Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, diciembre de
2006
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Ut unum sint
Sobre el Empeño Ecumenico
Su Santidad Juan Pablo II,
25 de mayo de1995
INTRODUCCION
1. Ut unum sint! La llamada a la unidad de los cristianos,
que el Concilio Ecuménico Vaticano II ha renovado con tan
vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez mayor en el
corazón de los creyentes, especialmente al aproximarse el Año
Dos mil que será para ellos un Jubileo sacro, memoria de la
Encarnación del Hijo de Dios, que se hizo hombre para salvar al
hombre.
El valiente testimonio de tantos mártires de nuestro siglo,
pertenecientes también a otras Iglesias y Comunidades eclesiales
no en plena comunión con la Iglesia católica, infunde nuevo
impulso a la llamada conciliar y nos recuerda la obligación de
acoger y poner en práctica su exhortación. Estos hermanos y
hermanas nuestros, unidos en el ofrecimiento generoso de su vida
por el Reino de Dios, son la prueba más significativa de que
cada elemento de división se puede trascender y superar en la
entrega total de uno mismo a la causa del Evangelio.
Cristo llama a todos sus discípulos a la unidad.
Me mueve el vivo deseo de renovar hoy esta invitación, de
proponerla de nuevo con determinación, recordando cuanto señalé
en el Coliseo romano el Viernes Santo de 1994, al concluir la
meditación del Vía Crucis, dirigida por las palabras del
venerable hermano Bartolomé, Patriarca ecuménico de
Constantinopla. En aquella circunstancia afirmé que, unidos en
el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no
pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y
eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la
Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la
Cruz.1
¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor,
vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en
ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda
abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo
un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese.
2. A nadie escapa el desafío que todo esto supone para los
creyentes. Ellos deben aceptarlo. En efecto, ¿cómo podrían
negarse a hacer todo lo posible, con la ayuda de Dios, para
derribar los muros de la división y la desconfianza, para
superar los obstáculos y prejuicios que impiden el anuncio del
Evangelio de la salvación mediante la Cruz de Jesús, único
Redentor del hombre, de cada hombre?
Doy gracias a Dios porque nos ha llevado a avanzar por el camino
difícil, pero tan rico de alegría, de la unidad y de la comunión
entre los cristianos. El diálogo interconfesional a nivel
teológico ha dado frutos positivos y palpables; esto anima a
seguir adelante.
Sin embargo, además de las divergencias doctrinales que hay que
resolver, los cristianos no pueden minusvalorar el peso de lasincomprensiones
ancestrales que han heredado del pasado, de losmalentendidos
y prejuicios de los unos contra los otros. No pocas veces,
además, la inercia, la indiferencia y un insuficiente
conocimiento recíproco agravan estas situaciones. Por este
motivo, el compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de
los corazones y en la oración, lo cual llevará incluso a lanecesaria
purificación de la memoria histórica. Con la gracia del
Espíritu Santo, los discípulos del Señor, animados por el amor,
por la fuerza de la verdad y por la voluntad sincera de
perdonarse mutuamente y reconciliarse, están llamados a
reconsiderar juntos su doloroso pasado y las heridas que
desgraciadamente éste sigue produciendo también hoy. Están
invitados por la energía siempre nueva del Evangelio a reconocer
juntos con sincera y total objetividad los errores cometidos y
los factores contingentes que intervinieron en el origen de sus
lamentables separaciones. Es necesaria una sosegada y limpia
mirada de verdad, vivificada por la misericordia divina,
capaz de liberar los espíritus y suscitar en cada uno una
renovada disponibilidad, precisamente para anunciar el Evangelio
a los hombres de todo pueblo y nación.
3. Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha
comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de
la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del
Señor, que enseña a leer atentamente los « signos de los tiempos
». Las experiencias que ha vivido y continúa viviendo en estos
años la iluminan aún más profundamente sobre su identidad y su
misión en la historia. La Iglesia católica reconoce y confiesa
las debilidades de sus hijos, consciente de que sus
pecados constituyen otras tantas traiciones y obstáculos a la
realización del designio del Salvador. Sintiéndose llamada
constantemente a la renovación evangélica, no cesa de hacer
penitencia. Al mismo tiempo, sin embargo, reconoce y exalta aún
más el poder del Señor, quien, habiéndola colmado con el
don de la santidad, la atrae y la conforma a su pasión y
resurrección.
Enseñada por las múltiples vicisitudes de su historia, la
Iglesia está llamada a liberarse de todo apoyo puramente humano,
para vivir en profundidad la ley evangélica de las
Bienaventuranzas. Consciente de que « la verdad no se impone
sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad
y firmeza a la vez, en las almas »,2
nada pide para sí sino la libertad de anunciar el Evangelio. En
efecto, su autoridad se ejerce en el servicio de la verdad y de
la caridad.
Yo mismo quiero promover cualquier paso útil para que el
testimonio de toda la comunidad católica pueda ser comprendido
en su total pureza y coherencia, sobre todo ante la cita que la
Iglesia tiene a las puertas del nuevo Milenio, momento
excepcional para el cual pide al Señor que la unidad de todos
los cristianos crezca hasta alcanzar la plena comunión.
3
A este objetivo tan noble mira también la presente Carta
encíclica, que en su índole esencialmente pastoral quiere
contribuir a sostener el esfuerzo de cuantos trabajan por la
causa de la unidad.
4. Esta es un preciso deber del Obispo de Roma como sucesor del
apóstol Pedro. Yo lo llevo a cabo con la profunda convicción de
obedecer al Señor y con plena conciencia de mi fragilidad humana.
En efecto, si Cristo mismo confió a Pedro esta misión especial
en la Iglesia y le encomendó confirmar a los hermanos, al mismo
tiempo le hizo conocer su debilidad humana y su particular
necesidad de conversión: « Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a
tus hermanos » (Lc 22, 32). Precisamente en la debilidad
humana de Pedro se manifiesta plenamente cómo el Papa, para
cumplir este especial ministerio en la Iglesia, depende
totalmente de la gracia y de la oración del Señor: « Yo he
rogado por ti, para que tu fe no desfallezca » (Lc 22,
32). La conversión de Pedro y de sus sucesores se apoya en la
oración misma del Redentor, en la cual la Iglesia participa
constantemente. En nuestra época ecuménica, marcada por el
Concilio Vaticano II, la misión del Obispo de Roma trata
particularmente de recordar la exigencia de la plena comunión de
los discípulos de Cristo.
El Obispo de Roma en primera persona debe hacer propia con
fervor la oración de Cristo por la conversión, que es
indispensable a « Pedro » para poder servir a los hermanos. Pido
encarecidamente que participen de esta oración los fieles de la
Iglesia católica y todos los cristianos. Junto conmigo, rueguen
todos por esta conversión.
Sabemos que la Iglesia en su peregrinar terreno ha sufrido y
continuará sufriendo oposiciones y persecuciones. La esperanza
que la sostiene es, sin embargo, inquebrantable, como
indestructible es la alegría que nace de esta esperanza. En
efecto, la roca firme y perenne sobre la que está fundada es
Jesucristo, su Señor.
I. EL COMPROMISO ECUMENICO DE LA IGLESIA CATOLICA
El designio de Dios y la comunión
5. Junto con todos los discípulos de Cristo, la Iglesia católica
basa en el designio de Dios su compromiso ecuménico de congregar
a todos en la unidad. En efecto, « la Iglesia no es una realidad
replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la
dinámica misionera y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo
para anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio
de comunión que la constituye: a reunir a todos y a todo en
Cristo; a ser para todos 'sacramento inseparable de unidad' ».4
Ya en el Antiguo Testamento, refiriéndose a la situación de
entonces del pueblo de Dios, el profeta Ezequiel, recurriendo al
simple símbolo de dos maderos primero separados, después
acercados uno al otro, expresaba la voluntad divina de «
congregar de todas las partes » a los miembros del pueblo herido:
« Seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones
que yo soy el Señor, que santifico a Israel, cuando mi santuario
esté en medio de ellos para siempre » (cf. 37, 16-28). El
Evangelio de san Juan, por su parte, y ante la situación del
pueblo de Dios en aquel tiempo, ve en la muerte de Jesús la
razón de la unidad de los hijos de Dios: « Iba a morir por la
nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno
a los hijos de Dios que estaban dispersos » (11, 51-52). En
efecto, la Carta a los Efesios enseñará que « derribando el muro
que los separaba 1 por medio de la cruz, dando en sí mismo
muerte a la enemistad », de lo que estaba dividido hizo una
unidad (cf. 2, 14-16).
