confirmación de la unidad. La oración común de los cristianos
invita a Cristo mismo a visitar la Comunidad de aquéllos que lo
invocan: « Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20).
22. Cuando los cristianos rezan juntos la meta de la unidad
aparece más cercana. La larga historia de los cristianos marcada
por múltiples divisiones parece recomponerse, tendiendo a la
Fuente de su unidad que es Jesucristo. ¡El es el mismo ayer, hoy
y siempre! (cf. Hb 13, 8). Cristo está realmente presente
en la comunión de oración; ora « en nosotros », « con nosotros »
y « por nosotros ». El dirige nuestra oración en el Espíritu
Consolador que prometió y dio ya a su Iglesia en el Cenáculo de
Jerusalén, cuando la constituyó en su unidad originaria.
En el camino ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde
sin duda a la oración común, a la unión orante de quienes
se congregan en torno a Cristo mismo. Si los cristianos, a pesar
de sus divisiones, saben unirse cada vez más en oración común en
torno a Cristo, crecerá en ellos la conciencia de que es menos
lo que los divide que lo que los une. Si se encuentran más
frecuente y asiduamente delante de Cristo en la oración,
hallarán fuerza para afrontar toda la dolorosa y humana realidad
de las divisiones, y de nuevo se encontrarán en aquella
comunidad de la Iglesia que Cristo forma incesantemente en el
Espíritu Santo, a pesar de todas las debilidades y limitaciones
humanas.
23. En suma, la comunión de oración lleva a mirar con ojos
nuevos a la Iglesia y al cristianismo. En efecto, no se debe
olvidar que el Señor pidió al Padre la unidad de sus discípulos,
para que ésta fuera testimonio de su misión y el mundo pudiese
creer que el Padre lo había enviado (cf. Jn 17, 21). Se
puede decir que el movimiento ecuménico haya partido en cierto
sentido de la experiencia negativa de quienes, anunciando el
único Evangelio, se referían cada uno a su propia Iglesia o
Comunidad eclesial; una contradicción que no podía pasar
desapercibida a quien escuchaba el mensaje de salvación y
encontraba en ello un obstáculo a la acogida del anuncio
evangélico. Lamentablemente este grave impedimento no está
superado. Es cierto, no estamos todavía en plena comunión. Sin
embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos recorriendo el
camino hacia la unidad plena, aquella unidad que caracterizaba a
la Iglesia apostólica en sus principios, y que nosotros buscamos
sinceramente: prueba de esto es nuestra oración común, animada
por la fe. En la oración nos reunimos en el nombre de Cristo que
es Uno. El es nuestra unidad.
La oración
« ecuménica » está al servicio de la misión cristiana
y de su credibilidad. Por eso debe estar particularmente
presente en la vida de la Iglesia y en cada actividad que tenga
como fin favorecer la unidad de los cristianos. Es como si
nosotros debiéramos volver siempre a reunirnos en el Cenáculo
del Jueves Santo, aunque nuestra presencia común en este lugar,
aguarda todavía su perfecto cumplimiento, hasta que, superados
los obstáculos para la perfecta comunión eclesial, todos los
cristianos se reúnan en la única celebración de la Eucaristía.
44
24. Es motivo de alegría constatar cómo tantos encuentros
ecuménicos incluyen casi siempre la oración y, más aún, culminan
con ella. La Semana de Oración por la unidad de los
cristianos, que se celebra en el mes de enero, o en torno a
Pentecostés en algunos países, se ha convertido en una tradición
difundida y consolidada. Pero además de ella, son muchas las
ocasiones que durante el año llevan a los cristianos a rezar
juntos. En este contexto, deseo evocar la experiencia particular
de las peregrinaciones del Papa por las Iglesias, en los
diferentes continentes y en los varios países de la oikoumene
contemporánea. Soy bien consciente de que el Concilio Vaticano
II orientó al Papa hacia este particular ejercicio de su
ministerio apostólico. Se puede decir aún más. El Concilio hizo
de este peregrinar del Papa una clara necesidad, en cumplimiento
del papel del Obispo de Roma al servicio de la comunión.
45
Estas visitas casi siempre han incluido un encuentro ecuménico y
la oración en común de los hermanos que buscan la unidad en
Cristo y en su Iglesia. Recuerdo con una emoción muy
especial la oración con el Primado de la Comunión anglicana en
la catedral de Canterbury, el 29 de mayo de 1982, cuando en
aquel admirable templo veía un « elocuente testimonio, al mismo
tiempo, de nuestros largos años de herencia común y de los
tristes años de división que vinieron a continuación »;46
tampoco puedo olvidar las realizadas en los Países escandinavos
y nórdicos (1-10 de junio de 1989), en América, Africa, o
aquélla en la sede del Consejo Ecuménico de las Iglesias (12 de
junio de 1984), organismo que tiene como objetivo llamar a las
Iglesias y a las Comunidades eclesiales que forman parte « a la
meta de la comunión visible en una sola fe y en una sola
comunión eucarística expresada en el culto y en la vida común en
Cristo ».47
Y ¿cómo podría olvidar mi participación en la liturgia
eucarística en la iglesia de san Jorge, en el Patriarcado
ecuménico (30 de noviembre de 1979), y la celebración en la
Basílica de san Pedro durante la visita a Roma de mi venerable
Hermano, el Patriarca Dimitrios I (6 de diciembre de 1987)? En
aquella circunstancia, junto al altar de la Confesión,
profesamos juntos el Símbolo niceno-constantinopolitano, según
el texto original griego. No se pueden describir con pocas
palabras los aspectos concretos que han caracterizado cada uno
de estos encuentros de oración. Por los condicionamientos del
pasado que, de modo diverso, pesaban sobre cada uno de ellos,
todos tienen una propia y singular elocuencia; todos están
grabados en la memoria de la Iglesia, guiada por el Paráclito en
la búsqueda de la unidad de todos los creyentes en Cristo.
25. No sólo el Papa se ha hecho peregrino. En estos años muchos
dignos representantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales
me han visitado en Roma y he podido rezar con ellos en
encuentros públicos y privados. Ya he mencionado la presencia
del Patriarca ecuménico Dimitrios I. Quisiera ahora recordar
también el encuentro de oración con los Arzobispos luteranos,
primados de Suecia y Finlandia, en la misma Basílica de san
Pedro, para la celebraciónde Vísperas, con ocasión del VI
centenario de la canonización de santa Brígida (5 de octubre de
1991). Se trata de un ejemplo, porque la Iglesia es consciente
de que el deber de orar por la unidad es propio de su vida. No
hay un acontecimiento importante y significativo que no se
beneficie con la presencia recíproca y la oración de los
cristianos. Me es imposible enumerar todos estos encuentros,
aunque cada uno merezca ser nombrado. Verdaderamente el Señor
nos lleva de la mano y nos guía. Estos intercambios, estas
oraciones han escrito ya páginas y páginas de nuestro « Libro de
la unidad », « Libro » que debemos siempre hojear y releer para
hallar inspiración y esperanza.
26. La oración, la comunidad de oración, nos permite reencontrar
siempre la verdad evangélica de las palabras « uno solo es
vuestro Padre » (Mt 23, 9), aquel Padre, Abbá, al
cual Cristo mismo se dirige, El que es Hijo unigénito de la
misma sustancia. Y además: « Uno solo es vuestro Maestro;
y vosotros sois todos hermanos » (Mt 23, 8). La
oración « ecuménica » manifiesta esta dimensión fundamental de
fraternidad en Cristo, que murió para unir a los hijos de Dios
dispersos, para que nosotros, llegando a ser hijos en el Hijo
(cf. Ef 1, 5), reflejásemos más plenamente la
inescrutable realidad de la paternidad de Dios y, al mismo
tiempo, la verdad sobre la humanidad propia de cada uno y de
todos.
La oración « ecuménica », la oración de los hermanos y hermanas,
expresa todo esto. Ellos, precisamente por estar divididos entre
sí, con mayor esperanza se unen en Cristo, confiándole el
futuro de su unidad y de su comunión. A esta situación se
podría aplicar una vez más felizmente la enseñanza del Concilio:
« El Señor Jesús, cuando pide al Padre 'que todos sean uno
1 como nosotros también somos uno' (Jn 17, 21-22),
ofreciendo perspectivas inaccesibles a la razón humana, sugiere
cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la
unión de los hijos de Dios en la verdad y el amor ».48
La conversión del corazón, condición esencial de toda auténtica
búsqueda de la unidad, brota de la oración y ésta la lleva hacia
su cumplimiento: « Los deseos de unidad brotan y maduran como
fruto de la renovación de la mente, de la negación de sí mismo y
de una efusión libérrima de la caridad. Por ello, debemosimplorar
del Espíritu divino la gracia de una sincera abnegación,
humildad y mansedumbre en el servicio a los demás y espíritu de
generosidad fraterna hacia ellos ».49
27. Orar por la unidad no está sin embargo reservado a quien
vive en un contexto de división entre los cristianos. En el
diálogo íntimo y personal que cada uno de nosotros debe tener
con el Señor en la oración, no puede excluirse la preocupación
por la unidad. En efecto, sólo de este modo ésta formará parte
plenamente de la realidad de nuestra vida y de los compromisos
que hayamos asumido en la Iglesia. Para poner de relieve esta
exigencia he querido proponer a los fieles de la Iglesia
católica un modelo que me parece ejemplar, el de una religiosa
trapense, María Gabriela de la Unidad, que proclamé beata
el 25 de enero de 1983.
50
Sor María Gabriela, llamada por su vocación a vivir alejada del
mundo, dedicó su existencia a la meditación y a la oración
centrada en el capítulo 17 del Evangelio de san Juan y la
ofreció por la unidad de los cristianos. Este es el soporte de
toda oración: la entrega total y sin reservas de la propia vida
al Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo. El ejemplo
de sor María Gabriela nos enseña, nos hace comprender cómo no
existen tiempos, situaciones o lugares particulares para rezar
por la unidad. La oración de Cristo al Padre es modelo para
todos, siempre y en todo lugar.
Diálogo ecuménico
28. Si la oración es el « alma » de la renovación ecuménica y de
la aspiración a la unidad; sobre ella se fundamenta y en ella
encuentra su fuerza todo lo que el Concilio define como «diálogo
». Esta definición no está ciertamente lejos delpensamiento
personalista actual. La actitud de « diálogo » se sitúa en
el nivel de la naturaleza de la persona y de su dignidad. Desde
el punto de vista filosófico, esta posición se relaciona con la
verdad cristiana sobre el hombre expresada por el Concilio. En
efecto, el hombre « es la única criatura en la tierra a la que
Dios ha amado por sí misma »; por tanto « no puede encontrarse
plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo ».51
El diálogo es paso obligado del camino a recorrer hacia la
autorrealización del hombre, tanto del individuo como
también de cada comunidad humana. Si bien del concepto de
« diálogo » parece emerger en primer plano el momento
cognoscitivo (dia-logos), cada diálogo encierra
una dimensión global, existencial. Abarca al sujeto humano
totalmente; el diálogo entre las comunidades compromete de modo
particular la subjetividad de cada una de ellas.
Esta verdad sobre el diálogo, expresada tan profundamente por el
Papa Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam suam,
52
fue también asumida por la doctrina y la actividad ecuménica del
Concilio. El diálogo no es sólo un intercambio de ideas. Siempre
es de todos modos un « intercambio de dones ».53
29. Por este motivo, el Decreto conciliar sobre el ecumenismo
pone también en primer plano « todos los esfuerzos para eliminar
palabras, juicios y acciones que no respondan, según la justicia
y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que por
lo mismo hagan más difíciles las relaciones mutuas con ellos ».54
Este Documento afronta la cuestión desde el punto de vista de la
Iglesia católica y se refiere al criterio que ella debe aplicar
en relación con los demás cristianos. Sin embargo, en todo esto
hay una exigencia de reciprocidad. Seguir este criterio es un
compromiso indispensable de cada una de las partes que quieren
dialogar y es condición previa para comenzarlo. Es necesario
pasar de una situación de antagonismo y de conflicto a un nivel
en el que uno y otro se reconocen recíprocamente como
asociados. Cuando se empieza a dialogar, cada una de las
partes debe presuponer una voluntad de reconciliación en su
interlocutor, deunidad en la verdad. Para realizar
todo esto, deben evitarse las manifestaciones de recíproca
oposición. Sólo así el diálogo ayudará a superar la división y
podrá acercar a la unidad.
30. Se puede afirmar, con viva gratitud hacia el Espíritu de
verdad, que el Concilio Vaticano II fue un tiempo providencial
durante el cual se realizaron las condiciones fundamentales para
la participación de la Iglesia católica en el diálogo ecuménico.
Por otra parte, la presencia de numerosos observadores de varias
Iglesias y Comunidades eclesiales, su profunda implicación en el
acontecimiento conciliar, los numerosos encuentros y las
oraciones en común que el Concilio ha hecho posibles, han
contribuido a que se dieran las condiciones para el diálogo.
Durante el Concilio, los representantes de las Iglesias y
Comunidades cristianas experimentaron la disposición para el
diálogo del episcopado católico del mundo entero y, en
particular, de la Sede Apostólica.
Estructuras locales de diálogo
31. El diálogo ecuménico, tal y como se ha manifestado desde los
días del Concilio, lejos de ser una prerrogativa de la Sede
Apostólica, atañe también a las Iglesias locales o particulares.
Las Conferencias episcopales y los Sínodos de las Iglesias
orientales católicas han instituido comisiones especiales para
la promoción del espíritu y de la acción ecuménicos. Oportunas
estructuras análogas trabajan a nivel diocesano. Estas
iniciativas manifiestan el deber concreto y general de la
Iglesia católica de aplicar las orientaciones conciliares sobre
ecumenismo: este es un aspecto esencial del movimiento ecuménico.
55
No sólo se ha emprendido el diálogo, sino que se ha
convertido en una necesidad declarada, una de las prioridades de
la Iglesia; en consecuencia, se ha perfilado la « técnica »
para dialogar, favoreciendo al mismo tiempo el crecimiento del
espíritu de diálogo. En este contexto se quiere ante todo
considerar el diálogo entre cristianos de las diferentes
Iglesias o Comunidades, « entablado entre expertos adecuadamente
formados, en el que cada uno explica con mayor profundidad la
doctrina de su Comunión y presenta con claridad sus
características ».56
Sin embargo, conviene que cada cristiano conozca el método
adecuado al diálogo.
32. Como afirma la Declaración conciliar sobre la libertad
religiosa, « la verdad debe buscarse de un modo adecuado a la
dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, es decir,
mediante la investigación libre, con la ayuda del magisterio o
enseñanza, de la comunicación y del diálogo, en los que unos
exponen a los otros la verdad que han encontrado o piensan haber
encontrado, para ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad;
una vez conocida la verdad, hay que adherirse a ella firmemente
con el asentimiento personal ».57
El diálogo ecuménico tiene una importancia esencial. « Pues, por
medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más
auténtico y una estima más justa de la doctrina y de la
vida de cada Comunión; además, también las Comuniones consiguen
una mayor colaboración en aquellas obligaciones en pro
del bien común exigidas por toda conciencia cristiana, y se
reúnen, en cuanto es posible, en la oración unánime. Finalmente,
todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la
Iglesia y emprenden valientemente, como conviene, la obra de
renovación y de reforma ».58
Diálogo como examen de conciencia
33. En la intención del Concilio, el diálogo ecuménico tiene el
carácter de una búsqueda común de la verdad, particularmente
sobre la Iglesia. En efecto, la verdad forma las conciencias y
orienta su actuación en favor de la unidad. Al mismo tiempo,
exige que la conciencia de los cristianos, hermanos divididos
entre sí, y sus obras se conformen a la oración de Cristo por la
unidad. Existe una correlación entre oración y diálogo. Una
oración más profunda y consciente hace el diálogo más rico en
frutos. Si por una parte la oración es la condición para el
diálogo, por otra llega a ser, de forma cada vez más madura, su
fruto.