6. La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios.
Por esto Dios envió a su Hijo para que, muriendo y resucitando
por nosotros, nos diese su Espíritu de amor. La víspera del
sacrificio de la Cruz, Jesús mismo ruega al Padre por sus
discípulos y por todos los que creerán en El para que sean
una sola cosa, una comunión viviente. De aquí se deriva no
sólo el deber, sino también la responsabilidad que incumbe ante
Dios, ante su designio, sobre aquéllos y aquéllas que, por medio
del Bautismo llegan a ser el Cuerpo de Cristo, Cuerpo en el cual
debe realizarse en plenitud la reconciliación y la comunión. ¿Cómo
es posible permanecer divididos si con el Bautismo hemos sido «
inmersos » en la muerte del Señor, es decir, en el hecho mismo
en que, por medio del Hijo, Dios ha derribado los muros de la
división? La división « contradice clara y abiertamente la
voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a
la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura ».5
El camino ecuménico: camino de la Iglesia
7. « El Señor de los tiempos, que prosigue sabia y pacientemente
el plan de su gracia para con nosotros pecadores, últimamente ha
comenzado a infundir con mayor abundancia en los cristianos
separados entre sí el arrepentimiento y el deseo de la unión.
Muchísimos hombres, en todo el mundo, han sido movidos por esta
gracia y también entre nuestros hermanos separados hasurgido
un movimiento cada día más amplio, con ayuda de la gracia
del Espíritu Santo, para restaurar la unidad de los
cristianos. Participan en este movimiento de unidad, llamado
ecuménico, los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesús
como Señor y Salvador; y no sólo individualmente, sino también
reunidos en grupos, en los que han oído el Evangelio y a los que
consideran como su Iglesia y de Dios. No obstante, casi todos,
aunque de manera diferente, aspiran a una Iglesia de Dios
única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada
a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio
y así se salve para gloria de Dios ».6
8. Esta afirmación del Decreto Unitatis redintegratio se
debe comprender en el contexto de todo el magisterio conciliar.
El Concilio Vaticano II expresa la decisión de la Iglesia de
emprender la acción ecuménica en favor de la unidad de los
cristianos y de proponerla con convicción y fuerza: « Este santo
Sínodo exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo
los signos de los tiempos, participen diligentemente en el
trabajo ecuménico ».7
Al indicar los principios católicos del ecumenismo, el DecretoUnitatis
redintegratio enlaza ante todo con la enseñanza sobre la
Iglesia de la Constitución Lumen gentium, en el capitulo
que trata sobre el pueblo de Dios.
8
Al mismo tiempo, tiene presente lo que se afirma en la
Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la
libertad religiosa.
9
La Iglesia católica asume con esperanza la acción ecuménica como
un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y
guiada por la caridad. También aquí se puede aplicar la palabra
de san Pablo a los primeros cristianos de Roma: « El amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo »; así nuestra « esperanza... no defrauda » (Rm 5,
5). Esta es la esperanza de la unidad de los cristianos que
tiene su fuente divina en la unidad Trinitaria del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo.
9. Jesús mismo antes de su Pasión rogó para « que todos sean uno
» (Jn 17, 21). Esta unidad, que el Señor dio a su Iglesia
y en la cual quiere abrazar a todos, no es accesoria, sino que
está en el centro mismo de su obra. No equivale a un atributo
secundario de la comunidad de sus discípulos. Pertenece en
cambio al ser mismo de la comunidad. Dios quiere la Iglesia,
porque quiere la unidad y en la unidad se expresa toda la
profundidad de su ágape.
En efecto, la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste
simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman
unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la
profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión
jerárquica.
10
Los fieles son uno porque, en el Espíritu, están en la
comunión del Hijo y, en El, en su comunión con el
Padre: « Y nosotros estamos en comunión con el Padre y
con su Hijo, Jesucristo » (1 Jn 1, 3). Así pues, para la
Iglesia católica, lacomunión de los cristianos no es más
que la manifestación en ellos de la gracia por medio de la cual
Dios los hace partícipes de su propia comunión, que es su
vida eterna. Las palabras de Cristo « que todos sean uno » son
pues la oración dirigida al Padre para que su designio se cumpla
plenamente, de modo que brille a los ojos de todos « cómo se ha
dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador
de todas las cosas » (Ef 3, 9). Creer en Cristo significa
querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia;
querer la Iglesia significa querer la comunión de gracia que
corresponde al designio del Padre desde toda la eternidad. Este
es el significado de la oración de Cristo: « Ut unum sint
».
10. En la situación actual de división entre los cristianos y de
confiada búsqueda de la plena comunión, los fieles católicos se
sienten profundamente interpelados por el Señor de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II ha reforzado su compromiso con una
visión eclesiológica lúcida y abierta a todos los valores
eclesiales presentes entre los demás cristianos. Los fieles
católicos afrontan la problemática ecuménica con un espíritu de
fe.
El Concilio afirma que « la Iglesia de Cristo subsiste en la
Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los
obispos en comunión con él » y al mismo tiempo reconoce que «
fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos
elementos de santificación y de verdad que, como dones propios
de la Iglesia de Cristo, empujan hacia la unidad católica ».11
« Por tanto, las mismas Iglesias y Comunidades separadas, aunque
creemos que padecen deficiencias, de ninguna manera carecen de
significación y peso en el misterio de la salvación. Porque el
Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de ellas como medios de
salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de gracia y
verdad que fue confiada a la Iglesia católica ».12
11. De este modo la Iglesia católica afirma que, durante los dos
mil años de su historia, ha permanecido en la unidad con todos
los bienes de los que Dios quiere dotar a su Iglesia, y esto a
pesar de las crisis con frecuencia graves que la han sacudido,
las faltas de fidelidad de algunos de sus ministros y los
errores que cotidianamente cometen sus miembros. La Iglesia
católica sabe que, en virtud del apoyo que le viene del Espíritu,
las debilidades, las mediocridades, los pecados y a veces las
traiciones de algunos de sus hijos, no pueden destruir lo que
Dios ha infundido en ella en virtud de su designio de gracia.
Incluso « las puertas del infierno no prevalecerán contra ella »
(Mt 16, 18). Sin embargo la Iglesia católica no olvida
que muchos en su seno ofuscan el designio de Dios. Al recordar
la división de los cristianos, el Decreto sobre el ecumenismo no
ignora la « culpa de los hombres por ambas partes »,13
reconociendo que la responsabilidad no se puede atribuir
únicamente a los « demás ». Gracias a Dios, no se ha destruido
lo que pertenece a la estructura de la Iglesia de Cristo, ni
tampoco la comunión existente con las demás Iglesias y
Comunidades eclesiales.
En efecto, los elementos de santificación y de verdad presentes
en las demás Comunidades cristianas, en grado diverso unas y
otras, constituyen la base objetiva de la comunión existente,
aunque imperfecta, entre ellas y la Iglesia católica.
En la medida en que estos elementos se encuentran en las demás
Comunidades cristianas, la única Iglesia de Cristo tiene una
presencia operante en ellas. Por este motivo el Concilio
Vaticano II habla de una cierta comunión, aunque imperfecta. La
Constitución Lumen gentium señala que la Iglesia católica
« se siente unida por muchas razones »
14
a estas Comunidades con una cierta verdadera unión en el
Espíritu Santo.