34. Gracias al diálogo ecuménico podemos hablar de mayor madurez
de nuestra oración común. Esto es posible en cuanto el
diálogo cumple también y al mismo tiempo la función de un examen
de conciencia. ¿Cómo no recordar en este contexto las
palabras de la Primera Carta de Juan? « Si decimos: 'No tenemos
pecado', nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si
reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él 2 para
perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia » (1,
8-9). Juan nos lleva aún más allá cuando afirma: « Si decimos:
'No hemos pecado', le hacemos mentiroso y su Palabra no está en
nosotros » (1, 10). Una exhortación que reconoce tan
radicalmente nuestra condición de pecadores debe ser también
una característica del espíritu con que se afronta el diálogo
ecuménico. Si éste no llegara a ser un examen de conciencia,
como un « diálogo de las conciencias », ¿podríamos contar con la
certeza que la misma Carta nos transmite? « Hijos míos, os
escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca,
tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.
El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por
los nuestros, sino también por los del mundo entero » (2, 1-2).
El sacrificio salvífico de Cristo se ofrece por todos los
pecados del mundo, y por tanto también los cometidos contra la
unidad de la Iglesia: los pecados de los cristianos, tanto de
los pastores como de los fieles. Incluso después de tantos
pecados que han contribuido a las divisiones históricas, es
posible la unidad de los cristianos, si somos conscientes
humildemente de haber pecado contra la unidad y estamos
convencidos de la necesidad de nuestra conversión. No sólo se
deben perdonar y superar los pecados personales, sino también
los sociales, es decir, las « estructuras » mismas del pecado
que han contribuido y pueden contribuir a la división y a su
consolidación.
35. Una vez más el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede
decir que todo el Decreto sobre el ecumenismo está lleno del
espíritu de conversión.
59
El diálogo ecuménico presenta en este documento un carácter
propio; se transforma en « diálogo de la conversión », y por
tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico « diálogo de
salvación ».60
El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una trayectoria
exclusivamente horizontal, limitándose al encuentro, al
intercambio de puntos de vista, o incluso de dones propios de
cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una dimensión
vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y Señor
de la historia, que es nuestra reconciliación. La dimensión
vertical del diálogo está en el común y recíproco reconocimiento
de nuestra condición de hombres y mujeres que han pecado.
Precisamente esto abre en los hermanos que viven en comunidades
que no están en plena comunión entre ellas, un espacio interior
en donde Cristo, fuente de unidad de la Iglesia, puede obrar
eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu Paráclito.
Diálogo para resolver las divergencias
36. El diálogo es también un instrumento natural para confrontar
diversos puntos de vista y sobre todo examinar las divergencias
que obstaculizan la plena comunión de los cristianos entre sí.
El Decreto sobre el ecumenismo describe, en primer lugar, las
disposiciones morales con las que se deben afrontar las
conversaciones doctrinales: « Los teólogos católicos, afianzados
en la doctrina de la Iglesia, deben seguir adelante en el
diálogo ecuménico con amor a la verdad, caridad y humildad,
investigando juntamente con los hermanos separados sobre los
misterios divinos ».61
El amor a la verdad es la dimensión más profunda de una
auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos.
Sin este amor sería imposible afrontar las objetivas
dificultades teológicas, culturales, psicológicas y sociales que
se encuentran al examinar las divergencias. A esta dimensión
interior y personal está inseparablemente unido el espíritu de
caridad y humildad. Caridad hacia el interlocutor, humildad
hacia la verdad que se descubre y que podría exigir revisiones
de afirmaciones y actitudes.
En relación al estudio de las divergencias, el Concilio pide que
se presente toda la doctrina con claridad. Al mismo tiempo,
exige que el modo y el método de enunciar la fe católica no sea
un obstáculo para el diálogo con los hermanos.
62
Ciertamente es posible testimoniar la propia fe y explicar la
doctrina de un modo correcto, leal y comprensible, y tener
presente contemporáneamente tanto las categorías mentales como
la experiencia histórica concreta del otro.
Obviamente, la plena comunión deberá realizarse en la aceptación
de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los
discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda
forma de reduccionismo o de fácil « estar de acuerdo ». Las
cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario
resurgirían en otros momentos, con idéntica configuración o bajo
otro aspecto.
37. El Decreto Unitatis redintegratio señala también un
criterio a seguir cuando los católicos tienen que presentar o
confrontar las doctrinas: « Han de recordar que existe un orden
o 'jerarquía' de las verdades de la doctrina católica, puesto
que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana.
Así se preparará el camino por el cual todos, por esta emulación
fraterna, se estimularán a un conocimiento más profundo y a una
exposición más clara de las riquezas insondables de Cristo ».63
38. En el diálogo nos encontramos inevitablemente con el
problema de las diferentes formulaciones con las que se expresa
la doctrina en las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales,
lo cual tiene más de una consecuencia para la actividad
ecuménica.
En primer lugar, ante formulaciones doctrinales que se
diferencian de las habituales de la comunidad a la que se
pertenece, conviene ante todo aclarar si las palabras no
sobrentienden un contenido idéntico, como, por ejemplo, se ha
constatado en recientes declaraciones comunes firmadas por mis
Predecesores y por mí junto con los Patriarcas de Iglesias con
las que desde siglos existía un contencioso cristológico. En
relación a la formulación de las verdades reveladas, la
Declaración Mysterium Ecclesiae afirma: « Si bien las
verdades que la Iglesia quiere enseñar de manera efectiva con
sus fórmulas dogmáticas se distinguen del pensamiento mutable de
una época y pueden expresarse al margen de estos pensamientos,
sin embargo, puede darse el caso de que tales verdades pueden
ser enunciadas por el sagrado Magisterio con palabras que sean
evocación del mismo pensamiento. Teniendo todo esto presente hay
que decir que las fórmulas dogmáticas del Magisterio de
la Iglesia han sido aptas desde el principio para comunicar la
verdad revelada y que, permaneciendo las mismas, lo serán
siempre para quienes las interpretan rectamente ».64
A este respecto, el diálogo ecuménico, que anima a las partes
implicadas a interrogarse, comprenderse y explicarse
recíprocamente, permite descubrimientos inesperados. Las
polémicas y controversias intolerantes han transformado en
afirmaciones incompatibles lo que de hecho era el resultado de
dos intentos de escrutar la misma realidad, aunque desde dos
perspectivas diversas. Es necesario hoy encontrar la fórmula que,
expresando la realidad en su integridad, permita superar
lecturas parciales y eliminar falsas interpretaciones.
Una de las ventajas del ecumenismo es que ayuda a las
Comunidades cristianas a descubrir la insondable riqueza de la
verdad. También en este contexto, todo lo que el Espíritu
realiza en los « otros » puede contribuir a la edificación de
cada comunidad
65
y en cierto modo a instruirla sobre el misterio de Cristo. El
ecumenismo auténtico es una gracia de cara a la verdad.
39. Finalmente, el diálogo pone a los interlocutores frente a
las verdaderas y propias divergencias que afectan a la fe. Estas
divergencias deben sobre todo ser afrontadas con espíritu
sincero de caridad fraterna, de respeto de las exigencias de la
propia conciencia y la del prójimo, con profunda humildad y amor
a la verdad. La confrontación en esta materia tiene dos puntos
de referencia esenciales: la Sagrada Escritura y la gran
Tradición de la Iglesia. Para los católicos es una ayuda el
Magisterio siempre vivo de la Iglesia.
La colaboración práctica
40. Las relaciones entre los cristianos no tienden sólo al mero
conocimiento recíproco, a la oración en común y al diálogo.
Prevén y exigen desde ahora cualquier posible colaboración
práctica en los diversos ámbitos: pastoral, cultural, social, e
incluso en el testimonio del mensaje del Evangelio.
66
« La cooperación de todos los cristianos expresa vivamente
aquella conjunción por la cual están ya unidos entre sí y
presenta bajo una luz más plena el rostro de Cristo siervo ».67
Una cooperación así fundada sobre la fe común, no sólo es rica
por la comunión fraterna, sino que es una epifanía de Cristo
mismo.
Además, la cooperación ecuménica es una verdadera escuela de
ecumenismo, es un camino dinámico hacia la unidad. La unidad de
acción lleva a la plena unidad de fe: « Con esta cooperación,
todos los que creen en Cristo aprenderán fácilmente cómo pueden
conocerse mejor los unos a los otros, apreciarse más y allanar
el camino de la unidad de los cristianos ».68
A los ojos del mundo la cooperación entre los cristianos asume
las dimensiones del común testimonio cristiano y llega a ser
instrumento de evangelización en beneficio de unos y otros.
II. FRUTOS DEL DIALOGO
La fraternidad reencontrada
41. Cuanto he dicho anteriormente en relación al diálogo
ecuménico desde la clausura del Concilio en adelante, lleva a
dar gracias al Espíritu de la verdad prometido por Cristo Señor
a los Apóstoles y a la Iglesia (cf. Jn 14, 26). Es la
primera vez en la historia que la acción en favor de la unidad
de los cristianos ha adquirido proporciones tan grandes y se ha
extendido a un ámbito tan amplio. Esto es ya un don inmenso que
Dios ha concedido y que merece toda nuestra gratitud. De la
plenitud de Cristo recibimos « gracia por gracia » (Jn 1,
16). Reconocer lo que Dios ya ha concedido es condición que nos
predispone a recibir aquellos dones aún indispensables para
llevar a término la obra ecuménica de la unidad.
Una visión de conjunto de los últimos treinta años ayuda a
comprender mejor muchos de los frutos de esta conversión común
al Evangelio de la que el Espíritu de Dios ha hecho instrumento
al movimiento ecuménico.
42. Sucede por ejemplo que —en el mismo espíritu del Sermón de
la Montaña— los cristianos pertenecientes a una confesión ya no
consideran a los demás cristianos como enemigos o extranjeros,
sino que ven en ellos a hermanos y hermanas. Por otra parte, hoy
se tiende a sustituir incluso el uso de la expresión hermanos
separados por términos más adecuados para evocar la
profundidad de la comunión —ligada al carácter bautismal— que el
Espíritu alimenta a pesar de las roturas históricas y canónicas.
Se habla de « otros cristianos », de « otros bautizados », de «
cristianos de otras Comunidades ». El Directorio para la
aplicación de los principios y de las normas acerca del
ecumenismo llama a las Comunidades a las que pertenecen
estos cristianos como « Iglesias o Comunidades eclesiales que no
están en plena comunión con la Iglesia católica».69
Esta ampliación de la terminología traduce una notable evolución
de la mentalidad. La conciencia de la común pertenencia a Cristo
se profundiza. Lo he podido constatar personalmente muchas veces,
durante las celebraciones ecuménicas que constituyen uno de los
eventos importantes de mis viajes apostólicos por las diversas
partes del mundo, o en los encuentros y celebraciones ecuménicas
realizados en Roma. La « fraternidad universal » de los
cristianos se ha convertido en una firme convicción ecuménica.
Relegando al olvido las excomuniones del pasado, las Comunidades
que en un tiempo fueron rivales hoy en muchos casos se ayudan
mutuamente; a veces se prestan los edificios de culto, se
ofrecen becas de estudio para la formación de los ministros de
las Comunidades carentes de medios, se interviene ante las
autoridades civiles para defender a otros cristianos
injustamente acusados, se demuestra la falta de fundamento de
las calumnias que padecen ciertos grupos.
En una palabra, los cristianos se han convertido a una caridad
fraterna que abarca a todos los discípulos de Cristo. Si sucede
que, como consecuencia de agitaciones políticas violentas, surge
en situaciones concretas una cierta agresividad o un espíritu de
revancha, las autoridades de las partes en conflicto se afanan
generalmente por hacer prevalecer la « Ley nueva » del espíritu
de caridad. Desgraciadamente, este espíritu no ha podido
transformar todas las situaciones de conflicto cruento. El
compromiso ecuménico en estas circunstancias exige no raramente
de quien lo vive opciones de auténtico heroísmo.
Es preciso afirmar a este respecto que el reconocimiento de la
fraternidad no es la consecuencia de un filantropismo liberal o
de un vago espíritu de familia. Tiene su raíz en el
reconocimiento del único Bautismo y en la consiguiente exigencia
de que Dios sea glorificado en su obra. El Directorio para la
aplicación de los principios y de las normas acerca del
ecumenismo alienta a un reconocimiento recíproco y oficial
de los Bautismos.
70
Esto es mucho más que un mero acto de cortesía ecuménica, y
constituye una afirmación eclesiológica importante.
Es oportuno recordar que el carácter fundamental del Bautismo en
la obra de la edificación de la Iglesia se ha puesto de relieve
claramente también gracias al diálogo multilateral.
71
La solidaridad al servicio de la humanidad
43. Sucede cada vez más que los responsables de las Comunidades
cristianas adoptan conjuntamente posiciones, en nombre de Cristo,
sobre problemas importantes que afectan a la vocación humana, la
libertad, la justicia, la paz y el futuro del mundo. Obrando así
« comulgan » con uno de los elementos constitutivos de la misión
cristiana: recordar a la sociedad, de un modo realista, la
voluntad de Dios, haciendo ver a las autoridades y a los
ciudadanos el peligro de seguir caminos que llevarían a la
violación de los derechos humanos. Es claro, y la experiencia lo
demuestra, que en algunas circunstancias la voz común de los
cristianos tiene más impacto que una voz aislada.
Los responsables de las Comunidades no son sin embargo los
únicos que se unen en este compromiso por la unidad. Numerosos
cristianos de todas las Comunidades, movidos por su fe,
participan juntos en proyectos audaces que pretenden cambiar el
mundo para que triunfe el respeto de los derechos y de las
necesidades de todos, especialmente de los pobres, los
marginados y los indefensos. En la Carta encíclica
Sollicitudo rei socialis he constatado con alegría esta
colaboración, señalando que la Iglesia católica no puede
soslayarla.
72
En efecto, los cristianos que tiempo atrás actuaban de modo
independiente, ahora están comprometidos juntos al servicio de
esta causa para que la benevolencia de Dios pueda triunfar.
La lógica es la del Evangelio. Por ello, reafirmando lo que
escribí en mi primera Carta encíclica Redemptor hominis,
he tenido oportunidad « de insistir sobre este punto y de
estimular todo esfuerzo realizado en esta dirección, a todos los
niveles en los que nos encontramos con los otros cristianos
hermanos nuestros »
73
y he dado gracias a Dios por « lo que ha realizado en las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales y por medio de ellas », como
también por medio de la Iglesia católica.
74
Hoy constato con satisfacción que la ya vasta red de
colaboración ecuménica se extiende cada vez más. También se
realiza una gran tarea en este campo gracias al Consejo
Ecuménico de las Iglesias.
Convergencias en la palabra de Dios y en el culto divino
44. Los progresos de la conversión ecuménica son también
significativos en otro sector, el relativo a la palabra de Dios.
Pienso ante todo en un hecho tan importante para diversos grupos
lingüísticos como son las traducciones ecuménicas de la Biblia.
Después de la promulgación, por parte del Concilio Vaticano II,
de la Constitución Dei Verbum, la Iglesia católica acogió
con alegría dicha iniciativa.
75
Estas traducciones, obra de especialistas, ofrecen generalmente
una base segura para la oración y la actividad pastoral de todos
los discípulos de Cristo. Quien recuerda todo lo que influyeron
las disputas en torno a la Escritura en las divisiones,
especialmente en Occidente, puede comprender el notable paso que
representan estas traducciones comunes.
45. A la renovación litúrgica realizada por la Iglesia católica,
corresponde en diversas Comunidades eclesiales la iniciativa de
renovar sus cultos. Algunas de ellas, a partir de los deseos
expresados a nivel ecuménico,
76
han abandonado la costumbre de celebrar su liturgia de la Cena
sólo en contadas ocasiones y han optado por una celebración
dominical. Por otra parte, comparando los ciclos de las lecturas
litúrgicas de distintas Comunidades cristianas occidentales, se
constata que convergen en lo esencial. Siempre a nivel ecuménico,
77
se ha dado un relieve muy especial a la liturgia y a los signos
litúrgicos (imágenes, iconos, ornamentos, luces, incienso,
gestos). Además, en los institutos de teología donde se forman
los futuros ministros el estudio de la historia y del
significado de la liturgia comienza a formar parte de los
programas, como una necesidad que se está descubriendo.
Se trata de signos convergentes en varios aspectos de la vida
sacramental. Ciertamente, a causa de las divergencias relativas
a la fe, no es posible todavía concelebrar la misma liturgia
eucarística. Y sin embargo, tenemos el ardiente deseo de
celebrar juntos la única Eucaristía del Señor, y este deseo es
ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos
dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más « con un mismo
corazón ». En ocasiones, el poder consumar esta comunión « real
aunque todavía no plena » parece estar más cerca. ¿Quién hubiera
podido pensarlo hace un siglo?
46. En este contexto, es motivo de alegría recordar que los
ministros católicos pueden, en determinados casos particulares,
administrar los sacramentos de la Eucaristía, la Penitencia y la
Unción de enfermos a otros cristianos que no están en comunión
plena con la Iglesia católica, pero que desean vivamente
recibirlos, los piden libremente y manifiestan la fe que la
Iglesia católica confiesa en estos sacramentos. Recíprocamente,
en determinados casos y por circunstancias particulares, también
los católicos pueden solicitar estos mismos sacramentos a los
ministros de aquellas Iglesias en que sean válidos. Las
condiciones para esta acogida recíproca están fijadas en normas
cuya observancia es necesaria para la promoción ecuménica.
78
Apreciar los bienes presentes en los otros cristianos
47. El diálogo no se desarrolla sólo en relación a la doctrina,
sino que abarca toda la persona: es también un diálogo de amor.
El Concilio afirmó: « Es necesario que los católicos reconozcan
con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos,
procedentes del patrimonio común, que se encuentran en nuestros
hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas
de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan
testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de la
sangre: Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus
obras ».79
48. Las relaciones que los miembros de la Iglesia católica han
establecido con los demás cristianos a partir del Concilio, han
hecho descubrir lo que Dios realiza en quienes pertenecen a las
otras Iglesias y Comunidades eclesiales. Este contacto directo,
a varios niveles, entre los pastores y entre miembros de las
Comunidades nos ha hecho tomar conciencia del testimonio que los
otros cristianos ofrecen a Dios y a Cristo. Se ha abierto así un
espacio amplísimo para toda la experiencia ecuménica, que es al
mismo tiempo el reto de nuestra época. ¿No es acaso el siglo
veinte un tiempo de gran testimonio, que llega « hasta el
derramamiento de la sangre? » ¿No mira también este testimonio a
las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales, que toman su
nombre de Cristo, crucificado y resucitado?
Este común testimonio de santidad, como fidelidad al único Señor,
es un potencial ecuménico extraordinariamente rico de gracia. El
Concilio Vaticano II señaló que los bienes presentes en los
otros cristianos pueden contribuir a la edificación de los
católicos: « No hay que olvidar tampoco que todo lo que la
gracia del Espíritu Santo obra en los hermanos separados puede
contribuir también a nuestra edificación. Todo lo que es
verdaderamente cristiano no se opone nunca a los bienes
auténticos de la fe: es más, siempre puede conseguir que se
alcance de modo más perfecto el misterio de Cristo y de la
Iglesia ».80
El diálogo ecuménico, como verdadero diálogo de salvación, no
dejará de animar este proceso, bien encaminado ya en sí mismo a
avanzar hacia la verdadera y plena comunión.
Crecimiento de la comunión
49. El crecimiento de la comunión es un fruto precioso de las
relaciones entre los cristianos y del diálogo teológico que
mantienen. Lo uno y lo otro han hecho a los cristianos
conscientes de los elementos de fe que tienen en común. Esto ha
servido para consolidar posteriormente su compromiso hacia la
plena unidad. En ello el Concilio Vaticano II aparece como
potente foco de promoción y orientación.
La Constitución dogmática Lumen gentium relaciona la
doctrina sobre la Iglesia católica con el reconocimiento de los
elementos salvíficos que se encuentran en las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales.
81
No se trata de una toma de conciencia de elementos estáticos,
presentes pasivamente en esas Iglesias o Comunidades. Como
bienes de la Iglesia de Cristo, por su naturaleza, tienden hacia
el restablecimiento de la unidad. De esto se deriva que la
búsqueda de la unidad de los cristianos no es un hecho
facultativo o de oportunidad, sino una exigencia que nace de la
misma naturaleza de la comunidad cristiana.
Igualmente, los diálogos teológicos bilaterales con las mayores
Comunidades cristianas parten del reconocimiento del grado de
comunión ya presente para discutir después, de modo progresivo,
las divergencias existentes con cada una. El Señor ha concedido
a los cristianos de nuestro tiempo ir superando las discusiones
tradicionales.
El diálogo con las Iglesias de Oriente
50. A este respecto, se debe ante todo constatar, con gratitud
particular a la Providencia divina, que la relación con las
Iglesias de Oriente, debilitada durante siglos, se ha afianzado
con el Concilio Vaticano II. Los observadores de estas Iglesias
presentes en el Concilio, junto con los representantes de las
Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente, manifestaron
públicamente, en un momento tan solemne para la Iglesia católica,
la voluntad común de buscar la comunión.
El Concilio, por su parte, consideró con objetividad y con
profundo afecto a las Iglesias de Oriente, poniendo de relieve
su eclesialidad y los vínculos objetivos de comunión que las
unen con la Iglesia católica. El Decreto sobre el ecumenismo
afirma: « Por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada
una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios »,
añadiendo que estas Iglesias « aunque separadas, tienen
verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión
apostólica, el Sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen
aún con nosotros con vínculos estrechísimos ».82
De las Iglesias de Oriente se reconoce su gran tradición
litúrgica y espiritual, el carácter específico de su desarrollo
histórico, las disciplinas observadas por ellas desde los
primeros tiempos y sancionadas por los Santos Padres y por los
Concilios ecuménicos, su modo propio de enunciar la doctrina.
Todo esto con la convicción de que la legítima diversidad no se
opone de ningún modo a la unidad de la Iglesia, sino que por el
contrario aumenta su honor y contribuye no poco al cumplimiento
de su misión.
El Concilio Ecuménico Vaticano II quiere fundamentar el diálogo
sobre la comunión existente y llama la atención precisamente
sobre la rica realidad de las Iglesias de Oriente: « Por ello,
el sacrosanto Sínodo exhorta a todos, pero principalmente a
aquellos que desean trabajar por la instauración de la deseada
comunión plena entre las Iglesias orientales y la Iglesia
católica, a que tengan la debida consideración de esta peculiar
condición de las Iglesias que nacen y crecen en Oriente y de la
índole de las relaciones existentes entre éstas y la Sede de
Roma antes de la separación, y a que se formen una recta opinión
sobre todas estas cosas ».83
51. Esta orientación conciliar ha sido fecunda tanto por las
relaciones de fraternidad, que se han ido desarrollando a través
del diálogo de caridad, como por la discusión doctrinal en el
ámbito de la Comisión mixta para el diálogo teológico entre
la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto.
Igualmente han sido muy fructíferas las relaciones con las
antiguas Iglesias de Oriente.
Ha sido un proceso lento y laborioso, pero fuente de mucha
alegría; ha sido también alentador porque ha permitido
reencontrar progresivamente la fraternidad.
Reanudación de contactos
52. En relación a la Iglesia de Roma y al Patriarcado ecuménico
de Constantinopla, el proceso al que acabamos de hacer alusión
se inició gracias a la apertura recíproca mostrada por los Papas
Juan XXIII y Pablo VI, y también por el Patriarca ecuménico
Atenágoras I y sus sucesores. El cambio producido tiene su
expresión histórica en el acto eclesial por medio del cual « se
ha borrado de la memoria y del interior de las Iglesias »
84
el recuerdo de las excomuniones que, novecientos años antes, en
1054, se convirtieron en símbolo del cisma entre Roma y
Constantinopla. Aquel acontecimiento eclesial, tan denso de
contenido ecuménico, tuvo lugar en los últimos días del Concilio,
el 7 de diciembre de 1965. La asamblea conciliar se concluía así
con un acto solemne que era al mismo tiempo purificación de la
memoria histórica, perdón recíproco y compromiso solidario por
la búsqueda de la comunión.
Este gesto estuvo precedido por el encuentro entre Pablo VI y el
Patriarca Atenágoras I en Jerusalén, en enero de 1964, durante
la peregrinación del Papa a Tierra Santa. En aquella ocasión
pudo encontrar también al Patriarca ortodoxo de Jerusalén,
Benedictos. Posteriormente, el Papa Pablo VI visitó al Patriarca
Atenágoras en El Fanar (Estambul), el 25 de julio de 1967 y, en
el mes de octubre del mismo año, el Patriarca fue acogido
solemnemente en Roma. Estos encuentros de oración señalaban el
camino a seguir para el acercamiento entre la Iglesia de Oriente
y la Iglesia de Occidente, y el restablecimiento de la unidad
que existía entre ellas en el primer milenio.
Después de la muerte del Papa Pablo VI y del breve pontificado
del Papa Juan Pablo I, cuando se me confió el ministerio de
Obispo de Roma, consideré que era uno de los deberes primeros de
mi ministerio pontificio tener de nuevo un contacto personal con
el Patriarca ecuménico Dimitrios I, que en este tiempo había
asumido la sucesión del Patriarca Atenágoras en la sede de
Constantinopla. Durante mi visita a El Fanar el 29 de noviembre
de 1979, el Patriarca y yo decidimos inaugurar el diálogo
teológico entre la Iglesia católica y todas las Iglesias
ortodoxas en comunión canónica con la sede de Constantinopla. Es
importante añadir, a este propósito, que estaban ya entonces en
curso los preparativos para la convocatoria del futuro Concilio
de las Iglesias ortodoxas. La búsqueda de su armonía es una
contribución a la vida y vitalidad de esas Iglesias hermanas, y
esto considerando también la función que están llamadas a
desarrollar en el camino hacia la unidad. El Patriarca ecuménico
quiso devolverme la visita que le había hecho y, en diciembre de
1987, tuve la alegría de recibirlo en Roma con sincero afecto y
con la solemnidad que le correspondía. En este contexto de
fraternidad eclesial se debe recordar la costumbre, establecida
ya desde hace varios años, de acoger en Roma, para la fiesta de
los santos apóstoles Pedro y Pablo, una delegación del
Patriarcado ecuménico, así como de enviar a El Fanar una
delegación de la Santa Sede para la solemne celebración de san
Andrés.
53. Estos contactos regulares permiten entre otras cosas un
intercambio directo de informaciones y pareceres para una
coordinación fraterna. Por otra parte, nuestra participación
común en la oración nos habitúa a vivir al lado los unos de los
otros, nos lleva a aceptar juntos, y por tanto a poner en
práctica, la voluntad del Señor para con su Iglesia.
En el camino que hemos recorrido desde el Concilio Vaticano II,
debemos mencionar al menos dos acontecimientos particularmente
elocuentes y de gran importancia ecuménica en las relaciones
entre Oriente y Occidente: en primer lugar, el Jubileo de 1984,
convocado para conmemorar el XI centenario de la obra
evangelizadora de Cirilo y Metodio, y en el que proclamé
copatronos de Europa a los dos santos apóstoles de los Eslavos,
mensajeros de fe. Ya el Papa Pablo VI en 1964, durante el
Concilio, había proclamado patrón de Europa a san Benito.
Asociar los dos hermanos de Tesalónica al gran fundador del
monacato occidental quiere poner indirectamente de relieve la
doble tradición eclesial y cultural tan significativa para los
dos mil años de cristianismo que ha caracterizado la historia
del continente europeo. No es superfluo recordar que Cirilo y
Metodio provenían del ámbito de la Iglesia bizantina de su
tiempo, época en la que estaba en comunión con Roma. Al
proclamarlos, junto con san Benito, patronos de Europa quería no
sólo ratificar la verdad histórica sobre el cristianismo en el
continente europeo, sino también proporcionar un tema importante
al diálogo entre Oriente y Occidente que tantas esperanzas ha
suscitado en el posconcilio. En los santos Metodio y Cirilo,
como en san Benito, Europa reencuentra sus raíces espirituales.
Ahora que llega a término el segundo milenio del nacimiento de
Cristo, se les debe venerar juntos, como patronos de
nuestro pasado y como santos a quienes las Iglesias y las
naciones del continente europeo confían su futuro.
54. El otro acontecimiento que me es grato recordar es la
celebración del Milenio del Bautismo de la Rus' (988-1988). La
Iglesia católica, y de modo particular la Sede Apostólica,
quisieron tomar parte en las celebraciones jubilares y trataron
de señalar cómo el Bautismo conferido en Kiev a san Vladimiro
fue uno de los sucesos centrales para la evangelización del
mundo. A ello deben su fe no sólo las grandes naciones eslavas
del Este europeo, sino también los pueblos que viven más allá de
los montes Urales y hasta Alaska.
En esta perspectiva encuentra su motivo más profundo una
expresión que he usado otras veces: ¡la Iglesia debe respirar
con sus dos pulmones! En el primer milenio de la historia del
cristianismo se hace referencia sobre todo a la dualidad
BizancioRoma; desde el Bautismo de la Rus' en adelante, esta
expresión ensancha sus horizontes: la evangelización se ha
extendido a un ámbito mucho más amplio, de modo que aquella
expresión se refiere ya a la Iglesia entera. Si se considera
además que este acontecimiento salvífico, que tuvo lugar en las
orillas del Dniepr, se remonta a una época en la que la Iglesia
de Oriente y la de Occidente no estaban divididas, se comprende
claramente cómo la perspectiva que debe seguirse para buscar la
comunión plena es aquella de la unidad en la legítima diversidad.
Es lo que he afirmado con fuerza en la Carta encíclica
Slavorum apostoli
85
dedicada a los santos Cirilo y Metodio y en la Carta apostólica
Euntes in mundum
86
dirigida a los fieles de la Iglesia católica en la conmemoración
del Milenio del Bautismo de la Rus' de Kiev.
Iglesias hermanas
55. El Decreto conciliar Unitatis redintegratio tiene
presente en su horizonte histórico la unidad que, a pesar de
todo, se vivió en el primer milenio y que se configura, en
cierto sentido, como modelo. « Es grato para el sagrado Concilio
recordar a todos 1 que en Oriente florecen muchas Iglesias
particulares o locales, entre las que ocupan el primer lugar las
Iglesias patriarcales, y muchas de éstas se glorían de tener su
origen en los mismos Apóstoles ».87
El camino de la Iglesia se inició en Jerusalén el día de
Pentecostés y todo su desarrollo original en la oikoumene
de entonces se concentraba alrededor de Pedro y de los Once (cf.
Hch 2, 14). Las estructuras de la Iglesia en Oriente y en
Occidente se formaban por tanto en relación con aquel patrimonio
apostólico. Su unidad, en el primer milenio, se mantenía en esas
mismas estructuras mediante los Obispos, sucesores de los
Apóstoles, en comunión con el Obispo de Roma. Si hoy, al final
del segundo milenio, tratamos de restablecer la plena comunión,
debemos referirnos a esta unidad estructurada así.
El Decreto sobre el ecumenismo señala un posterior aspecto
característico, gracias al cual todas las Iglesias particulares
permanecían en la unidad, la « preocupación y el interés por
conservar las relaciones fraternas en comunión de fe y caridad
que deben tener vigencia, como entre hermanos, entre las
Iglesias locales ».88
56. Después del Concilio Vaticano II y con referencia a aquella
tradición, se ha restablecido el uso de llamar « Iglesias
hermanas » a las Iglesias particulares o locales congregadas en
torno a su Obispo. La supresión además de las excomuniones
recíprocas, quitando un doloroso obstáculo de orden canónico y
psicológico, ha sido un paso muy significativo en el camino
hacia la plena comunión.
Las estructuras de unidad existentes antes de la división son un
patrimonio de experiencia que guía nuestro camino para la plena
comunión. Obviamente, durante el segundo milenio, el Señor no ha
dejado de dar a su Iglesia abundante frutos de gracia y
crecimiento. Pero por desgracia el progresivo distanciamiento
recíproco entre las Iglesias de Occidente y las de Oriente las
ha privado de las riquezas de sus dones y ayudas mutuas. Es
necesario hacer con la gracia de Dios un gran esfuerzo para
restablecer entre ellas la plena comunión, fuente de tantos
bienes para la Iglesia de Cristo. Este esfuerzo exige toda
nuestra buena voluntad, la oración humilde y una colaboración
perseverante que no se debe desanimar ante nada. San Pablo nos
amonesta: « Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas » (Ga
6, 2). ¡Cómo se adapta a nosotros y qué actual es la exhortación
del Apóstol! El término tradicional de « Iglesias hermanas »
debería acompañarnos incesantemente en este camino.