12. La misma Constitución explicita ampliamente « los elementos
de santificación y de verdad » que, de diversos modos, se
encuentran y actúan fuera de los límites visibles de la Iglesia
católica: « Son muchos, en efecto, los que veneran la Sagrada
Escritura como norma de fe y de vida y manifiestan un amor
sincero por la religión, creen con amor en Dios Padre
todopoderoso y en el Hijo de Dios Salvador y están marcados por
el Bautismo, por el que están unidos a Cristo, e incluso
reconocen y reciben en sus propias Iglesias o Comunidades
eclesiales otros sacramentos. Algunos de ellos tienen también el
Episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la
devoción a la Virgen Madre de Dios. Se añade a esto la comunión
en la oración y en otros bienes espirituales, incluso una cierta
verdadera unión en el Espíritu Santo. Este actúa, sin duda,
también en ellos y los santifica con sus dones y gracias y, a
algunos de ellos, les dio fuerzas incluso para derramar su
sangre. De esta manera, el Espíritu suscita en todos los
discípulos de Cristo el deseo de trabajar para que todos se unan
en paz, de la manera querida por Cristo, en un solo rebaño bajo
un solo Pastor ».
15
El Decreto conciliar sobre el ecumenismo, refiriéndose a las
Iglesias ortodoxas llega a declarar que « por la celebración de
la Eucaristía del Señor en cada una de esas Iglesias, se edifica
y crece la Iglesia de Dios ».16
Reconocer todo esto es una exigencia de la verdad.
13. El mismo Documento presenta someramente las implicaciones
doctrinales. En relación a los miembros de esas Comunidades,
declara: « Justificados por la fe en el Bautismo, se han
incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con
el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los
hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor ».17
Refiriéndose a los múltiples bienes presentes en las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales, el Decreto añade: « Todas
estas realidades, que proceden de Cristo y conducen a El,
pertenecen, por derecho, a la única Iglesia de Cristo. Nuestros
hermanos separados practican también no pocas acciones sagradas
de la religión cristiana, las cuales, de distintos modos, según
la diversa condición de cada Iglesia o comunidad, pueden sin
duda producir realmente la vida de la gracia, y deben ser
consideradas aptas para abrir el acceso a la comunión de la
salvación ».18
Se trata de textos ecuménicos de máxima importancia. Fuera de la
comunidad católica no existe el vacío eclesial. Muchos elementos
de gran valor (eximia), que en la Iglesia católica son
parte de la plenitud de los medios de salvación y de los dones
de gracia que constituyen la Iglesia, se encuentran también en
las otras Comunidades cristianas.
14. Todos estos elementos llevan en sí mismos la llamada a la
unidad para encontrar en ella su plenitud. No se trata de poner
juntas todas las riquezas diseminadas en las Comunidades
cristianas con el fin de llegar a la Iglesia deseada por Dios.
De acuerdo con la gran Tradición atestiguada por los Padres de
Oriente y Occidente, la Iglesia católica cree que en el evento
de Pentecostés Dios manifestó ya la Iglesia en su
realidad escatológica, que El había preparado « desde el tiempo
de Abel el Justo ».19
Está ya dada. Por este motivo nosotros estamos ya en los últimos
tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada existen, juntos
en su plenitud, en la Iglesia católica y, sin esta plenitud, en
las otras Comunidades,
20
donde ciertos aspectos del misterio cristiano han estado a veces
más eficazmente puestos de relieve. El ecumenismo trata
precisamente de hacer crecer la comunión parcial existente entre
los cristianos hacia la comunión plena en la verdad y en la
caridad.
Renovación y conversión
15. Pasando de los principios, del imperativo de la conciencia
cristiana, a la realización del camino ecuménico hacia la unidad,
el Concilio Vaticano II pone sobre todo de relieve la
necesidad de conversión interior. El anuncio mesiánico « el
tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca » y la
llamada consiguiente « convertíos y creed en la Buena Nueva » (Mc
1, 15), con la que Jesús inaugura su misión, indican el elemento
esencial que debe caracterizar todo nuevo inicio: la necesidad
fundamental de la evangelización en cada etapa del camino
salvífico de la Iglesia. Esto se refiere, de modo particular, al
proceso iniciado por el Concilio Vaticano II, incluyendo en la
renovación la tarea ecuménica de unir a los cristianos divididos
entre sí. « No hay verdadero ecumenismo sin conversión
interior ».21
El Concilio llama tanto a la conversión personal como a la
comunitaria. La aspiración de cada Comunidad cristiana a la
unidad es paralela a su fidelidad al Evangelio. Cuando se trata
de personas que viven su vocación cristiana, el Evangelio habla
de conversión interior, de una renovación de la mente.
22
Cada uno debe pues convertirse más radicalmente al Evangelio y,
sin perder nunca de vista el designio de Dios, debe cambiar su
mirada. Con el ecumenismo la contemplación de las « maravillas
de Dios » (mirabilia Dei) se ha enriquecido de nuevos
espacios, en los que el Dios Trinitario suscita la acción de
gracias: la percepción de que el Espíritu actúa en las otras
Comunidades cristianas, el descubrimiento de ejemplos de
santidad, la experiencia de las riquezas ilimitadas de la
comunión de los santos, el contacto con aspectos impensables del
compromiso cristiano. Por otro lado, se ha difundido también la
necesidad de penitencia: el ser conscientes de ciertas
exclusiones que hieren la caridad fraterna, de ciertos rechazos
que deben ser perdonados, de un cierto orgullo, de aquella
obstinación no evangélica en la condena de los « otros », de un
desprecio derivado de una presunción nociva. Así la vida entera
de los cristianos queda marcada por la preocupación ecuménica y
están llamados a asumirla.
16. En el magisterio del Concilio hay un nexo claro entre
renovación, conversión y reforma. Afirma así: « La Iglesia,
peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma
permanente de la que ella, como institución terrena y humana,
necesita continuamente; de modo que si algunas cosas, por
circunstancias de tiempo y lugar, hubieran sido observadas menos
cuidadosamente 2 deben restaurarse en el momento oportuno y
debidamente ».23
Ninguna Comunidad cristiana puede eludir esta llamada.
Dialogando con franqueza, las Comunidades se ayudan a mirarse
mutuamente unas a otras a la luz de la Tradición apostólica.
Esto las lleva a preguntarse si verdaderamente expresan de
manera adecuada todo lo que el Espíritu ha transmitido por medio
de los Apóstoles.
24
En relación a la Iglesia católica, en diversas circunstancias,
como con ocasión del aniversario del Bautismo de la Rus',
25
o del recuerdo, después de once siglos, de la obra
evangelizadora de los santos Cirilo y Metodio,
26
me he referido a estas exigencias y perspectivas. Más
recientemente, elDirectorio para la aplicación de los
principios y de las normas acerca del ecumenismo, publicado
con mi aprobación por el Pontificio Consejo para la Promoción de
la Unidad de los Cristianos, las ha aplicado en el campo
pastoral.
27
17. En relación a los demás cristianos, los principales
documentos de la Comisión Fe y Constitución
28
y las declaraciones de numerosos diálogos bilaterales han
ofrecido ya a las Comunidades cristianas instrumentos útiles
para discernir lo que es necesario para el movimiento ecuménico
y para la conversión que éste debe suscitar. Estos estudios son
importantes bajo una doble perspectiva: muestran los notables
progresos ya alcanzados e infunden esperanza por constituir una
base segura para la sucesiva y profundizada investigación.
La comunión creciente en una reforma continua, realizada a la
luz de la Tradición apostólica, es sin duda, en la situación
actual del pueblo cristiano, una de las características
distintivas y más importantes del ecumenismo. Por otra parte, es
también una garantía esencial para su futuro. Los fieles de la
Iglesia católica deben saber que el impulso ecuménico del
Concilio Vaticano II es uno de los resultados de la postura que
la Iglesia adoptó entonces para escrutarse a la luz del
Evangelio y de la gran Tradición. Mi predecesor, el Papa Juan
XXIII, lo había comprendido bien rechazando separar
actualización y apertura ecuménica al convocar el Concilio.
29
Al término de la asamblea conciliar, el Papa Pablo VI,
reanudando el diálogo de caridad con las Iglesias en comunión
con el Patriarcado de Constantinopla, y realizando el gesto
concreto y altamente significativo de « relegar en el olvido »
—y hacer « desaparecer de la memoria y del interior de la
Iglesia »— las excomuniones del pasado, consagró la vocación
ecuménica del Concilio. Es interesante recordar que la creación
de un organismo especial para el ecumenismo coincide con el
comienzo mismo de la preparación del Concilio Vaticano II
30
y que, a través de este organismo, las opiniones y valoraciones
de las demás Comunidades cristianas estuvieron presentes en los
grandes debates sobre la Revelación, la Iglesia, la naturaleza
del ecumenismo y la libertad religiosa.
Importancia fundamental de la doctrina
18. Basándose en una idea que el mismo Papa Juan XXIII había
expresado en la apertura del Concilio,
31
el Decreto sobre el ecumenismo menciona el modo de exponer la
doctrina entre los elementos de la continua reforma.
32
No se trata en este contexto de modificar el depósito de la fe,
de cambiar el significado de los dogmas, de suprimir en ellos
palabras esenciales, de adaptar la verdad a los gustos de una
época, de quitar ciertos artículos del Credo con el falso
pretexto de que ya no son comprensibles hoy. La unidad querida
por Dios sólo se puede realizar en la adhesión común al
contenido íntegro de la fe revelada. En materia de fe, una
solución de compromiso está en contradicción con Dios que es la
Verdad. En el Cuerpo de Cristo que es « camino, verdad y vida »
(Jn 14, 6), ¿quién consideraría legítima una
reconciliación lograda a costa de la verdad? La Declaración
conciliar sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae
atribuye a la dignidad humana la búsqueda de la verdad, « sobre
todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia »,33
y la adhesión a sus exigencias. Por tanto, un « estar juntos »
que traicionase la verdad estaría en oposición con la naturaleza
de Dios que ofrece su comunión, y con la exigencia de verdad que
está en lo más profundo de cada corazón humano.
19. Sin embargo, la doctrina debe ser presentada de un modo que
sea comprensible para aquéllos a quienes Dios la destina. En la
Carta encíclica Slavorum apostoli recordaba cómo Cirilo y
Metodio, por este mismo motivo, tradujeron las nociones de la
Biblia y los conceptos de la teología griega en un contexto de
experiencias históricas y de pensamiento muy diverso. Querían
que la única palabra de Dios fuese « hecha accesible de este
modo según las formas expresivas propias de cada civilización ».34
Comprendieron pues que no podían « imponer a los pueblos, cuya
evangelización les encomendaron, ni siquiera la indiscutible
superioridad de la lengua griega y de la cultura bizantina, o
los usos y comportamientos de la sociedad más avanzada, en la
que ellos habían crecido ».35
Así hacían realidad aquella « perfecta comunión en el amor 3
preserva a la Iglesia de cualquier forma de particularismo o de
exclusivismo étnico o de prejuicio racial, así como de cualquier
orgullo nacionalista ».36
En este mismo espíritu, no dudé en decir a los aborígenes de
Australia: « No tenéis que ser un pueblo dividido en dos partes
4 Jesús os invita a aceptar sus palabras y sus valores dentro de
vuestra propia cultura ».37
Puesto que por su naturaleza la verdad de fe está destinada a
toda la humanidad, exige ser traducida a todas las culturas. En
efecto, el elemento que determina la comunión en la verdad es el
significado de la verdad misma. La expresión de la verdad
puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión
se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje
evangélico en su inmutable significado.
38
« Esta renovación tiene, pues, gran importancia ecuménica ».39
Y es no sólo renovación del modo de expresar la fe, sino de la
misma vida de fe. Se podría preguntar: ¿quién debe realizarla?
El Concilio responde claramente a este interrogante: corresponde
a « la Iglesia entera, tanto los fieles como los pastores; y
afecta a cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida
cristiana diaria o en las investigaciones teológicas e
históricas ».40
20. Todo esto es sumamente importante y de significado
fundamental para la actividad ecuménica. De ello resulta
inequívocamente que el ecumenismo, el movimiento a favor de la
unidad de los cristianos, no es sólo un mero «
apéndice », que se añade a la actividad tradicional de la
Iglesia. Al contrario, pertenece orgánicamente a su vida y a su
acción y debe, en consecuencia, inspirarlas y ser como el fruto
de un árbol que, sano y lozano, crece hasta alcanzar su pleno
desarrollo.
Así creía en la unidad de la Iglesia el Papa Juan XXIII y así
miraba a la unidad de todos los cristianos. Refiriéndose a los
demás cristianos, a la gran familia cristiana, constataba: « Es
mucho más fuerte lo que nos une que lo que nos divide ». Por su
parte, el Concilio Vaticano II exhorta: « Recuerden todos los
fieles cristianos que promoverán e incluso practicarán tanto
mejor la unióncuanto más se esfuercen por vivir una vida más
pura según el Evangelio. Pues cuanto más estrecha sea su
comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntima y
fácilmente podrán aumentar la fraternidad mutua ».41
Primacía de la oración
21. « Esta conversión del corazón y santidad de vida, junto
con las oraciones públicas y privadas por la unidad de los
cristianos, deben considerarse como el alma de todo el
movimiento ecuménico y pueden llamarse con razón ecumenismo
espiritual ».42
Se avanza en el camino que lleva a la conversión de los
corazones según el amor que se tenga a Dios y, al mismo tiempo,
a los hermanos: a todos los hermanos, incluso a los que no están
en plena comunión con nosotros. Del amor nace el deseo de la
unidad, también en aquéllos que siempre han ignorado esta
exigencia. El amor es artífice de comunión entre las personas y
entre las Comunidades. Si nos amamos, es más profunda nuestra
comunión, y se orienta hacia la perfección. El amor se dirige
a Dios como fuente perfecta de comunión —la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo—, para encontrar la fuerza
de suscitar esta misma comunión entre las personas y entre las
Comunidades, o de restablecerla entre los cristianos aún
divididos. El amor es la corriente profundísima que da vida e
infunde vigor al proceso hacia la unidad.
Este amor halla su expresión más plena en la oración común.
Cuando los hermanos que no están en perfecta comunión entre sí
se reúnen para rezar, su oración es definida por el Concilio
Vaticano II como alma de todo el movimiento ecuménico. La
oración es « un medio sumamente eficaz para pedir la gracia de
la unidad », una « expresión auténtica de los vínculos que
siguen uniendo a los católicos con los hermanos separados ».43
Incluso cuando no se reza en sentido formal por la unidad de los
cristianos, sino por otros motivos, como, por ejemplo, por la
paz, la oración se convierte por sí misma en expresión y
confirmación de la unidad. La oración común de los cristianos
invita a Cristo mismo a visitar la Comunidad de aquéllos que lo
invocan: « Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos » (Mt 18, 20).
22. Cuando los cristianos rezan juntos la meta de la unidad
aparece más cercana. La larga historia de los cristianos marcada
por múltiples divisiones parece recomponerse, tendiendo a la
Fuente de su unidad que es Jesucristo. ¡El es el mismo ayer, hoy
y siempre! (cf. Hb 13, 8). Cristo está realmente presente
en la comunión de oración; ora « en nosotros », « con nosotros »
y « por nosotros ». El dirige nuestra oración en el Espíritu
Consolador que prometió y dio ya a su Iglesia en el Cenáculo de
Jerusalén, cuando la constituyó en su unidad originaria.