57. Como deseaba el Papa Pablo VI, nuestro objetivo es el de
reencontrar juntos la plena unidad en la legítima diversidad: «
Dios nos ha concedido recibir en la fe este testimonio de los
Apóstoles. Por el Bautismo somos uno en Cristo Jesús (cf.
Ga 3, 28). En virtud de la sucesión apostólica, el
Sacerdocio y la Eucaristía nos unimos más íntimamente;
participando de los dones de Dios a su Iglesia, estamos en
comunión con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo 2 En
cada Iglesia local se realiza este misterio del amor divino. ¿Acaso
no es éste el motivo por el que las Iglesias locales gustaban
llamarse con la bella expresión tradicional de Iglesias hermanas?
(cf. Decr. Unitatis redintegratio, 14). Esta vida de
Iglesias hermanas la vivimos durante siglos, celebrando juntos
los Concilios ecuménicos, que defendieron el depósito de la fe
de toda alteración. Ahora, después de un largo período de
división e incomprensión recíproca, el Señor nos concede
redescubrirnos como Iglesias hermanas, a pesar de los obstáculos
que en el pasado se interpusieron entre nosotros ».89
Si hoy, a las puertas del tercer milenio, buscamos el
restablecimiento de la plena comunión, debemos tender a la
realización de este objetivo y debemos hacer referencia al mismo.
El contacto con esta gloriosa tradición es fecundo para la
Iglesia. « Las Iglesias de Oriente —afirma el Concilio— poseen
desde su origen un tesoro, del que la Iglesia de Occidente ha
tomado muchas cosas en materia litúrgica, en la tradición
espiritual y en el ordenamiento jurídico ».90
Forman parte de este « tesoro » también « las riquezas de
aquellas tradiciones espirituales que encontraron su expresión
principalmente en el monaquismo. Pues allí, desde los tiempos
gloriosos de los Santos Padres, floreció aquella espiritualidad
monástica, que se extendió luego a Occidente ».91
Como he señalado en la reciente Carta apostólica Orientale
lumen, las Iglesias de Oriente han vivido con gran
generosidad el compromiso testimoniado por la vida monástica, «
comenzando por la evangelización, que es el servicio más alto
que el cristiano puede prestar a su hermano, para proseguir con
muchas otras formas de ayuda espiritual y material. Es más, se
puede decir que el monaquismo fue en la antigüedad —y, en varias
ocasiones, también en tiempos posteriores— el instrumento
privilegiado para la evangelización de los pueblos ».92
El Concilio no se limita a señalar todo lo que hace semejantes
entre sí a las Iglesias en Oriente y en Occidente. En armonía
con la verdad histórica no duda en afirmar: « No hay que
admirarse, pues, de que a veces unos hayan captado mejor que
otros y expongan con mayor claridad algunos aspectos del
misterio revelado, de manera que hay que reconocer que con
frecuencia las varias fórmulas teológicas, más que oponerse, se
complementan entre sí ».93
El intercambio de dones entre las Iglesias en su
complementariedad hace fecunda la comunión.
58. El Concilio Vaticano II ha sacado de la consolidada comunión
de fe ya existente conclusiones pastorales adecuadas para la
vida concreta de los fieles y para la promoción del espíritu de
unidad. En función de los estrechísimos vínculos sacramentales
existentes entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas,
el Decreto Orientalium ecclesiarum ha puesto de relieve
que « la práctica pastoral demuestra, en lo que se refiere a los
hermanos orientales, que se pueden y se deben considerar
diversas circunstancias personales en las que ni sufre daño la
unidad de la Iglesia, ni hay peligros que se deban evitar, y
apremia la necesidad de salvación y el bien espiritual de las
almas. Por eso, la Iglesia católica, según las circunstancias de
tiempos, lugares y personas, usó y usa con frecuencia un modo de
actuar más suave, ofreciendo a todos medios de salvación y
testimonio de caridad entre los cristianos, mediante la
participación en los sacramentos y en otras funciones y cosas
sagradas ».94
Esta orientación teológica y pastoral, con la experiencia de los
años del posconcilio, ha sido recogida por los dos Códigos de
Derecho Canónico.
95
Ha sido desarrollada desde el punto de vista pastoral por el
Directorio para la aplicación de los principio y de las normas
acerca del ecumenismo.
96
En esta materia tan importante y delicada, es necesario que los
Pastores instruyan con atención a los fieles para que éstos
conozcan con claridad las razones precisas tanto de esta
participación en el culto litúrgico como de las distintas
disciplinas existentes al respecto.
No se debe perder nunca de vista la dimensión eclesiológica de
la participación en los sacramentos, sobre todo en la sagrada
Eucaristía.
Progresos del diálogo
59. Desde su creación en 1979, la Comisión mixta
internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia
católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto ha trabajado
intensamente, orientando progresivamente su labor hacia las
perspectivas que, de común acuerdo, habían sido determinadas con
el fin de restablecer la plena comunión entre las dos Iglesias.
Esta comunión basada en la unidad de fe, en continuidad con la
experiencia y la tradición de la Iglesia antigua, encontrará su
plena expresión en la concelebración de la Eucaristía. Con
actitud positiva, basándose en cuanto tenemos en común, la
Comisión mixta ha podido avanzar sustancialmente y, como pude
declarar junto con el venerable Hermano, Su Santidad Dimitrios
I, Patriarca ecuménico, ha logrado expresar « lo que la Iglesia
católica y la Iglesia ortodoxa pueden ya profesar juntas como fe
común sobre el misterio de la Iglesia y el vínculo entre la fe y
los sacramentos ».97
La comisión ha podido constatar y afirmar además que « en
nuestras Iglesias la sucesión apostólica es fundamental para la
santificación y la unidad del pueblo de Dios ».98
Se trata de puntos de referencia importantes para la
continuación del diálogo. Más aún: estas afirmaciones hechas en
común constituyen la base que permite a los católicos y
ortodoxos ofrecer desde ahora, en nuestro tiempo, un testimonio
común fiel y concorde para que el nombre del Señor sea anunciado
y glorificado.
60. Más recientemente, la Comisión mixta internacional ha dado
un paso significativo en la cuestión tan delicada del método a
seguir en la búsqueda de la comunión plena entre la Iglesia
católica y la Iglesia ortodoxa, cuestión que ha alterado con
frecuencia las relaciones entre católicos y ortodoxos. La
Comisión ha puesto las bases doctrinales para una solución
positiva del problema, que se fundamentan en la doctrina de las
Iglesias hermanas. En este contexto se ha visto también
claramente que el método a seguir para la plena comunión es el
diálogo de la verdad, animado y sostenido por el diálogo de la
caridad. El derecho reconocido a las Iglesias orientales
católicas de organizarse y desarrollar su apostolado, así como
la participación efectiva de estas Iglesias en el diálogo de la
caridad y en el teológico, favorecerán no sólo un real y
fraterno respeto recíproco entre los ortodoxos y los católicos
que viven en un mismo territorio, sino también su común empeño
en la búsqueda de la unidad.
99
Se ha dado un paso adelante. El esfuerzo debe continuar. Se
puede constatar desde ahora una pacificación de los ánimos, que
hace la búsqueda más fecunda.
Respecto a las Iglesias orientales en comunión con la Iglesia
católica, el Concilio dijo: « Este santo Sínodo, dando gracias a
Dios porque muchos orientales, hijos de la Iglesia 1 viven ya en
comunión plena con los hermanos que practican la tradición
occidental, declara que todo este patrimonio espiritual y
litúrgico, disciplinar y teológico, en sus diversas tradiciones,
pertenece a la plena catolicidad y apostolicidad de la Iglesia
».100
Ciertamente las Iglesias orientales católicas, en el espíritu
del Decreto sobre el ecumenismo, podrán participar positivamente
en el diálogo de la caridad y en el diálogo teológico, tanto a
nivel local como universal, contribuyendo así a la recíproca
comprensión y a una búsqueda dinámica de la plena unidad.
101
61. En esta línea, la Iglesia católica no busca más que la plena
comunión entre Oriente y Occidente. Para ello se inspira en la
experiencia del primer milenio. En efecto, en este período « el
desarrollo de diferentes experiencias de vida eclesial no
impedía que, mediante relaciones recíprocas, los cristianos
pudieran seguir teniendo la certeza de que en cualquier Iglesia
se podían sentir como en casa, porque de todas se elevaba, con
una admirable variedad de lenguas y de modulaciones, la alabanza
al único Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo; todas se
hallaban reunidas para celebrar la Eucaristía, corazón y modelo
para la comunidad no sólo por lo que atañe a la espiritualidad o
a la vida moral, sino también para la estructura misma de la
Iglesia, en la variedad de los ministerios y de los servicios
bajo la presidencia del Obispo, sucesor de los Apóstoles. Los
primeros Concilios son un testimonio elocuente de esta constante
unidad en la diversidad ».102
¿Cómo reconstruir la unidad después de casi mil años? Esta es la
gran tarea que debe asumir y que corresponde también a la
Iglesia ortodoxa. De ahí se comprende la gran actualidad del
diálogo, sostenido por la luz y la fuerza del Espíritu Santo.
Relaciones con las antiguas Iglesias de Oriente
62. Después del Concilio Vaticano II la Iglesia católica, con
modalidades y ritmos diversos, ha reanudado también las
relaciones fraternas con aquellas antiguas Iglesias de Oriente
que contestaron las fórmulas dogmáticas de los Concilios de
Efeso y Calcedonia. Todas estas Iglesias enviaron observadores
delegados al Concilio Vaticano II; sus Patriarcas nos han
honrado con sus visitas y con ellos el Obispo de Roma ha podido
hablar como con unos hermanos que, después de mucho tiempo, se
reencuentran con alegría.
La reanudación de las relaciones fraternas con las antiguas
Iglesias de Oriente, testigos de la fe cristiana en situaciones
con frecuencia hostiles y trágicas, es un signo concreto de cómo
Cristo nos une a pesar de las barreras históricas, políticas,
sociales y culturales. Precisamente en relación al tema
cristológico, hemos podido declarar junto con los Patriarcas de
algunas de estas Iglesias nuestra fe común en Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre. El Papa Pablo VI de venerable
memoria firmó unas declaraciones en este sentido con Su Santidad
Shenouda III, Papa de Alejandría y Patriarca copto ortodoxo,
103
con el Patriarca siro ortodoxo de Antioquía, Su Santidad Jacoub
III.
104
Yo mismo he podido ratificar este acuerdo cristológico y extraer
consecuencias: para el desarrollo del diálogo con el Papa
Shenouda
105
y para la colaboración pastoral con el Patriarca siro de Antio-
quía Mar Ignacio Zakka I Iwas.
106
Con el venerable Patriarca de la Iglesia de Etiopía, Abuna
Paulos, que me visitó en Roma el 11 de junio de 1993, hemos
puesto de relieve la profunda comunión existente entre nuestras
dos Iglesias: « Compartimos la fe transmitida por los Apóstoles,
así como los mismos sacramentos y el mismo ministerio, que se
remontan a la sucesión apostólica 2. Hoy, además, podemos
afirmar que profesamos la misma fe en Cristo, a pesar de que
durante mucho tiempo esto fue causa de división entre nosotros
».107
Más recientemente, el Señor me ha concedido la gracia de firmar
una declaración común cristológica con el Patriarca asirio de
Oriente, Su Santidad Mar Dinkha IV, que por este motivo me
visitó en Roma en el mes de noviembre de 1994. Teniendo en
cuenta las formulaciones teológicas diferentes, hemos podido así
profesar juntos la verdadera fe en Cristo.
108
Quiero manifestar mi alegría por todo esto con las palabras de
la Virgen: « Proclama mi alma la grandeza del Señor » (Lc
1, 46).
63. En las controversias tradicionales sobre la cristología, los
contactos ecuménicos han hecho pues posible clarificaciones
esenciales, que nos han permitido confesar juntos aquella fe que
tenemos en común. Una vez más se debe constatar que este
importante logro es seguramente fruto de la profundización
teológica y del diálogo fraterno. Y no sólo esto. Ello nos
estimula: en efecto, nos muestra que el camino recorrido es
justo y que es razonable esperar encontrar juntos la solución
para las demás cuestiones controvertidas.
Diálogo con las otras Iglesias y Comunidades eclesiales en
Occidente
64. En el amplio objetivo dirigido al restablecimiento de la
unidad entre todos los cristianos, el Decreto sobre ecumenismo
toma en consideración igualmente las relaciones con las Iglesias
y Comunidades eclesiales de Occidente. A fin de instaurar un
clima de fraternidad cristiana y de diálogo, el Concilio
presenta dos consideraciones de orden general: una de carácter
histórico-psicológico y otra de carácter teológico-doctrinal.
Por una parte, el documento citado señala: « Las Iglesias y
Comunidades eclesiales que se separaron de la Sede Apostólica
Romana, bien en aquella gravísima crisis que comenzó en
Occidente ya a finales de la Edad Media, bien en tiempos
posteriores, están unidas con la Iglesia católica por una
peculiar relación de afinidad a causa del mucho tiempo en que,
en siglos pasados, el pueblo cristiano llevó una vida en
comunión eclesiástica ».109
Por otra parte, se constata con idéntico realismo: « Hay que
reconocer que entre estas Iglesias y Comunidades y la Iglesia
católica existen discrepancias de gran peso, no sólo de índole
histórica, sociológica, psicológica y cultural, sino, ante todo,
de interpretación de la verdad revelada ».110
65. Son comunes las raíces y son semejantes, a pesar de las
diferencias, las orientaciones que han inspirado en Occidente el
desarrollo de la Iglesia católica y de las Iglesias y
Comunidades surgidas de la Reforma. Por lo tanto, ellas poseen
una característica occidental común. Las « divergencias »
mencionadas antes, aunque importantes, no excluyen pues
recíprocas influencias y aspectos complementarios.
El movimiento ecuménico comenzó precisamente en el ámbito de las
Iglesias y Comunidades de la Reforma. Contemporáneamente, ya en
enero de 1920, el Patriarcado ecuménico había expresado su deseo
de que se organizase una colaboración entre las Comuniones
cristianas. Este hecho muestra que la incidencia del trasfondo
cultural no es determinante. En cambio es esencial la cuestión
de la fe. La oración de Cristo, nuestro único Señor, Redentor y
Maestro, habla a todos del mismo modo, tanto al Oriente como al
Occidente. Esa oración es un imperativo que nos exige abandonar
las divisiones, para buscar y reencontrar la unidad, animados
incluso por las mismas y amargas experiencias de la división.
66. El Concilio Vaticano II no pretende hacer la « descripción »
del cristianismo posterior a la Reforma, ya que « estas Iglesias
y Comunidades eclesiales difieren mucho, no sólo de nosotros,
sino también entre sí », y esto « por la diversidad de su origen,
doctrina y vida espiritual ».111
Además, el mismo Decreto observa cómo el movimiento ecuménico y
el deseo de paz con la Iglesia católica no ha penetrado aún en
todas partes.
112
Sin embargo, el Concilio propone el diálogo independientemente
de estas circunstancias.
El Decreto conciliar trata después de « ofrecer 3 algunos puntos
que pueden y deben ser fundamento y estímulo para este diálogo
».113
« Nuestra atención se dirige 4 a aquellos cristianos que
confiesan públicamente a Jesucristo como Dios y Señor, y único
mediador entre Dios y los hombres, para gloria del único Dios
Padre, Hijo y Espíritu Santo ».114
Estos hermanos cultivan el amor y la venera- ción por las
Sagradas Escrituras: « Invocando al Espíritu Santo, buscan en la
Sagrada Escritura a Dios como a quien les habla en Cristo,
anunciado por los profetas, Verbo de Dios, encarnado por
nosotros. En ella contemplan la vida de Cristo y cuanto el
divino Maestro enseñó y realizó para la salvación de los
hombres, sobre todo los misterios de su muerte y resurrección 5;
afirman la autoridad divina de los Sagrados Libros ».115
Al mismo tiempo, sin embargo, « piensan de distinta manera que
nosotros 6 acerca de la relación entre las Escrituras y la
Iglesia, en la cual, según la fe católica, el magisterio
auténtico tiene un lugar peculiar en la exposición y predicación
de la palabra de Dios escrita ».116
A pesar de esto, « en el diálogo 7... las Sagradas Escrituras
son un instrumento precioso en la mano poderosa de Dios para
lograr la unidad que el Salvador ofrece a todos los hombres ».117
Además, el sacramento del Bautismo, que tenemos en común,
representa « un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los
que han sido regenerados por él ».118
Las implicaciones teológicas, pastorales y ecuménicas del común
Bautismo son muchas e importantes. Si bien por sí mismo
constituye « sólo un principio y un comienzo », este sacramento
« se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la incorporación
plena en la economía de la salvación, como el mismo Cristo quiso,
y finalmente a la incorporación íntegra en la comunión
eucarística ».119
67. Han surgido divergencias doctrinales e históricas del tiempo
de la Reforma a propósito de la Iglesia, de los sacramentos y
del Ministerio ordenado. El Concilio pide por tanto « establecer
como objeto de diálogo la doctrina sobre la Cena del Señor,
sobre los demás sacramentos, sobre el culto y los ministerios de
la Iglesia ».120
El Decreto Unitatis redintegratio, poniendo de relieve
cómo a las Comunidades posteriores a la Reforma les falta « esa
unidad plena con nosotros que dimana del Bautismo », advierte
que ellas, « sobre todo por defecto del sacramento del Orden, no
han conservado la sustancia genuina e íntegra del Misterio
eucarístico », aunque, « al conmemorar en la santa Cena la
muerte y resurrección del Señor, profesan que en la comunión con
Cristo se significa la vida, y esperan su venida gloriosa ».121
68. El Decreto no olvida la vida espiritual y las consecuencias
morales: « La vida cristiana de estos hermanos se nutre de la fe
en Cristo y se fomenta con la gracia del Bautismo y la escucha
de la palabra de Dios. Se manifiesta en la oración privada, en
la meditación bíblica, en la vida de la familia cristiana, en el
culto de la comunidad congregada para alabar a Dios. Por otra
parte, su culto presenta, a veces, elementos notables de la
antigua liturgia común ».122
Además, el documento conciliar no se limita a estos aspectos
espirituales, morales y culturales, sino que extiende su
consideración al vivo sentimiento de la justicia y a la caridad
sincera hacia el prójimo, que están presentes en estos hermanos;
no olvida tampoco sus iniciativas para hacer más humanas las
condiciones sociales de la vida y para restablecer la paz. Todo
esto con la sincera voluntad de adherirse a la palabra de Cristo
como fuente de la vida cristiana.
De este modo el texto manifiesta una problemática que, en el
campo ético-moral, se hace cada vez más urgente en nuestro
tiempo: « Muchos cristianos no entienden el Evangelio 8 de igual
manera que los católicos ».123
En esta amplia materia hay un gran espacio de diálogo sobre los
principios morales del Evangelio y sus aplicaciones.
69. Los deseos y la invitación del Concilio Vaticano II se han
realizado, y progresivamente se ha abierto el diálogo teológico
bilateral con las diferentes Iglesias y Comunidades cristianas
mundiales de Occidente.
Por otra parte, en relación al diálogo multilateral, ya en 1964
se inició el proceso para la constitución de un « Grupo Mixto de
Trabajo » con el Consejo Ecuménico de las Iglesias, y desde
1968, algunos teólogos católicos entraron a formar parte, como
miembros de pleno derecho, del Departamento teológico de dicho
Consejo, la Comisión « Fe y Constitución ».
El diálogo ha sido y es fecundo, rico de promesas. Los temas
propuestos por el Decreto conciliar como materia de diálogo han
sido ya afrontados, o lo serán pronto. La reflexión de los
diversos diálogos bilaterales, realizados con una entrega que
merece el elogio de toda la comunidad ecuménica, se ha centrado
sobre muchas cuestiones controvertidas como el Bautismo, la
Eucaristía, el Ministerio ordenado, la sacramentalidad y la
autoridad de la Iglesia, la sucesión apostólica. Se han
delineado así perspectivas de solución inesperadas y al mismo
tiempo se ha comprendido la necesidad de examinar más
profundamente algunos argumentos.
70. Esta investigación difícil y delicada, que implica problemas
de fe y respeto de la propia conciencia y de la del otro, ha
estado acompañada y sostenida por la oración de la Iglesia
católica y de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales. La
oración por la unidad, tan enraizada y difundida ya en la
realidad eclesial, muestra que los cristianos son conscientes de
la importancia de la cuestión ecuménica. Precisamente porque la
búsqueda de la plena unidad exige confrontar la fe entre
creyentes que tienen un único Señor, la oración es la fuente que
ilumina la verdad que se ha de acoger enteramente.
Asimismo, por medio de la oración, la búsqueda de la unidad,
lejos de quedar restringida al ámbito de los especialistas, se
extiende a cada bautizado. Todos, independientemente de su
misión en la Iglesia y de su formación cultural, pueden
contribuir activamente, de forma misteriosa y profunda.
Relaciones eclesiales
71. Es necesario dar gracias también a la Divina Providencia por
todos los acontecimientos que testimonian el progreso hacia la
búsqueda de la unidad. Junto al diálogo teológico es oportuno
mencionar las demás formas de encuentro, la oración en común y
la colaboración práctica. El Papa Pablo VI dio un gran impulso a
este proceso con su visita el 10 de junio de 1969 a la sede del
Consejo Ecuménico de las Iglesias en Ginebra, y recibiendo
muchas veces a representantes de varias Iglesias y Comunidades
eclesiales. Estos contactos contribuyen eficazmente a mejorar el
conocimiento recíproco y a incrementar la fraternidad cristiana.
El Papa Juan Pablo I, al inicio de su brevísimo pontificado,
manifestó la voluntad de continuar el camino.
124
El Señor me ha concedido a mí proseguir en esta dirección.
Además de los importantes encuentros ecuménicos en Roma, una
parte significativa de mis visitas pastorales se dedica
regularmente al testimonio en favor de la unidad de los
cristianos. Algunos de mis viajes tienen incluso una « prioridad
» ecuménica, especialmente en los países donde las comunidades
católicas constituyen una minoría respecto a las Comuniones
posteriores a la Reforma; o donde estas últimas representan una
porción considerable de los creyentes en Cristo de una sociedad
determinada.
72. Esto se refiere sobre todo a los países europeos, donde
tuvieron inicio estas divisiones, y a América del Norte. En este
contexto, y sin hacer de menos las demás visitas, merecen
atención especial las que, en el continente europeo, realicé por
dos veces a Alemania, en noviembre de 1980 y en abril-mayo de
1987; la visita al Reino Unido (Inglaterra, Escocia y Gales) en
mayo-junio de 1982; a Suiza en junio de 1984; y a los Países
escandinavos y nórdicos (Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca e
Islandia), a donde fui en junio de 1989. En el gozo, el respeto
recíproco, la solidaridad cristiana y la oración, me he
encontrado con tantos y tantos hermanos, todos comprometidos en
la búsqueda de la fidelidad al Evangelio. Constatar todo esto ha
sido para mí motivo de gran aliento. Hemos experimentado la
presencia del Señor entre nosotros.
Quisiera a este respecto recordar una actitud inspirada por la
caridad fraterna y caracterizada por la profunda luz de fe que
he vivido con intensa participación. Me refiero a las
celebraciones eucarísticas que presidí en Finlandia y Suecia
durante mi viaje a los Países escandinavos y nórdicos. En el
momento de la comunión, los Obispos luteranos se acercaron al
celebrante. Ellos quisieron manifestar con un gesto concordado
el deseo de alcanzar el momento en que nosotros, católicos y
luteranos, podremos participar en la misma Eucaristía, y
quisieron recibir la bendición del celebrante. Con amor, los
bendije. El mismo gesto, tan rico de significado, se repitió en
Roma durante la misa que presidí en la plaza Farnese con ocasión
del VI centenario de la canonización de santa Brígida, el 6 de
octubre de 1991.
He encontrado también sentimientos análogos al otro lado del
océano, en Canadá, en septiembre de 1984; y especialmente en
septiembre de 1987 en los Estados Unidos, donde se percibe una
gran apertura ecuménica. Es el caso, por ejemplo, del encuentro
ecuménico en Columbia, en Carolina del Sur el 11 de septiembre
de 1987. El hecho de que tengan lugar con regularidad estos
encuentros entre los hermanos de la « Posreforma » y el Papa es
en sí mismo importante. Estoy profundamente agradecido porque
tanto los responsables de las diferentes Comunidades, como las
Comunidades en su conjunto, me han acogido de buen grado. Desde
este punto de vista considero significativa la celebración
ecuménica de la Palabra, tenida en Columbia sobre el tema de la
familia.
73. Además es motivo de gran alegría comprobar que durante el
período posconciliar y en las Iglesias locales abundan las
iniciativas y las acciones en favor de la unidad de los
cristianos, las cuales extienden su incidencia directa a las
Conferencias episcopales, diócesis y comunidades parroquiales,
así como a los distintos movimientos eclesiales.
Colaboraciones realizadas
74. « No todo el que me diga: 'Señor, Señor', entrará en el
Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre
celestial » (Mt 7, 21). La coherencia y honestidad de las
intenciones y afirmaciones de principio se verifican
aplicándolas en la vida concreta. El Decreto conciliar sobre el
ecumenismo nota cómo en los otros cristianos « la fe con la que
se cree en Cristo produce frutos de alabanza y acción de gracias
por los beneficios recibidos de Dios; se añade, además, un vivo
sentido de la justicia y una sincera caridad para con el prójimo
».125
Esto último es un terreno fértil no sólo para el diálogo, sino
también para una colaboración dinámica: la « fe activa ha
producido también no pocas instituciones para aliviar la miseria
espiritual y corporal, para cultivar la educación de la juventud,
para humanizar las condiciones sociales de vida, para consolidar
la paz en el mundo ».126
La vida social y cultural ofrece amplios espacios de
colaboración ecuménica. Cada vez con más frecuencia los
cristianos se unen para defender la dignidad humana, para
promover el bien de la paz, la aplicación social del Evangelio,
para hacer presente el espíritu cristiano en las ciencias y en
las artes. Se unen cada vez más para hacer frente a las miserias
de nuestro tiempo: el hambre, las calamidades y la injusticia
social.
75. Esta cooperación, que se inspira en el Evangelio mismo,
nunca es para los cristianos una mera acción humanitaria. Tiene
su razón de ser en la palabra del Señor: « Tuve hambre, y me
disteis de comer » (Mt 25, 35). Como ya he señalado, la
cooperación de todos los cristianos manifiesta claramente aquel
grado de comunión que ya existe entre ellos.
127
De cara al mundo, la acción conjunta de los cristianos en la
sociedad tiene entonces el valor trasparente de un testimonio
dado en común al nombre del Señor. Asume también las dimensiones
de un anuncio, ya que revela el rostro de Cristo.
Las divergencias doctrinales que permanecen ejercen un influjo
negativo y ponen límites incluso a la colaboración. Sin embargo,
la comunión de fe ya existente entre los cristianos ofrece una
base sólida no sólo para su acción conjunta en el campo social,
sino también en el ámbito religioso.
Esta cooperación facilitará la búsqueda de la unidad. El Decreto
sobre el ecumenismo señala que con ella « los que creen en
Cristo aprenderán fácilmente cómo pueden conocerse mejor los
unos a los otros, apreciarse más y allanar el camino de la
unidad de los cristianos ».128
76. ¿Cómo no recordar, en este contexto, el interés ecuménico
por la paz que se manifiesta en la oración y en la acción con
una participación creciente de los cristianos y con una
motivación teológica cada vez más profunda? No podría ser de
otro modo. ¿Acaso no creemos en Jesucristo, Príncipe de la paz?
Los cristianos están cada vez más unidos en el rechazo de la
violencia, de todo tipo de violencia, desde la guerra a la
injusticia social.
Estamos llamados a un esfuerzo cada vez más activo, para que se
vea aún más claramente que los motivos religiosos no son la
causa verdadera de los conflictos actuales, aunque,
lamentablemente, no haya desaparecido el riesgo de
instrumentalizaciones con fines políticos y polémicos.
En 1986, en Asís, durante la Jornada Mundial de oración por
la paz, los cristianos de las diversas Iglesias y
Comunidades eclesiales invocaron con una sola voz al Señor de la
historia porla paz del mundo. Aquel día, de modo distinto pero
paralelo, rezaron por la paz también los Hebreos y los
Representantes de las religiones no cristianas, en una sintonía
de sentimientos que hicieron vibrar las dimensiones más
profundas del espíritu humano.
No quisiera olvidar la Jornada de oración por la paz en
Europa, especialmente en los Balcanes, que me llevó como
peregrino a la ciudad de san Francisco el 9 y 10 de enero de
1993, y la Misa por la paz en los Balcanes, y en particular
en Bosnia-Herzegovina, que presidí el 23 de enero de 1994 en
la Basílica de san Pedro en el marco de la Semana de oración
por la unidad de los cristianos.
Cuando nuestra mirada recorre el mundo, la alegría invade
nuestro ánimo. En efecto, constatamos cómo los cristianos se
sienten cada vez más interpelados por el problema de la paz. Lo
consideran relacionado íntimamente con el anuncio del Evangelio
y con la venida del Reino de Dios.
III. QUANTA EST NOBIS VIA?
Continuar intensificando el diálogo
77. Podemos ahora preguntarnos cuánto camino nos separa todavía
del feliz día en que se alcance la plena unidad en la fe y
podamos concelebrar en concordia la sagrada Eucaristía del Señor.
El mejor conocimiento recíproco que ya se da entre nosotros, las
convergencias doctrinales alcanzadas, que han tenido como
consecuencia un crecimiento afectivo y efectivo de la comunión,
no son suficientes para la conciencia de los cristianos que
profesan la Iglesia una, santa, católica y apostólica. El fin
último del movimiento ecuménico es el restablecimiento de la
plena unidad visible de todos los bautizados.
En vista de esta meta, todos los resultados alcanzados hasta
ahora no son más que una etapa, si bien prometedora y positiva.
78. Dentro del movimiento ecuménico, no es sólo la Iglesia
católica, junto con las Iglesias ortodoxas, quien posee esta
concepción exigente de la unidad querida por Dios. La tendencia
hacia una unidad de este tipo aparece expresada también por
otros.
129
El ecumenismo implica que las Comunidades cristianas se ayuden
mutuamente para que en ellas esté verdaderamente presente todo
el contenido y todas las exigencias de « la herencia transmitida
por los Apóstoles ».130
Sin eso, la plena comunión nunca será posible. Esta ayuda mutua
en la búsqueda de la verdad es una forma suprema de caridad
evangélica.
La búsqueda de la unidad se ha puesto de manifiesto en varios
documentos de las numerosas Comisiones mixtas internacionales de
diálogo. En tales textos se trata del Bautismo, de la Eucaristía,
del Ministerio y la Autoridad partiendo de una cierta unidad
fundamental de doctrina.
De esta unidad fundamental, aunque parcial, se debe pasar ahora
a la necesaria y suficiente unidad visible, que se exprese en la
realidad concreta, de modo que las Iglesias realicen
verdaderamente el signo de aquella comunión plena en la Iglesia
una, santa, católica y apostólica que se realizará en la
concelebración eucarística.
Este camino hacia la necesaria y suficiente unidad visible, en
la comunión de la única Iglesia querida por Cristo, exige
todavía un trabajo paciente y audaz. Para ello es necesario no
imponer más cargas de las indispensables (cf. Hch 15,
28).
79. Desde ahora es posible indicar los argumentos que deben ser
profundizados para alcanzar un verdadero consenso de fe: 1) las
relaciones entre la sagrada Escritura, suprema autoridad en
materia de fe, y la sagrada Tradición, interpretación
indispensable de la palabra de Dios; 2) la Eucaristía,
sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, ofrenda de alabanza al
Padre, memorial sacrificial y presencia real de Cristo, efusión
santificadora del Espíritu Santo; 3) el Orden, como sacramento,
bajo el triple ministerio del episcopado, presbiterado y
diaconado; 4) el Magisterio de la Iglesia, confiado al Papa y a
los Obispos en comunión con él, entendido como responsabilidad y
autoridad en nombre de Cristo para la enseñanza y salvaguardia
de la fe; 5) la Virgen María, Madre de Dios e Icono de la
Iglesia, Madre espiritual que intercede por los discípulos de
Cristo y por toda la humanidad.