En el camino ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde
sin duda a la oración común, a la unión orante de quienes
se congregan en torno a Cristo mismo. Si los cristianos, a pesar
de sus divisiones, saben unirse cada vez más en oración común en
torno a Cristo, crecerá en ellos la conciencia de que es menos
lo que los divide que lo que los une. Si se encuentran más
frecuente y asiduamente delante de Cristo en la oración,
hallarán fuerza para afrontar toda la dolorosa y humana realidad
de las divisiones, y de nuevo se encontrarán en aquella
comunidad de la Iglesia que Cristo forma incesantemente en el
Espíritu Santo, a pesar de todas las debilidades y limitaciones
humanas.
23. En suma, la comunión de oración lleva a mirar con ojos
nuevos a la Iglesia y al cristianismo. En efecto, no se debe
olvidar que el Señor pidió al Padre la unidad de sus discípulos,
para que ésta fuera testimonio de su misión y el mundo pudiese
creer que el Padre lo había enviado (cf. Jn 17, 21). Se
puede decir que el movimiento ecuménico haya partido en cierto
sentido de la experiencia negativa de quienes, anunciando el
único Evangelio, se referían cada uno a su propia Iglesia o
Comunidad eclesial; una contradicción que no podía pasar
desapercibida a quien escuchaba el mensaje de salvación y
encontraba en ello un obstáculo a la acogida del anuncio
evangélico. Lamentablemente este grave impedimento no está
superado. Es cierto, no estamos todavía en plena comunión. Sin
embargo, a pesar de nuestras divisiones, estamos recorriendo el
camino hacia la unidad plena, aquella unidad que caracterizaba a
la Iglesia apostólica en sus principios, y que nosotros buscamos
sinceramente: prueba de esto es nuestra oración común, animada
por la fe. En la oración nos reunimos en el nombre de Cristo que
es Uno. El es nuestra unidad.
La oración
« ecuménica » está al servicio de la misión cristiana
y de su credibilidad. Por eso debe estar particularmente
presente en la vida de la Iglesia y en cada actividad que tenga
como fin favorecer la unidad de los cristianos. Es como si
nosotros debiéramos volver siempre a reunirnos en el Cenáculo
del Jueves Santo, aunque nuestra presencia común en este lugar,
aguarda todavía su perfecto cumplimiento, hasta que, superados
los obstáculos para la perfecta comunión eclesial, todos los
cristianos se reúnan en la única celebración de la Eucaristía.
44
24. Es motivo de alegría constatar cómo tantos encuentros
ecuménicos incluyen casi siempre la oración y, más aún, culminan
con ella. La Semana de Oración por la unidad de los
cristianos, que se celebra en el mes de enero, o en torno a
Pentecostés en algunos países, se ha convertido en una tradición
difundida y consolidada. Pero además de ella, son muchas las
ocasiones que durante el año llevan a los cristianos a rezar
juntos. En este contexto, deseo evocar la experiencia particular
de las peregrinaciones del Papa por las Iglesias, en los
diferentes continentes y en los varios países de la oikoumene
contemporánea. Soy bien consciente de que el Concilio Vaticano
II orientó al Papa hacia este particular ejercicio de su
ministerio apostólico. Se puede decir aún más. El Concilio hizo
de este peregrinar del Papa una clara necesidad, en cumplimiento
del papel del Obispo de Roma al servicio de la comunión.
45
Estas visitas casi siempre han incluido un encuentro ecuménico y
la oración en común de los hermanos que buscan la unidad en
Cristo y en su Iglesia. Recuerdo con una emoción muy
especial la oración con el Primado de la Comunión anglicana en
la catedral de Canterbury, el 29 de mayo de 1982, cuando en
aquel admirable templo veía un « elocuente testimonio, al mismo
tiempo, de nuestros largos años de herencia común y de los
tristes años de división que vinieron a continuación »;46
tampoco puedo olvidar las realizadas en los Países escandinavos
y nórdicos (1-10 de junio de 1989), en América, Africa, o
aquélla en la sede del Consejo Ecuménico de las Iglesias (12 de
junio de 1984), organismo que tiene como objetivo llamar a las
Iglesias y a las Comunidades eclesiales que forman parte « a la
meta de la comunión visible en una sola fe y en una sola
comunión eucarística expresada en el culto y en la vida común en
Cristo ».47
Y ¿cómo podría olvidar mi participación en la liturgia
eucarística en la iglesia de san Jorge, en el Patriarcado
ecuménico (30 de noviembre de 1979), y la celebración en la
Basílica de san Pedro durante la visita a Roma de mi venerable
Hermano, el Patriarca Dimitrios I (6 de diciembre de 1987)? En
aquella circunstancia, junto al altar de la Confesión,
profesamos juntos el Símbolo niceno-constantinopolitano, según
el texto original griego. No se pueden describir con pocas
palabras los aspectos concretos que han caracterizado cada uno
de estos encuentros de oración. Por los condicionamientos del
pasado que, de modo diverso, pesaban sobre cada uno de ellos,
todos tienen una propia y singular elocuencia; todos están
grabados en la memoria de la Iglesia, guiada por el Paráclito en
la búsqueda de la unidad de todos los creyentes en Cristo.
25. No sólo el Papa se ha hecho peregrino. En estos años muchos
dignos representantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales
me han visitado en Roma y he podido rezar con ellos en
encuentros públicos y privados. Ya he mencionado la presencia
del Patriarca ecuménico Dimitrios I. Quisiera ahora recordar
también el encuentro de oración con los Arzobispos luteranos,
primados de Suecia y Finlandia, en la misma Basílica de san
Pedro, para la celebraciónde Vísperas, con ocasión del VI
centenario de la canonización de santa Brígida (5 de octubre de
1991). Se trata de un ejemplo, porque la Iglesia es consciente
de que el deber de orar por la unidad es propio de su vida. No
hay un acontecimiento importante y significativo que no se
beneficie con la presencia recíproca y la oración de los
cristianos. Me es imposible enumerar todos estos encuentros,
aunque cada uno merezca ser nombrado. Verdaderamente el Señor
nos lleva de la mano y nos guía. Estos intercambios, estas
oraciones han escrito ya páginas y páginas de nuestro « Libro de
la unidad », « Libro » que debemos siempre hojear y releer para
hallar inspiración y esperanza.
26. La oración, la comunidad de oración, nos permite reencontrar
siempre la verdad evangélica de las palabras « uno solo es
vuestro Padre » (Mt 23, 9), aquel Padre, Abbá, al
cual Cristo mismo se dirige, El que es Hijo unigénito de la
misma sustancia. Y además: « Uno solo es vuestro Maestro;
y vosotros sois todos hermanos » (Mt 23, 8). La
oración « ecuménica » manifiesta esta dimensión fundamental de
fraternidad en Cristo, que murió para unir a los hijos de Dios
dispersos, para que nosotros, llegando a ser hijos en el Hijo
(cf. Ef 1, 5), reflejásemos más plenamente la
inescrutable realidad de la paternidad de Dios y, al mismo
tiempo, la verdad sobre la humanidad propia de cada uno y de
todos.