En este valiente camino hacia la unidad, la claridad y prudencia
de la fe nos llevan a evitar el falso irenismo y el desinterés
por las normas de la Iglesia.
131
Inversamente, la misma claridad y la misma prudencia nos
recomiendan evitar la tibieza en la búsqueda de la unidad y más
aún la oposición preconcebida, o el derrotismo que tiende a ver
todo como negativo.
Mantener una visión de la unidad que tenga presente todas las
exigencias de la verdad revelada no significa poner un freno al
movimiento ecuménico.
132
Al contrario, significa no contentarse con soluciones aparentes,
que no conducirían a nada estable o sólido.
133
La exigencia de la verdad debe llegar hasta el fondo. ¿Acaso no
es ésta la ley del Evangelio?
Acogida de los resultados alcanzados
80. Mientras prosigue el diálogo sobre nuevos temas o se
desarrolla con mayor profundidad, tenemos una nueva tarea que
llevar a cabo: cómo acoger los resultados alcanzados hasta ahora.
Estos no pueden quedarse en conclusiones de las Comisiones
bilaterales, sino que deben llegar a ser patrimonio común. Para
que sea así y se refuercen los vínculos de comunión, es
necesario un serio examen que, de modos, formas y competencias
diversas, abarque a todo el pueblo de Dios. En efecto, se trata
de cuestiones que con frecuencia afectan a la fe, y éstas exigen
el consenso universal, que se extiende desde los Obispos a los
fieles laicos, todos los cuales han recibido la unción del
Espíritu Santo.
134
Es el mismo Espíritu que asiste al Magisterio y suscita el
sensus fidei.
Para acoger los resultados del diálogo es necesario pues un
amplio y cuidadoso proceso crítico que los analice y verifique
con rigor su coherencia con la Tradición de fe recibida de los
Apóstoles y vivida en la comunidad de los creyentes reunida en
torno al Obispo, su legítimo Pastor.
81. Este proceso, que debe hacerse con prudencia y actitud de fe,
es animado por el Espíritu Santo. Para que tenga un resultado
favorable, es necesario que sus aportaciones sean divulgadas
oportunamente por personas competentes. A este respecto, es de
gran importancia la contribución que los teólogos y las
facultades de teología están llamados a dar en razón de su
carisma en la Iglesia. Además es claro que las comisiones
ecuménicas tienen, en este sentido, responsabilidades y
cometidos muy singulares.
Todo el proceso es seguido y ayudado por los Obispos y la Santa
Sede. La autoridad docente tiene la responsabilidad de expresar
el juicio definitivo.
En todo esto, será de gran ayuda atenerse metodológicamente a la
distinción entre el depósito de la fe y la formulación con que
se expresa, como recomendaba el Papa Juan XXIII en el dis- curso
pronunciado en la apertura del Concilio Vaticano II.
135
Continuar el ecumenismo espiritual y testimoniar la santidad
82. Se comprende que la importancia de la tarea ecuménica
interpele profundamente a los fieles católicos. El Espíritu los
invita a un serio examen de conciencia. La Iglesia católica debe
entrar en lo que se podría llamar « diálogo de conversión », en
donde tiene su fundamento interior el diálogo ecuménico. En ese
diálogo, que se realiza ante Dios, cada uno debe reconocer las
propias faltas, confesar sus culpas, y ponerse de nuevo en las
manos de Aquél que es el Intercesor ante el Padre, Jesucristo.
Ciertamente, en este proceso de conversión a la voluntad del
Padre y, al mismo tiempo, de penitencia y confianza absoluta en
el poder reconciliador de la verdad que es Cristo, se halla la
fuerza para llevar a buen fin el largo y arduo camino ecuménico.
El « diálogo de conversión » de cada comunidad con el Padre, sin
indulgencias consigo misma, es el fundamento de unas relaciones
fraternas diversas de un mero entendimiento cordial o de una
convivencia sólo exterior. Los vínculos de la koinonia
fraterna se entrelazan ante Dios y en Jesucristo.
Sólo el ponerse ante Dios puede ofrecer una base sólida para la
conversión de los cristianos y para la reforma continua de la
Iglesia como institución también humana y terrena,
136
que son las condiciones preliminares de toda tarea ecuménica.
Uno de los procedimientos fundamentales del diálogo ecuménico es
el esfuerzo por comprometer a las Comunidades cristianas en este
espacio espiritual, interior, donde Cristo, con el poder del
Espíritu, las induce sin excepción a examinarse ante el Padre y
a preguntarse si han sido fieles a su designio sobre la Iglesia.
83. He hablado de la voluntad del Padre, del espacio espiritual
en el que cada comunidad escucha la llamada a superar los
obstáculos para la unidad. Pues bien, todas las Comunidades
cristianas saben que una exigencia y una superación de este tipo,
con la fuerza que da el Espíritu, no están fuera de su alcance.
En efecto, todas tienen mártires de la fe cristiana.
137
A pesar del drama de la división, estos hermanos han mantenido
una adhesión a Cristo y a su Padre tan radical y absoluta que
les ha permitido llegar hasta el derramamiento de su sangre. ¿No
es acaso esta misma adhesión la que se pide en esto que he
calificado como « diálogo de conversión » ? ¿No es precisamente
este diálogo el que señala la necesidad de llegar hasta el fondo
en la experiencia de verdad para alcanzar la plena comunión?
84. Si nos ponemos ante Dios, nosotros cris- tianos tenemos ya
un Martirologio común. Este incluye también a los
mártires de nuestro siglo, más numerosos de lo que se piensa, y
muestra cómo, en un nivel profundo, Dios mantiene entre los
bautizados la comunión en la exigencia suprema de la fe,
manifestada con el sacrifico de su vida.
138
Si se puede morir por la fe, esto demuestra que se puede
alcanzar la meta cuando se trata de otras formas de aquella
misma exigencia. Ya he constatado, y con alegría, cómo la
comunión, imperfecta pero real, se mantiene y crece en muchos
niveles de la vida eclesial. Considero ahora que es ya perfecta
en lo que todos consideramos el vértice de la vida de gracia, el
martyria hasta la muerte, la comunión más auténtica que
existe con Cristo, que derrama su sangre y, en este sacrificio,
acerca a quienes un tiempo estaban lejanos (cf. Ef 2,
13).
Si los mártires son para todas las Comunidades cristianas la
prueba del poder de la gracia, no son sin embargo los únicos que
testimonian ese poder. La comunión aún no plena de nuestras
comunidades está en verdad cimentada sólidamente, si bien de
modo invisible, en la comunión plena de los santos, es decir, de
aquéllos que al final de una existencia fiel a la gracia están
en comunión con Cristo glorioso. Estos santos proceden de
todas las Iglesias y Comunidades eclesiales, que les abrieron la
entrada en la comunión de la salvación.
Cuando se habla de un patrimonio común se debe incluir en él no
sólo las instituciones, los ritos, los medios de salvación, las
tradiciones que todas las comunidades han conservado y por las
cuales han sido modeladas, sino en primer lugar y ante todo esta
realidad de la santidad.
139
En la irradiación que emana del « patrimonio de los santos »
pertenecientes a todas las Comunidades, el « diálogo de
conversión » hacia la unidad plena y visible aparece entonces
bajo una luz de esperanza. En efecto, esta presencia universal
de los santos prueba la trascendencia del poder del Espíritu.
Ella es signo y testimonio de la victoria de Dios sobre las
fuerzas del mal que dividen la humanidad. Como cantan las
liturgias, « al coronar sus méritos coronas tu propia obra ».140
Donde existe la voluntad sincera de seguir a Cristo, el Espíritu
infunde con frecuencia su gracia en formas diversas de las
ordinarias. La experiencia ecuménica nos ha permitido
comprenderlo mejor. Si en el espacio espiritual interior que he
descrito las comunidades saben verdaderamente « convertirse » a
la búsqueda de la comunión plena y visible, Dios hará por ellas
lo que ha hecho por sus santos. Hará superar los obstáculos
heredados del pasado y las guiará, por sus caminos, a donde El
quiere: a la koinonia visible que al mismo tiempo es
alabanza de su gloria y servicio a su designio de salvación.
85. Ya que Dios en su infinita misericordia puede siempre sacar
provecho incluso de las situaciones que se contraponen a su
designio, podemos descubrir cómo el Espíritu ha hecho que las
contrariedades sirvieran en algunos casos para explicitar
aspectos de la vocación cristiana, como sucede en la vida de los
santos. A pesar de la división, que es un mal que debemos sanar,
se ha producido como una comunicación de la riqueza de la gracia
que está destinada a embellecer la koinonia. La gracia de
Dios estará con todos aquellos que, siguiendo el ejemplo de los
santos, se comprometen a cumplir sus exigencias. Y nosotros, ¿cómo
podemos dudar de convertirnos a las expectativas del Padre? El
está con nosotros.
Aportación de la Iglesia católica en la búsqueda de la unidad de
los cristianos
86. La Constitución Lumen gentium, en una de sus
afirmaciones fundamentales recogida por el Decreto Unitatis
redintegratio,141
declara que la única Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia
católica.142
El Decreto sobre el ecumenismo señala la presencia en la misma
de la plenitud (plenitudo) de los medios de salvación.
143
La plena unidad se realizará cuando todos participen de la
plenitud de medios de salvación que Cristo ha confiado a su
Iglesia.
87. En el camino que conduce hacia la plena unidad, el diálogo
ecuménico se esfuerza en suscitar una recíproca ayuda fraterna a
través de la cual las comunidades se comprometan a
intercambiarse aquello que cada una necesita para crecer según
el designio de Dios hacia la plenitud definitiva (cf. Ef
4, 11-13). He afirmado cómo somos conscientes, en cuanto Iglesia
católica, de haber recibido mucho del testimonio, de la búsqueda
e incluso del modo como las otras Iglesias y Comunidades
cristianas han puesto de relieve y vivido ciertos valores
cristianos comunes. Entre los progresos alcanzados en los
treinta últimos años, se debe destacar el fraterno y recíproco
influjo. En la presente etapa,
144
este dinamismo de enriquecimiento mutuo debe ser tomado
seriamente en consideración. Basado en la comunión que existe ya
gracias a los elementos eclesiales presentes en las Comunidades
cristianas, no dejará de impulsar hacia la comunión plena y
visible, meta ansiada del camino que estamos realizando. Es la
expresión ecuménica de la ley evangélica del compartir. Esto me
anima a repetir: « Hay que demostrar en cada cosa la diligencia
de salir al encuentro de lo que nuestros hermanos cristianos,
legítimamente, desean y esperan de nosotros, conociendo su modo
de pensar y su sensibilidad 1. Es preciso que los dones de cada
uno se desarrollen para utilidad y beneficio de todos ».145
El ministerio de unidad del Obispo de Roma
88. Entre todas las Iglesias y Comunidades eclesiales, la
Iglesia católica es consciente de haber conservado el ministerio
del Sucesor del apóstol Pedro, el Obispo de Roma, que Dios ha
constituido como « principio y fundamento perpetuo y vi-
sible de unidad »,146
y que el Espíritu sostiene para que haga partícipes de este bien
esencial a todas las demás. Según la hermosa expresión del Papa
Gregorio Magno, mi ministerio es el del servus servorum Dei.
Esta definición preserva de la mejor manera el riesgo de separar
la potestad (y en particular el primado) del ministerio, lo cual
estaría en contradicción con el significado de potestad según el
Evangelio: « Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve » (Lc
22, 27), dice nuestro Señor Jesucristo, Cabeza de la Iglesia.
Por otra parte, como tuve la oportunidad de afirmar con ocasión
del importante encuentro con el Consejo Ecuménico de las
Iglesias en Ginebra, el 12 de junio de 1984, el convencimiento
de la Iglesia católica de haber conservado, en fidelidad a la
tradición apostólica y a la fe de los Padres, en el ministerio
del Obispo de Roma, el signo visible y la garantía de la unidad,
constituye una dificultad para la mayoría de los demás
cristianos, cuya memoria está marcada por ciertos recuerdos
dolorosos. Por aquello de lo que somos responsables, con mi
Predecesor Pablo VI imploro perdón.
147
89. Sin embargo es significativo y alentador que la cuestión del
primado del Obispo de Roma haya llegado a ser actualmente objeto
de estudio, inmediato o en perspectiva, y también es
significativo y alentador que este asunto esté presente como
tema esencial no sólo en los diálogosteológicos que la Iglesia
católica mantiene con las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales, sino incluso de un modo más general en el conjunto
del movimiento ecuménico. Recientemente los participantes en la
quinta asamblea mundial de la Comisión « Fe y Constitución » del
Consejo Ecuménico de las Iglesias, celebrada en Santiago de
Compostela, recomendaron que esta comisión « inicie un nuevo
estudio sobre la cuestión de un ministerio universal de la
unidad cristiana ».148
Después de siglos de duras polémicas, las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales escrutan cada vez más con una mirada
nueva este ministerio de unidad.
149
90. El Obispo de Roma es el Obispo de la Iglesia que conserva el
testimonio del martirio de Pedro y de Pablo: « Por un misterioso
designio de la Providencia, 2 termina en Roma su camino en el
seguimiento de Jesús y en Roma da esta prueba máxima de amor y
de fidelidad. También en Roma Pablo, el Apóstol de las Gentes,
da el testimonio supremo. La Iglesia de Roma se convertía así en
la Iglesia de Pedro y de Pablo ».150
En el Nuevo Testamento Pedro tiene un puesto peculiar. En la
primera parte de los Hechos de los Apóstoles, aparece como
cabeza y portavoz del colegio apostólico, designado como «
Pedro... con los Once » (2, 14; cf. también 2, 37; 5, 29). El
lugar que tiene Pedro se fundamenta en las palabras mismas de
Cristo, tal y como vienen recordadas por las tradiciones
evangélicas.
91. El Evangelio de Mateo describe y precisa la misión pastoral
de Pedro en la Iglesia: « Bienaventurado eres Simón, hijo de
Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino
mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré
las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra
quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra
quedará desatado en los cielos » (16, 17-19). Lucas señala cómo
Cristo recomienda a Pedro que confirme a sus hermanos, pero al
mismo tiempo le muestra su debilidad humana y su necesidad de
conversión (cf. Lc 22, 31-32). Es precisamente como si,
desde la debilidad humana de Pedro, se manifestara de un modo
pleno que su ministerio particular en la Iglesia procede
totalmente de la gracia; es como si el Maestro se dedicara de un
modo especial a su conversión para prepararlo a la misión que se
dispone a confiarle en la Iglesia y fuera muy exigente con él.
Las misma función de Pedro, ligada siempre a una afirmación
realista de su debilidad, se encuentra en el cuarto Evangelio: «
Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? 3 Apacienta mis ovejas »
(cf. Jn 21, 15-19). Es significativo además que según la
Primera Carta de Pablo a los Corintios, Cristo resucitado se
aparezca a Cefas y luego a los Doce (cf. 15, 5).
Es importante notar cómo la debilidad de Pedro y de Pablo
manifiesta que la Iglesia se fundamenta sobre la potencia
infinita de la gracia (cf. Mt 16, 17; 2 Cor 12,
7-10). Pedro, poco después de su investidura, es reprendido con
severidad por Cristo que le dice: « ¡Escándalo eres par mí! » (Mt
16, 23). ¿Cómo no ver en la misericordia que Pedro necesita una
relación con el ministerio de aquella misericordia que él
experimenta primero? Igualmente, renegará tres veces de Jesús.
El Evangelio de Juan señala además que Pedro recibe el encargo
de apacentar el rebaño en una triple profesión de amor (cf. 21,
15-17) que se corresponde con su triple traición (cf. 13, 38).
Por su parte Lucas, en la palabra de Cristo que ya he citado, a
la cual unirá la primera tradición en un intento por describir
la misión de Pedro, insiste en el hecho de que deberá «
confirmar a sus hermanos cuando haya vuelto » (cf. Lc 22,
32).
92. En cuanto a Pablo, puede concluir la descripción de su
ministerio con la desconcertante afirmación que ha recibido de
los labios del Señor: « Mi gracia te basta, que mi fuerza se
muestra perfecta en la flaqueza » y puede pues exclamar: «
Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte » (2 Cor
12, 9-10). Esta es una característica fundamental de la
experiencia cristiana.
Heredero de la misión de Pedro, en la Iglesia fecundada por la
sangre de los príncipes de los Apóstoles, el Obispo de Roma
ejerce un ministerio que tiene su origen en la multiforme
misericordia de Dios, que convierte los corazones e infunde la
fuerza de la gracia allí donde el discípulo prueba el sabor
amargo de su debilidad y de su miseria. La autoridad propia de
este ministerio está toda ella al servicio del designio
misericordioso de Dios y debe ser siempre considerada en este
sentido. Su poder se explica así.
93. Refiriéndose a la triple profesión de amor de Pedro, que
corresponde a la triple traición, su sucesor sabe que debe ser
signo de misericordia. El suyo es un ministerio de misericordia
nacido de un acto de misericordia de Cristo. Toda esta lección
del Evangelio ha de ser releída continuamente, para que el
ejercicio del ministerio petrino no pierda su autenticidad y
trasparencia.
La Iglesia de Dios está llamada por Cristo a manifestar a un
mundo esclavo de sus culpabilidades y de sus torcidos propósitos
que, a pesar de todo, Dios puede, en su misericordia, convertir
los corazones a la unidad, haciéndoles acceder a su comunión.
94. Este servicio a la unidad, basado en la obra de la divina
misericordia, es confiado, dentro mismo del colegio de los
Obispos a uno de aquéllos que han recibido del Espíritu el
encargo, no de ejercer el poder sobre el pueblo —como hacen los
jefes de las naciones y los poderosos (cf. Mt 20, 25;
Mc 10,42)—, sino de guiarlo para que pueda encaminarse hacia
pastos tranquilos. Este encargo puede exigir el ofrecer la
propia vida (cf. Jn 10, 11-18). Después de haber mostrado
que Cristo es « el único Pastor, en el que todos los pastores
son uno », san Agustín concluye: « Que todos se identifiquen con
el único Pastor y hagan oír la única voz del Pastor, para que la
oigan las ovejas y sigan al único Pastor, y no a éste o a aquél,
sino al único y que todos en él hagan oír la misma voz, y que no
tengan cada uno su propia voz 4 Que las ovejas oigan esta voz,
limpia de toda división y purificada de toda herejía ».151
La misión del Obispo de Roma en el grupo de todos los Pastores
consiste precisamente en « vigilar » (episkopein) como un
centinela, de modo que, gracias a los Pastores, se escuche en
todas las Iglesias particulares la verdadera voz de Cristo-Pastor.
Así, en cada una de estas Iglesias particulares confiadas a
ellos se realiza la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
Todas las Iglesias están en comunión plena y visible porque
todos los Pastores están en comunión con Pedro, y así en la
unidad de Cristo.
El Obispo de Roma, con el poder y la autoridad sin los cuales
esta función sería ilusoria, debe asegurar la comunión de todas
las Iglesias. Por esta razón, es el primero entre los servidores
de la unidad. Este primado se ejerce en varios niveles, que se
refieren a la vigilancia sobre la trasmisión de la Palabra, la
celebración sacramental y litúrgica, la misión, la disciplina y
la vida cristiana. Corresponde al Sucesor de Pedro recordar las
exigencias del bien común de la Iglesia, si alguien estuviera
tentado de olvidarlo en función de sus propios intereses. Tiene
el deber de advertir, poner en guardia, declarar a veces
inconciliable con la unidad de fe esta o aquella opinión que se
difunde. Cuando las circunstancias lo exigen, habla en nombre de
todos los Pastores en comunión con él. Puede incluso —en
condiciones bien precisas, señaladas por el Concilio Vaticano I—
declarar ex cathedra que una doctrina pertenece al
depósito de la fe.
152
Testimoniando así la verdad, sirve a la unidad.
95. Todo esto, sin embargo, se debe realizar siempre en la
comunión. Cuando la Iglesia católica afirma que la función del
Obispo de Roma responde a la voluntad de Cristo, no separa esta
función de la misión confiada a todos los Obispos, también ellos
« vicarios y legados de Cristo ».153
El Obispo de Roma pertenece a su « colegio » y ellos son sus
hermanos en el ministerio.
Lo que afecta a la unidad de todas las Comunidades cristianas
forma parte obviamente del ámbito de preocupaciones del primado.
Como Obispo de Roma soy consciente, y lo he reafirmado en esta
Carta encíclica, que la comunión plena y visible de todas las
Comunidades, en las que gracias a la fidelidad de Dios habita su
Espíritu, es el deseo ardiente de Cristo. Estoy convencido de
tener al respecto una responsabilidad particular, sobre todo al
constatar la aspiración ecuménica de la mayor parte de las
Comunidades cristianas y al escuchar la petición que se me
dirige de encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin
renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a
una situación nueva. Durante un milenio los cristianos
estuvieron unidos « por la comunión fraterna de fe y vida
sacramental, siendo la Sede Romana, con el consentimiento común,
la que moderaba cuando surgían disensiones entre ellas en
materia de fe o de disciplina ».154
De este modo el primado ejercía su función de unidad.
Dirigiéndome al Patriarca ecuménico, Su Santidad Dimitrios I, he
afirmado ser consciente de que « por razones muy diversas, y
contra la voluntad de unos y otros, lo que debía ser un servicio
pudo manifestarse bajo una luz bastante distinta. Pero 5 por el
deseo de obedecer verdaderamente a la voluntad de Cristo, me
considero llamado, como Obispo de Roma, a ejercer ese ministerio
6 Que el Espíritu Santo nos dé su luz e ilumine a todos los
Pastores y teólogos de nuestras Iglesias para que busquemos, por
supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda
realizar un servicio de fe y de amor reconocido por unos y otros
».155
96. Tarea ingente que no podemos rechazar y que no puedo llevar
a término solo. La comunión real, aunque imperfecta, que existe
entre todos nosotros, ¿no podría llevar a los responsables
eclesiales y a sus teólogos a establecer conmigo y sobre esta
cuestión un diálogo fraterno, paciente, en el que podríamos
escucharnos más allá de estériles polémicas, teniendo presente
sólo la voluntad de Cristo para su Iglesia, dejándonos impactar
por su grito « que ellos también sean uno en nosotros, para que
el mundo crea que tú me has enviado » (Jn 17, 21)?
La comunión de todas las Iglesias particulares con la Iglesia de
Roma: condición necesaria para la unidad
97. La Iglesia católica, tanto en su praxis como en sus
documentos oficiales, sostiene que la comunión de las Iglesias
particulares con la Iglesia de Roma, y de sus Obispos con el
Obispo de Roma, es un requisito esencial —en el designio de Dios—
para la comunión plena y visible. En efecto, es necesario que la
plena comunión, que encuentra en la Eucaristía su suprema
manifestación sacramental, tenga su expresión visible en un
ministerio en el cual todos los Obispos se sientan unidos en
Cristo y todos los fieles encuentren la confirmación de la
propia fe. La primera parte de los Hechos de los Apóstoles
presenta a Pedro como el que habla en nombre del grupo
apostólico y sirve a la unidad de la comunidad, y esto
respetando la autoridad de Santiago, cabeza de la Iglesia de
Jerusalén. Esta función de Pedro debe permanecer en la Iglesia
para que, bajo su única Cabeza, que es Cristo Jesús, sea
visiblemente en el mundo la comunión de todos sus discípulos.
?No es acaso de un ministerio así del que muchos de los que
están comprometidos en el ecumenismo sienten hoy necesidad?
Presidir en la verdad y en el amor para que la barca —hermoso
símbolo que el Consejo Ecuménico de las Iglesias eligió como
emblema— no sea sacudida por las tempestades y pueda llegar un
día a puerto.
Plena unidad y evangelización
98. El movimiento ecuménico de nuestro siglo, más que las
iniciativas ecuménicas de siglos pasados, cuya importancia sin
embargo no debe subestimarse, se ha distinguido por una
perspectiva misionera. En el versículo se san Juan que sirve de
inspiración y orienta —« que ellos también sean uno en
nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado » (Jn
17, 21)— se ha subrayado para que el mundo crea con tanta
fuerza que se corre el riesgo de olvidar a veces que, en el
pensamiento del evangelista, la unidad es sobre todo para gloria
del Padre. De todos modos, es evidente que la división de los
cristianos está en contradicción con la Verdad que ellos tienen
la misión de difundir y, por tanto, perjudica gravemente su
testimonio. Lo comprendió y afirmó bien mi Predecesor el Papa
Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi:
« En cuanto evangelizadores, nosotros debemos ofrecer a los
fieles de Cristo, no la imagen de hombres divididos y separados
por las luchas que no sirven para construir nada, sino la de
hombres adultos en la fe, capaces de encontrarse más allá de las
tensiones reales gracias a la búsqueda común, sincera y
desinteresada de la verdad. Sí, la suerte de la evangelización
está ciertamente vinculada al testimonio de unidad dado por la
Iglesia 7 Dicho esto, queremos subrayar el signo de la unidad
entre todos los cristianos, como camino e instrumento de
evangelización. La división de los cristianos constituye una
situación de hecho grave, que viene a cercenar la obra misma de
Cristo ».156
En efecto, ¿cómo anunciar el Evangelio de la reconciliación sin
comprometerse al mismo tiempo en la obra de la reconciliación de
los cristianos? Si es cierto que la Iglesia, movida por el
Espíritu Santo y con la promesa de la indefectibilidad, ha
predicado y predica el Evangelio a todas las naciones, es
también cierto que ella debe afrontar las dificultades que se
derivan de las divisiones. ¿Contemplando a los misioneros en
desacuerdo entre sí, aunque todos se refieran a Cristo, sabrán
los incrédulos acoger el verdadero mensaje? ¿No pensarán que el
Evangelio es un factor de división, incluso si es presentado
como la ley fundamental de la caridad?
99. Cuando afirmo que para mí, Obispo de Roma, la obra ecuménica
es « una de las prioridades pastorales » de mi pontificado,
157
pienso en el grave obstáculo que la división constituye para el
anuncio del Evangelio. Una Comunidad cristiana que cree en
Cristo y desea, con el ardor del Evangelio, la salvación de la
humanidad, de ningún modo puede cerrarse a la llamada del
Espíritu que orienta a todos los cristianos hacia la unidad
plena y visible. Se trata de uno de los imperativos de la
caridad que debe acogerse sin compromisos. El ecumenismo no es
sólo una cuestión interna de las Comunidades cristianas. Refleja
el amor que Dios da en Jesucristo a toda la humanidad, y
obstaculizar este amor es una ofensa a El y a su designio de
congregar a todos en Cristo. El Papa Pablo VI escribía al
Patriarca ecuménico Atenágoras I: « Pueda el Espíritu Santo
guiarnos por el camino de la reconciliación, para que la unidad
de nuestras Iglesias llegue a ser un signo siempre más luminoso
de esperanza y de consuelo para toda la humanidad ».158
EXHORTACION
100. Dirigiéndome recientemente a los Obispos, al clero y a los
fieles de la Iglesia católica para indicar el camino a seguir en
vista de la celebración del Gran Jubileo del Año 2000, he
afirmado entre otras cosas que « la mejor preparación al
vencimiento bimilenario ha de manifestarse en el renovado
compromiso de aplicación, lo más fiel posible, de las enseñanzas
del Vaticano II a la vida de cada uno y de toda la Iglesia
».159
El Concilio es el gran comienzo —como el Adviento— de aquel
itinerario que nos lleva al umbral del Tercer Milenio.
Considerando la importancia que la Asamblea conciliar atribuyó a
la obra de recomposición de la unidad de los cristianos, en esta
época nuestra de gracia ecuménica, me ha parecido necesario
reafirmar las convicciones fundamentales que el Concilio
infundió en la conciencia de la Iglesia católica, recordándolas
a la luz de los progresos realizados en este tiempo hacia la
comunión plena de todos los bautizados.
No hay duda de que el Espíritu actúa en esta obra y está
conduciendo a la Iglesia hacia la plena realización del designio
del Padre, en conformidad a la voluntad de Cristo, expresada con
un vigor tan ferviente en la oración que, según el cuarto
Evangelio, pronunciaron sus labios cuando iniciaba el drama
salvífico de su Pascua. Al igual que entonces, también hoy
Cristo pide que un impulso nuevo reavive el compromiso de cada
uno por la comunión plena y visible.
101. Exhorto pues a mis Hermanos en el episcopado a poner toda
su atención en este empeño. Los dos Códigos de Derecho
Canónico incluyen entre las responsabilidades del Obispo la
de promover la unidad de todos los cristianos, apoyando toda
acción o iniciativa dirigida a fomentarla en la conciencia de
que la Iglesia es movida a ello por la voluntad misma de Cristo.
160
Esto forma parte de la misión episcopal y es una obligación que
deriva directamente de la fidelidad a Cristo, Pastor de la
Iglesia. Todos los fieles, también, son invitados por el
Espíritu de Dios a hacer lo posible para que se afiancen los
vínculos de comunión entre todos los cristianos y crezca la
colaboración de los discípulos de Cristo: « La preocupación por
el restablecimiento de la unión atañe a la Iglesia entera, tanto
a los fieles como a los pastores; y afecta a cada uno según su
propia capacidad ».161
102. La fuerza del Espíritu de Dios hace crecer y edifica la
Iglesia a través de los siglos. Dirigien- do la mirada al nuevo
milenio, la Iglesia pide al Espíritu la gracia de reforzar su
propia unidad y de hacerla crecer hacia la plena comunión con
los demás cristianos.
?Cómo alcanzarlo? En primer lugar con la oración. La
oración debería siempre asumir aquella inquietud que es anhelo
de unidad, y por tanto una de las formas necesarias del amor que
tenemos por Cristo y por el Padre, rico en misericordia. La
oración debe tener prioridad en este camino que emprendemos con
los demás cristianos hacia el nuevo milenio.
?Cómo alcanzarlo? Con acción de gracias ya que no nos
presentamos a esta cita con las manos vacías: « El Espíritu
viene en ayuda de nuestra flaqueza 8 intercede por nosotros con
gemidos inefables » (Rm 8, 26) para disponernos a pedir a
Dios lo que necesitamos.
?Cómo alcanzarlo? Con la esperanza en el Espíritu, que
sabe alejar de nosotros los espectros del pasado y los recuerdos
dolorosos de la separación; El nos concede lucidez, fuerza y
valor para dar los pasos necesarios, de modo que nuestro empeño
sea cada vez más auténtico.
Si nos preguntáramos si todo esto es posible la respuesta sería
siempre: sí. La misma respuesta escuchada por María de Nazaret,
porque para Dios nada hay imposible.
Vienen a mi mente las palabras con las que san Cipriano comenta
el Padre Nuestro, la oración de todos los cristianos: «
Dios tampoco acepta el sacrificio del que no está en concordia
con alguien, y le manda que se retire del altar y vaya primero a
reconciliarse con su hermano; una vez que se haya puesto en paz
con él, podrá también reconciliarse con Dios en sus plegarias.
El sacrificio más importante a los ojos de Dios es nuestra paz y
concordia fraterna y un pueblo cuya unión sea un reflejo de la
unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ».
162
Al alba del nuevo milenio, ¿cómo no pedir al Señor, con impulso
renovado y conciencia más madura, la gracia de prepararnos,
todos, a este sacrificio de la unidad?
103. Yo, Juan Pablo, humilde servus servorum Dei, me
permito hacer mías las palabras del apóstol Pablo, cuyo martirio,
unido al del apóstol Pedro, ha dado a esta Sede de Roma el
esplendor de su testimonio, y os digo a vosotros, fieles de la
Iglesia católica, y a vosotros, hermanos y hermanas de las demás
Iglesias y Comunidades eclesiales, « sed perfectos; animaos;
tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y
de la paz estará con vosotros 9. La gracia del Señor Jesucristo,
el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos
vosotros » (2 Cor 13, 11.13).
Dado en Roma, junto a san Pedro, el día 25 de mayo, solemnidad
de la Ascensión del Señor, del año 1995, decimoséptimo de mi
Pontificado.