La oración « ecuménica », la oración de los hermanos y hermanas,
expresa todo esto. Ellos, precisamente por estar divididos entre
sí, con mayor esperanza se unen en Cristo, confiándole el
futuro de su unidad y de su comunión. A esta situación se
podría aplicar una vez más felizmente la enseñanza del Concilio:
« El Señor Jesús, cuando pide al Padre 'que todos sean uno
1 como nosotros también somos uno' (Jn 17, 21-22),
ofreciendo perspectivas inaccesibles a la razón humana, sugiere
cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la
unión de los hijos de Dios en la verdad y el amor ».48
La conversión del corazón, condición esencial de toda auténtica
búsqueda de la unidad, brota de la oración y ésta la lleva hacia
su cumplimiento: « Los deseos de unidad brotan y maduran como
fruto de la renovación de la mente, de la negación de sí mismo y
de una efusión libérrima de la caridad. Por ello, debemosimplorar
del Espíritu divino la gracia de una sincera abnegación,
humildad y mansedumbre en el servicio a los demás y espíritu de
generosidad fraterna hacia ellos ».49
27. Orar por la unidad no está sin embargo reservado a quien
vive en un contexto de división entre los cristianos. En el
diálogo íntimo y personal que cada uno de nosotros debe tener
con el Señor en la oración, no puede excluirse la preocupación
por la unidad. En efecto, sólo de este modo ésta formará parte
plenamente de la realidad de nuestra vida y de los compromisos
que hayamos asumido en la Iglesia. Para poner de relieve esta
exigencia he querido proponer a los fieles de la Iglesia
católica un modelo que me parece ejemplar, el de una religiosa
trapense, María Gabriela de la Unidad, que proclamé beata
el 25 de enero de 1983.
50
Sor María Gabriela, llamada por su vocación a vivir alejada del
mundo, dedicó su existencia a la meditación y a la oración
centrada en el capítulo 17 del Evangelio de san Juan y la
ofreció por la unidad de los cristianos. Este es el soporte de
toda oración: la entrega total y sin reservas de la propia vida
al Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu Santo. El ejemplo
de sor María Gabriela nos enseña, nos hace comprender cómo no
existen tiempos, situaciones o lugares particulares para rezar
por la unidad. La oración de Cristo al Padre es modelo para
todos, siempre y en todo lugar.
Diálogo ecuménico
28. Si la oración es el « alma » de la renovación ecuménica y de
la aspiración a la unidad; sobre ella se fundamenta y en ella
encuentra su fuerza todo lo que el Concilio define como «diálogo
». Esta definición no está ciertamente lejos delpensamiento
personalista actual. La actitud de « diálogo » se sitúa en
el nivel de la naturaleza de la persona y de su dignidad. Desde
el punto de vista filosófico, esta posición se relaciona con la
verdad cristiana sobre el hombre expresada por el Concilio. En
efecto, el hombre « es la única criatura en la tierra a la que
Dios ha amado por sí misma »; por tanto « no puede encontrarse
plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo ».51
El diálogo es paso obligado del camino a recorrer hacia la
autorrealización del hombre, tanto del individuo como
también de cada comunidad humana. Si bien del concepto de
« diálogo » parece emerger en primer plano el momento
cognoscitivo (dia-logos), cada diálogo encierra
una dimensión global, existencial. Abarca al sujeto humano
totalmente; el diálogo entre las comunidades compromete de modo
particular la subjetividad de cada una de ellas.
Esta verdad sobre el diálogo, expresada tan profundamente por el
Papa Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam suam,
52
fue también asumida por la doctrina y la actividad ecuménica del
Concilio. El diálogo no es sólo un intercambio de ideas. Siempre
es de todos modos un « intercambio de dones ».53
29. Por este motivo, el Decreto conciliar sobre el ecumenismo
pone también en primer plano « todos los esfuerzos para eliminar
palabras, juicios y acciones que no respondan, según la justicia
y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que por
lo mismo hagan más difíciles las relaciones mutuas con ellos ».54
Este Documento afronta la cuestión desde el punto de vista de la
Iglesia católica y se refiere al criterio que ella debe aplicar
en relación con los demás cristianos. Sin embargo, en todo esto
hay una exigencia de reciprocidad. Seguir este criterio es un
compromiso indispensable de cada una de las partes que quieren
dialogar y es condición previa para comenzarlo. Es necesario
pasar de una situación de antagonismo y de conflicto a un nivel
en el que uno y otro se reconocen recíprocamente como
asociados. Cuando se empieza a dialogar, cada una de las
partes debe presuponer una voluntad de reconciliación en su
interlocutor, deunidad en la verdad. Para realizar
todo esto, deben evitarse las manifestaciones de recíproca
oposición. Sólo así el diálogo ayudará a superar la división y
podrá acercar a la unidad.
30. Se puede afirmar, con viva gratitud hacia el Espíritu de
verdad, que el Concilio Vaticano II fue un tiempo providencial
durante el cual se realizaron las condiciones fundamentales para
la participación de la Iglesia católica en el diálogo ecuménico.
Por otra parte, la presencia de numerosos observadores de varias
Iglesias y Comunidades eclesiales, su profunda implicación en el
acontecimiento conciliar, los numerosos encuentros y las
oraciones en común que el Concilio ha hecho posibles, han
contribuido a que se dieran las condiciones para el diálogo.
Durante el Concilio, los representantes de las Iglesias y
Comunidades cristianas experimentaron la disposición para el
diálogo del episcopado católico del mundo entero y, en
particular, de la Sede Apostólica.
Estructuras locales de diálogo
31. El diálogo ecuménico, tal y como se ha manifestado desde los
días del Concilio, lejos de ser una prerrogativa de la Sede
Apostólica, atañe también a las Iglesias locales o particulares.
Las Conferencias episcopales y los Sínodos de las Iglesias
orientales católicas han instituido comisiones especiales para
la promoción del espíritu y de la acción ecuménicos. Oportunas
estructuras análogas trabajan a nivel diocesano. Estas
iniciativas manifiestan el deber concreto y general de la
Iglesia católica de aplicar las orientaciones conciliares sobre
ecumenismo: este es un aspecto esencial del movimiento ecuménico.
55
No sólo se ha emprendido el diálogo, sino que se ha
convertido en una necesidad declarada, una de las prioridades de
la Iglesia; en consecuencia, se ha perfilado la « técnica »
para dialogar, favoreciendo al mismo tiempo el crecimiento del
espíritu de diálogo. En este contexto se quiere ante todo
considerar el diálogo entre cristianos de las diferentes
Iglesias o Comunidades, « entablado entre expertos adecuadamente
formados, en el que cada uno explica con mayor profundidad la
doctrina de su Comunión y presenta con claridad sus
características ».56
Sin embargo, conviene que cada cristiano conozca el método
adecuado al diálogo.
32. Como afirma la Declaración conciliar sobre la libertad
religiosa, « la verdad debe buscarse de un modo adecuado a la
dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, es decir,
mediante la investigación libre, con la ayuda del magisterio o
enseñanza, de la comunicación y del diálogo, en los que unos
exponen a los otros la verdad que han encontrado o piensan haber
encontrado, para ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad;
una vez conocida la verdad, hay que adherirse a ella firmemente
con el asentimiento personal ».57
El diálogo ecuménico tiene una importancia esencial. « Pues, por
medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más
auténtico y una estima más justa de la doctrina y de la
vida de cada Comunión; además, también las Comuniones consiguen
una mayor colaboración en aquellas obligaciones en pro
del bien común exigidas por toda conciencia cristiana, y se
reúnen, en cuanto es posible, en la oración unánime. Finalmente,
todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la
Iglesia y emprenden valientemente, como conviene, la obra de
renovación y de reforma ».58
Diálogo como examen de conciencia
33. En la intención del Concilio, el diálogo ecuménico tiene el
carácter de una búsqueda común de la verdad, particularmente
sobre la Iglesia. En efecto, la verdad forma las conciencias y
orienta su actuación en favor de la unidad. Al mismo tiempo,
exige que la conciencia de los cristianos, hermanos divididos
entre sí, y sus obras se conformen a la oración de Cristo por la
unidad. Existe una correlación entre oración y diálogo. Una
oración más profunda y consciente hace el diálogo más rico en
frutos. Si por una parte la oración es la condición para el
diálogo, por otra llega a ser, de forma cada vez más madura, su
fruto.
34. Gracias al diálogo ecuménico podemos hablar de mayor madurez
de nuestra oración común. Esto es posible en cuanto el
diálogo cumple también y al mismo tiempo la función de un examen
de conciencia. ¿Cómo no recordar en este contexto las
palabras de la Primera Carta de Juan? « Si decimos: 'No tenemos
pecado', nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si
reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él 2 para
perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia » (1,
8-9). Juan nos lleva aún más allá cuando afirma: « Si decimos:
'No hemos pecado', le hacemos mentiroso y su Palabra no está en
nosotros » (1, 10). Una exhortación que reconoce tan
radicalmente nuestra condición de pecadores debe ser también
una característica del espíritu con que se afronta el diálogo
ecuménico. Si éste no llegara a ser un examen de conciencia,
como un « diálogo de las conciencias », ¿podríamos contar con la
certeza que la misma Carta nos transmite? « Hijos míos, os
escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca,
tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.
El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por
los nuestros, sino también por los del mundo entero » (2, 1-2).
El sacrificio salvífico de Cristo se ofrece por todos los
pecados del mundo, y por tanto también los cometidos contra la
unidad de la Iglesia: los pecados de los cristianos, tanto de
los pastores como de los fieles. Incluso después de tantos
pecados que han contribuido a las divisiones históricas, es
posible la unidad de los cristianos, si somos conscientes
humildemente de haber pecado contra la unidad y estamos
convencidos de la necesidad de nuestra conversión. No sólo se
deben perdonar y superar los pecados personales, sino también
los sociales, es decir, las « estructuras » mismas del pecado
que han contribuido y pueden contribuir a la división y a su
consolidación.
35. Una vez más el Concilio Vaticano II nos ayuda. Se puede
decir que todo el Decreto sobre el ecumenismo está lleno del
espíritu de conversión.
59
El diálogo ecuménico presenta en este documento un carácter
propio; se transforma en « diálogo de la conversión », y por
tanto, según la expresión de Pablo VI, en auténtico « diálogo de
salvación ».60
El diálogo no puede desarrollarse siguiendo una trayectoria
exclusivamente horizontal, limitándose al encuentro, al
intercambio de puntos de vista, o incluso de dones propios de
cada Comunidad. Tiende también y sobre todo a una dimensión
vertical que lo orienta hacia Aquél, Redentor del mundo y Señor
de la historia, que es nuestra reconciliación. La dimensión
vertical del diálogo está en el común y recíproco reconocimiento
de nuestra condición de hombres y mujeres que han pecado.
Precisamente esto abre en los hermanos que viven en comunidades
que no están en plena comunión entre ellas, un espacio interior
en donde Cristo, fuente de unidad de la Iglesia, puede obrar
eficazmente, con toda la potencia de su Espíritu Paráclito.
Diálogo para resolver las divergencias
36. El diálogo es también un instrumento natural para confrontar
diversos puntos de vista y sobre todo examinar las divergencias
que obstaculizan la plena comunión de los cristianos entre sí.
El Decreto sobre el ecumenismo describe, en primer lugar, las
disposiciones morales con las que se deben afrontar las
conversaciones doctrinales: « Los teólogos católicos, afianzados
en la doctrina de la Iglesia, deben seguir adelante en el
diálogo ecuménico con amor a la verdad, caridad y humildad,
investigando juntamente con los hermanos separados sobre los
misterios divinos ».61
El amor a la verdad es la dimensión más profunda de una
auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos.
Sin este amor sería imposible afrontar las objetivas
dificultades teológicas, culturales, psicológicas y sociales que
se encuentran al examinar las divergencias. A esta dimensión
interior y personal está inseparablemente unido el espíritu de
caridad y humildad. Caridad hacia el interlocutor, humildad
hacia la verdad que se descubre y que podría exigir revisiones
de afirmaciones y actitudes.
En relación al estudio de las divergencias, el Concilio pide que
se presente toda la doctrina con claridad. Al mismo tiempo,
exige que el modo y el método de enunciar la fe católica no sea
un obstáculo para el diálogo con los hermanos.
62
Ciertamente es posible testimoniar la propia fe y explicar la
doctrina de un modo correcto, leal y comprensible, y tener
presente contemporáneamente tanto las categorías mentales como
la experiencia histórica concreta del otro.
Obviamente, la plena comunión deberá realizarse en la aceptación
de toda la verdad, en la que el Espíritu Santo introduce a los
discípulos de Cristo. Por tanto debe evitarse absolutamente toda
forma de reduccionismo o de fácil « estar de acuerdo ». Las
cuestiones serias deben resolverse, porque de lo contrario
resurgirían en otros momentos, con idéntica configuración o bajo
otro aspecto.
37. El Decreto Unitatis redintegratio señala también un
criterio a seguir cuando los católicos tienen que presentar o
confrontar las doctrinas: « Han de recordar que existe un orden
o 'jerarquía' de las verdades de la doctrina católica, puesto
que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana.
Así se preparará el camino por el cual todos, por esta emulación
fraterna, se estimularán a un conocimiento más profundo y a una
exposición más clara de las riquezas insondables de Cristo ».63
38. En el diálogo nos encontramos inevitablemente con el
problema de las diferentes formulaciones con las que se expresa
la doctrina en las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales,
lo cual tiene más de una consecuencia para la actividad
ecuménica.
En primer lugar, ante formulaciones doctrinales que se
diferencian de las habituales de la comunidad a la que se
pertenece, conviene ante todo aclarar si las palabras no
sobrentienden un contenido idéntico, como, por ejemplo, se ha
constatado en recientes declaraciones comunes firmadas por mis
Predecesores y por mí junto con los Patriarcas de Iglesias con
las que desde siglos existía un contencioso cristológico. En
relación a la formulación de las verdades reveladas, la
Declaración Mysterium Ecclesiae afirma: « Si bien las
verdades que la Iglesia quiere enseñar de manera efectiva con
sus fórmulas dogmáticas se distinguen del pensamiento mutable de
una época y pueden expresarse al margen de estos pensamientos,
sin embargo, puede darse el caso de que tales verdades pueden
ser enunciadas por el sagrado Magisterio con palabras que sean
evocación del mismo pensamiento. Teniendo todo esto presente hay
que decir que las fórmulas dogmáticas del Magisterio de
la Iglesia han sido aptas desde el principio para comunicar la
verdad revelada y que, permaneciendo las mismas, lo serán
siempre para quienes las interpretan rectamente ».64
A este respecto, el diálogo ecuménico, que anima a las partes
implicadas a interrogarse, comprenderse y explicarse
recíprocamente, permite descubrimientos inesperados. Las
polémicas y controversias intolerantes han transformado en
afirmaciones incompatibles lo que de hecho era el resultado de
dos intentos de escrutar la misma realidad, aunque desde dos
perspectivas diversas. Es necesario hoy encontrar la fórmula que,
expresando la realidad en su integridad, permita superar
lecturas parciales y eliminar falsas interpretaciones.
Una de las ventajas del ecumenismo es que ayuda a las
Comunidades cristianas a descubrir la insondable riqueza de la
verdad. También en este contexto, todo lo que el Espíritu
realiza en los « otros » puede contribuir a la edificación de
cada comunidad
65
y en cierto modo a instruirla sobre el misterio de Cristo. El
ecumenismo auténtico es una gracia de cara a la verdad.
39. Finalmente, el diálogo pone a los interlocutores frente a
las verdaderas y propias divergencias que afectan a la fe. Estas
divergencias deben sobre todo ser afrontadas con espíritu
sincero de caridad fraterna, de respeto de las exigencias de la
propia conciencia y la del prójimo, con profunda humildad y amor
a la verdad. La confrontación en esta materia tiene dos puntos
de referencia esenciales: la Sagrada Escritura y la gran
Tradición de la Iglesia. Para los católicos es una ayuda el
Magisterio siempre vivo de la Iglesia.
La colaboración práctica
40. Las relaciones entre los cristianos no tienden sólo al mero
conocimiento recíproco, a la oración en común y al diálogo.