--------------------------
1.
Cf. Palabras la final del Vía Crucis del Viernes Santo (1 abril
1994), 3: AAS 87 (1995), 88.
2.
Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la
libertad religiosa, 1.
3.
Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 noviembre
1994), 16: AAS 87 ( 1995 ), 15.
4.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis
noto, a los Obispos de la Iglesia católica sobre algunos
aspectos de la Iglesia considerada como comunión (28 mayo 1992),
4: AAS 85 (1993 ), 840.
5.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratrio, sobre
el ecumenismo, 1.
6.
Ibid.
7.
Ibid., 4.
8.
Cf, Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 14.
9.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre
la libertad religiosa, 1 y 2.
10.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 14.
11.
Ibid., 8.
12.
Conc. Ecum. Vat. II. Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 3.
13.
Ibid.
14.
N.15.
15.
Ibid.
16.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 15.
17.
Ibid., 3.
18.
Ibid.
19.
Cf. S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 19,1: PL
76, 1154 citado en Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen
gentium, sobre la Iglesia, 2.
20.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 4.
21.
Ibid., 7.
22.
Cf. ibid.
23.
Ibid., 6.
24.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogmática Dei Verbum,
sobre la divina revelación, 7.
25.
Cf. Carta ap. Euntes in mundum (25 enero 1988): AAS
80 ( 1988), 935-956.
26.
Cf. Carta enc. Slavorum apostoli (2 junio 1985). AAS
77 (1985), 779-813.
27.
Cf. Directoire pour l'application des principes et des normes
sur l'oecuménisme (25 marzo 1993): AAS 85 (1993)
1039-1119.
28.
Cf. en particular el Documento llamado de Lima: Bautismo,
Eucaristía, Ministerio (enero 1982): Ench. Oecum.
1,1392-1446, y el Documento n. 153 de «Fe y Constitución»
Confessing the «One» Faith, Ginebra 1991.
29.
Cf. Discurso de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II (11
octubre 1962): AAS 54 (1962), 793.
30.
Se trata del Secretariado para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos, creado por el Papa Juan XXIII Con el Motu proprio
Superno Dei nutu (5 junio 1960), 9: AAS 52 (1960),
436 y confirmado por los documentos sucesivos: Motu proprio
Appropinquante Concilio (6 agosto 1962), c. III, a, 7, § 2,
I: AAS 54 (1962), 614; cf, Pablo VI, Const. ap.
Regimini ecclesiae universae (15 agosto 1967), 92-94: AAS
59 (1967), 918-919. Este Dicasterio se denomina actualmente
Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos: cf. Const. ap. Pastor Bonus (28 junio 1988),
V, art. 135-138: AAS 80 (1988), 895-896.
31.
Discurso de apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II (11
octubre 1962): AAS 54 11962), 792.
32.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 6.
33.
Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la
libertad religiosa, 1.
34.
Carta enc. Slavorum apostoli (2 junio 1985), 11: AAS
77 ( 1985 ), 792. .
35.
Ibid., 13, l.c., 794.
36.
Ibid., 11, l.c., 792.
37.
Discurso a los aborígenes (29 noviembre 1986), 12: AAS 79
( 1987), 977.
38.
Cf. S. Vicente de Lerins, Commonitorium primum, 23: PL
50, 667-668.
39.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 6.
40.
Ibid., 5.
41
Ibid.,7.
42.
Ibid., 8.
43.
Ibid.
44.
Ibid., 4.
45.
Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 noviembre
1994), 24: AAS 87 (1995), 19-20.
46.
Discurso en la catedral de Canterbury (29 mayo 1982), 5: AAS
74 ( 1982 ), 922.
47.
Consejo Ecuménico de las Iglesias, Reglamento, III,1
Citado en Ench. Oecum. 1, 1392.
48.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 24.
49.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 7.
50.
María Gabriela Sagheddu, nacida en Dorgali (Cerdeña) en 1914. A
los 21 años entra en el Monasterio Trapense de Grottaferrata.
Conociendo, a través de la acción apostólica del Abbé Paul
Couturier, la necesidad de oraciones y ofrecimientos
espirituales por la unidad de los cristianos, en 1936, con
ocasión del Octavario por la unidad, decide ofrecer su
vida por esta causa. Después de una grave enfermedad, muere el
23 de abril de 1939.
51.
Conc. Ecum. Vat. I I, Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 24.
52.
Cf. AAS 56 ( 1964), 609-659.
53.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 13.
54.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 4.
55.
Cf. Código de Derecho Canónico, can. 755; Código de
los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 902-904.
56.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 4.
57.
Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la
libertad religiosa, 3.
58.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 4.
59.
Cf. ibid., 4.
60.
Carta enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964), III: AAS
56 ( 1964), 642.
61.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 11.
62.
Cf. ibid.
63.
Ibid.; Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl.
Mysterium Ecclesiae, sobre la doctrina católica acerca de
la Iglesia (24 junio 1973 ), 4: AAS 65 (1973 ), 402.
64.
Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium
Ecclesiae, sobre la doctrina católica acerca de la Iglesia
(24 junio 1973 ), 5: AAS 65 ( 1973 ), 403.
65.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 4.
66.
Cf. Declaración cristológica común entre la Iglesia católica y
la Iglesia asiria de Oriente: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española (18 noviembre 1994), 5.
67.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 12.
68.
Ibid.
69.
Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos, Directoire pour l'application des principes et
des normes sur l'oecuménisme (25 marzo 1993), 5: AAS
85 (1993). 1040.
70.
Ibid., 94, l.c., 1078.
71.
Cf. Comisión « Fe y Constitución » del Consejo Ecuménico de las
Iglesias. Bautismo, Eucaristía, Ministerio (enero 1982):
Ench.Oecum. 1, 1391-1447, en particular 1398-1408.
72.
Cf. Carta enc. Sollicittulo rei socialis (30 diciembre
1987), 32: AAS 80 (1988), 556.
73.
Discurso a los Cardenales y a la Curia Romana (28 junio 1985),
10: AAS 77 (1985), 1158; cf. Carta enc. Redemptor
hominis (4 marzo 1979), 11: AAS 71 (1979), 277-278.
74.
Discurso a los Cardenales y a la Curia Romana (28 junio 1985),
10: AAS 77 ( 1985), 1158.
75.
Cf. Secretariado para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos y Comité Ejecutivo de las Sociedades Bíblicas Unidas,
Principios para la colaboración interconfesional en la
traducción de la Biblia, Documento concordado (1968):
Ench. Oecum. 1, 319-331, revisado y actualizado en el
Documento Directives concernant la coopération
interconfessionelle dans la traduction de la Bible (16
noviembre 1987), Tipografía Políglota Vaticana 1987, 20.
76.
Cf. Comisión « Fe y Constitución » del Consejo Ecuménico de las
Iglesias. Bautismo, Eucaristía, Ministerio (enero 1982):
Ench.Oecum. 1, 1391-1447.
77.
Por ejemplo, durante las últimas asambleas del Consejo Ecuménico
de las Iglesias, en Vancouver en 1983 y en Canberra en 1991, y
de « Fe y Constitución » en Santiago de Compostela en 1993.
78.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 8 y 15; Código de Derecho Canónico,
can. 844; Código de los Cánones de las Iglesias Orientales,
can. 671; Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de
los Cristianos, Directoire pour l'application des principes
et des normes sur l'oecuménisme (25 marzo 1993), 122-125:
AAS 85 (1993), 1086-1087; 129-131, l.c., 1088-1089;
123 y 132, l.c., 1087. 1089.
79.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 4..
80.
Ibid.
81.
Cf. n. 15.
82.
N. 15.
83.
Ibid., 14.
84.
Cf. Declaración común del Papa Pablo VI y del Patriarca de
Constantinopla Atenágoras I (7 diciembre 1965): Tomos agapis,
Vatican-Phanar (1958-1970), Roma-Estambul 1971, 280-281.
85.
Cf. AAS 77 (1985), 779-813.
86.
Cf. AAS 80 (1988), 935-956; cf. también Carta Magnum
Baptismi donum (14 febrero 1988), 1. c., 988-997.
87.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 14.
88.
Ibid.
89.
Breve ap. Anno ineunte (25 julio 1967): Tomos agapis,
Vatican-Phanar (1958-1970), Roma-Estambul 1971, 388-391.
90.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 14.
91.
Ibid., 15.
92.
N. 14: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española (5 mayo 1995), 8.
93.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 17.
94.
N. 26.
95.
Cf. Código de Derecho Canónico, can. 844, §§ 2 y 3;
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 671,
§§ 2 y 3.
96.
Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los
Cristianos, Directoire pour l'application des principes et
des normes sur l'oecuménisme (25 marzo 1993), 122-128:
AAS 85 (1993), 1086-1088,
97.
Declaración común del Sumo Pontífice Juan Pablo II y del
Patriarca ecuménico Dimitrios I (7 diciembre 1987): AAS
80 ( 1988), 253.
98.
Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la
Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto, Documento
El sacramento del Orden en la estructura sacramental de la
Iglesia, en particular la importancia de la sucesión apostólica
para la santificación y la unidad del pueblo de Dios (26
junio 1988), 1: Service d'information 68 (1988), 195.
99.
Cf. Carta a los Obispos del Continente europeo sobre las
relaciones entre católicos y ortodoxos en la nueva situación de
Europa central y oriental (31 mayo 1991), 6; AAS 84
(1992), 168.
100.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 17.
101.
Cf. Carta ap. Orientale lumen (2 mayo 1995), 24.
L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (5 mayo
1995), 9.
102.
Ibid., 18, l.c., 8.
103.
Cf. Declaración común del Sumo Pontífice Pablo VI y de Su
Santidad Shenouda III, Papa de Alejandría y Patriarca de la sede
de S. Marcos de Alejandría (10 mayo 1973): AAS 65 (1973),
299-301.
104.
Cf. Declaración común del Sumo Pontífice Pablo VI y de Su
Santidad Mar Ignacio Jacoub III, Patriarca de la Iglesia de
Antioquía de los sirios y de todo el Oriente (27 octubre 1971):
AAS 63 (1971), 814-815.
105.
Cf. Discurso a los enviados de la Iglesia copta ortodoxa (2
junio 1979): AAS 71 (1979), 1000-1001.
106.
Cf. Declaración común del Papa Juan Pablo II y de Su Santidad
Moran Mar Ignacio Zakka I Iwas, Patriarca siro-ortodoxo de
Antioquía y de todo el Oriente (23 junio 1984): Insegnamenti
VII, 1 (1984), 1902-1906.
107.
Discurso dirigido a Su Santidad Abuna Paulos, Patriarca de la
Iglesia ortodoxa de Etiopía (11 junio 1993): L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española (16 junio 1993), 3.
108.
Cf. Declaración cristológica común entre la Iglesia católica y
la Iglesia asiria de Oriente: L'Osservatore Romano, ed.
semanal en lengua española (18 noviembre 1994), 5.
109.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 19.
110.
Ibid.
111.
Ibid., 19.
112.
Cf. ibid.
113.
Ibid.
114.
Ibid., 20.
115.
Ibid., 21.
116.
Ibid.
117.
Ibid.
118.
Ibid., 22.
119.
Ibid.
120.
Ibid., 22; cf. 20.
121.
Ibid., 22.
122.
Ibid., 23.
123.
Ibid.
124.
Cf. Radiomensaje Urbi et Orbi (27 agosto 1978): AAS
70 ( 1978), 695-696,
125.Conc.
Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre el
ecumenismo, 23.
126.
Ibid.
127.
Cf. ibid., 12.
128
Ibid.
129.
El paciente trabajo de la Comisión « Fe y Constitución » llegó a
una visión análoga, que la VII Asamblea del Consejo Ecuménico de
las Iglesias hizo suya en la declaración llamada de Canberra
(7-20 febrero 1991, cf. Signs of the Spirit, Official
report, Seventh Assembly, WCC, Ginebra 1991, 235-258) y que ha
sido reafirmada por la Conferencia mundial de « Fe y
Constitución » en Santiago de Compostela (3-14 agosto 1993, cf.
Service d'information 85 119941, 18-38).
130.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 14.
131.
Cf. ibid., 4 y 11.
132.
Discurso a los Cardenales y a la Curia Romana (28 junio 1985),
6; AAS 77 (1985), 1153.
133.
Cf. ibid.
134.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 12.
135.
Cf. AAS 54 ( 1962 ), 792.
136.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 6.
137.
Cf. ibid., 4; Pablo VI, Homilía para la canonización de
los mártires ugandeses (18 octubre 1964): AAS 56 (1964),
906.
138.
Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 noviembre
1994), 37: AAS 87 (1995), 29-30; Carta enc. Veritatis
splendor (6 agosto 1993 ), 93: AAS 85 ( 1993 ), 1207.
139.
Cf. Pablo VI, Discurso pronunciado en el insigne santuario de
Namugongo, Uganda (2 agosto 1969): AAS 61 (1969),
590-591.
140.
Cf. Missale Romanum, Praefatium de Sanctis I.
Sanctorum « coronando merita tua dona coronans ».
141.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 4.
142.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const, dogm. Lumen gentium,
sobre la Iglesia, 8.
143.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 3.
144.
Después del Documento llamado de Lima de la Comisión « Fe y
Constitución » sobre Bautismo, Eucaristía, Ministerio (enero
1982): Ench. Oecum. 1, 1392-1446, y en el espíritu de la
Declaración de la VII asamblea general del Consejo Ecuménico de
las Iglesias sobre La unidad de la Iglestá como koinonia: don
y exigencia (Canberra 7-20 febrero 1991): cf. Istina
36 (1991), 389-391.
145.
Discurso a los Cardenales y a la Curia Romana (28 junio 1985 ),
4: AAS 77 (1985), 1151-1152.
146.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 23.
147.
Cf. Discurso al Consejo Ecuménico de las Iglesias (12 junio
1984), 2: Insegnamenti VII, 1 (1984), 1686.
148.
Conferencia Mundial DE « FE Y CONSTITUCIÓN », Relación de la II
Sección, Santiago de Compostela (14 agosto 1993): Confessing
the one faith to God's glory, 31, 2, Faith and Order Paper,
166, WCC, Ginebra 1994, 243.
149.
Por citar algunos ejemplos: la Relación final de la
Anglican-Roman Catholic International Commission - ARCIC I (septiembre
1981): Ench. Oecum. 1, 3-88; la Comisión mixta
internacional para el diálogo entre la Iglesia católica y
losdiscípulos de Cristo, Relación 1981: Ench. Oecum.
1, 529-547; la Comisión mixta nacional conjunta
católico-luterana, Documento El ministerio pastoral en la
Iglesia (13 marzo 1981): Ench. Oecum. 1, 703-742; el
problema se señala, en una clara perspectiva, en el estudio
dirigido por la Comisión mixta internacional para el diálogo
teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su
conjunto.
150.
Discurso a los Cardenales y a la Curia Romana (28 junio 1985 ),
3: AAS 77 (1985), 1150.
151.
Sermo XLVI, 30: CCL 41, 557.
152.
Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus,
sobre la Iglesia de Cristo: DS 3074.
153.
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la
Iglesia, 27.
154.
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 14,
155.
Homilía en la Basílica de San Pedro en presencia de Dimitrios I,
Arzobispo de Constantinopla y Patriarca ecuménico (6 diciembre
1987), 3: AAS 80 ( 1988), 714.
156.
Exhort, ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 77:
AAS 68 (1976), 69; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 1; Pontificio
Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos,
Directoire pour l'application des principes et des normes sur
l'oecuménisme (25 marzo 1993), 205-209: AAS 85 (1993
), 1112-1114.
157.
Discurso a los Cardenales y a la Curia Romana (28 junio 1985),
4: AAS 77 ( 1985), 1151.
158.
Carta del 13 de enero de 1970: Tomos agapis, Vatican-Phanar
(1958-1970), Roma-Estambul 1971, 610-611,
159.
Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 noviembre
1994), 20: AAS 87 (1995 ), 17.
160.
Cf. Código de Derecho Canónico, can. 755; Código de
los Cánones de las Iglesias Orientales, can. 902.
161.
Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, sobre
el ecumenismo, 5.
162.
De Dominica oratione, 23: CSEL 3, 284-285.
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