Prevén y exigen desde ahora cualquier posible colaboración
práctica en los diversos ámbitos: pastoral, cultural, social, e
incluso en el testimonio del mensaje del Evangelio.
66
« La cooperación de todos los cristianos expresa vivamente
aquella conjunción por la cual están ya unidos entre sí y
presenta bajo una luz más plena el rostro de Cristo siervo ».67
Una cooperación así fundada sobre la fe común, no sólo es rica
por la comunión fraterna, sino que es una epifanía de Cristo
mismo.
Además, la cooperación ecuménica es una verdadera escuela de
ecumenismo, es un camino dinámico hacia la unidad. La unidad de
acción lleva a la plena unidad de fe: « Con esta cooperación,
todos los que creen en Cristo aprenderán fácilmente cómo pueden
conocerse mejor los unos a los otros, apreciarse más y allanar
el camino de la unidad de los cristianos ».68
A los ojos del mundo la cooperación entre los cristianos asume
las dimensiones del común testimonio cristiano y llega a ser
instrumento de evangelización en beneficio de unos y otros.
II. FRUTOS DEL DIALOGO
La fraternidad reencontrada
41. Cuanto he dicho anteriormente en relación al diálogo
ecuménico desde la clausura del Concilio en adelante, lleva a
dar gracias al Espíritu de la verdad prometido por Cristo Señor
a los Apóstoles y a la Iglesia (cf. Jn 14, 26). Es la
primera vez en la historia que la acción en favor de la unidad
de los cristianos ha adquirido proporciones tan grandes y se ha
extendido a un ámbito tan amplio. Esto es ya un don inmenso que
Dios ha concedido y que merece toda nuestra gratitud. De la
plenitud de Cristo recibimos « gracia por gracia » (Jn 1,
16). Reconocer lo que Dios ya ha concedido es condición que nos
predispone a recibir aquellos dones aún indispensables para
llevar a término la obra ecuménica de la unidad.
Una visión de conjunto de los últimos treinta años ayuda a
comprender mejor muchos de los frutos de esta conversión común
al Evangelio de la que el Espíritu de Dios ha hecho instrumento
al movimiento ecuménico.
42. Sucede por ejemplo que —en el mismo espíritu del Sermón de
la Montaña— los cristianos pertenecientes a una confesión ya no
consideran a los demás cristianos como enemigos o extranjeros,
sino que ven en ellos a hermanos y hermanas. Por otra parte, hoy
se tiende a sustituir incluso el uso de la expresión hermanos
separados por términos más adecuados para evocar la
profundidad de la comunión —ligada al carácter bautismal— que el
Espíritu alimenta a pesar de las roturas históricas y canónicas.
Se habla de « otros cristianos », de « otros bautizados », de «
cristianos de otras Comunidades ». El Directorio para la
aplicación de los principios y de las normas acerca del
ecumenismo llama a las Comunidades a las que pertenecen
estos cristianos como « Iglesias o Comunidades eclesiales que no
están en plena comunión con la Iglesia católica».69
Esta ampliación de la terminología traduce una notable evolución
de la mentalidad. La conciencia de la común pertenencia a Cristo
se profundiza. Lo he podido constatar personalmente muchas veces,
durante las celebraciones ecuménicas que constituyen uno de los
eventos importantes de mis viajes apostólicos por las diversas
partes del mundo, o en los encuentros y celebraciones ecuménicas
realizados en Roma. La « fraternidad universal » de los
cristianos se ha convertido en una firme convicción ecuménica.
Relegando al olvido las excomuniones del pasado, las Comunidades
que en un tiempo fueron rivales hoy en muchos casos se ayudan
mutuamente; a veces se prestan los edificios de culto, se
ofrecen becas de estudio para la formación de los ministros de
las Comunidades carentes de medios, se interviene ante las
autoridades civiles para defender a otros cristianos
injustamente acusados, se demuestra la falta de fundamento de
las calumnias que padecen ciertos grupos.
En una palabra, los cristianos se han convertido a una caridad
fraterna que abarca a todos los discípulos de Cristo. Si sucede
que, como consecuencia de agitaciones políticas violentas, surge
en situaciones concretas una cierta agresividad o un espíritu de
revancha, las autoridades de las partes en conflicto se afanan
generalmente por hacer prevalecer la « Ley nueva » del espíritu
de caridad. Desgraciadamente, este espíritu no ha podido
transformar todas las situaciones de conflicto cruento. El
compromiso ecuménico en estas circunstancias exige no raramente
de quien lo vive opciones de auténtico heroísmo.
Es preciso afirmar a este respecto que el reconocimiento de la
fraternidad no es la consecuencia de un filantropismo liberal o
de un vago espíritu de familia. Tiene su raíz en el
reconocimiento del único Bautismo y en la consiguiente exigencia
de que Dios sea glorificado en su obra. El Directorio para la
aplicación de los principios y de las normas acerca del
ecumenismo alienta a un reconocimiento recíproco y oficial
de los Bautismos.
70
Esto es mucho más que un mero acto de cortesía ecuménica, y
constituye una afirmación eclesiológica importante.
Es oportuno recordar que el carácter fundamental del Bautismo en
la obra de la edificación de la Iglesia se ha puesto de relieve
claramente también gracias al diálogo multilateral.
71
La solidaridad al servicio de la humanidad
43. Sucede cada vez más que los responsables de las Comunidades
cristianas adoptan conjuntamente posiciones, en nombre de Cristo,
sobre problemas importantes que afectan a la vocación humana, la
libertad, la justicia, la paz y el futuro del mundo. Obrando así
« comulgan » con uno de los elementos constitutivos de la misión
cristiana: recordar a la sociedad, de un modo realista, la
voluntad de Dios, haciendo ver a las autoridades y a los
ciudadanos el peligro de seguir caminos que llevarían a la
violación de los derechos humanos. Es claro, y la experiencia lo
demuestra, que en algunas circunstancias la voz común de los
cristianos tiene más impacto que una voz aislada.
Los responsables de las Comunidades no son sin embargo los
únicos que se unen en este compromiso por la unidad. Numerosos
cristianos de todas las Comunidades, movidos por su fe,
participan juntos en proyectos audaces que pretenden cambiar el
mundo para que triunfe el respeto de los derechos y de las
necesidades de todos, especialmente de los pobres, los
marginados y los indefensos. En la Carta encíclica
Sollicitudo rei socialis he constatado con alegría esta
colaboración, señalando que la Iglesia católica no puede
soslayarla.
72
En efecto, los cristianos que tiempo atrás actuaban de modo
independiente, ahora están comprometidos juntos al servicio de
esta causa para que la benevolencia de Dios pueda triunfar.
La lógica es la del Evangelio. Por ello, reafirmando lo que
escribí en mi primera Carta encíclica Redemptor hominis,
he tenido oportunidad « de insistir sobre este punto y de
estimular todo esfuerzo realizado en esta dirección, a todos los
niveles en los que nos encontramos con los otros cristianos
hermanos nuestros »
73
y he dado gracias a Dios por « lo que ha realizado en las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales y por medio de ellas », como
también por medio de la Iglesia católica.
74
Hoy constato con satisfacción que la ya vasta red de
colaboración ecuménica se extiende cada vez más. También se
realiza una gran tarea en este campo gracias al Consejo
Ecuménico de las Iglesias.
Convergencias en la palabra de Dios y en el culto divino
44. Los progresos de la conversión ecuménica son también
significativos en otro sector, el relativo a la palabra de Dios.
Pienso ante todo en un hecho tan importante para diversos grupos
lingüísticos como son las traducciones ecuménicas de la Biblia.
Después de la promulgación, por parte del Concilio Vaticano II,
de la Constitución Dei Verbum, la Iglesia católica acogió
con alegría dicha iniciativa.
75
Estas traducciones, obra de especialistas, ofrecen generalmente
una base segura para la oración y la actividad pastoral de todos
los discípulos de Cristo. Quien recuerda todo lo que influyeron
las disputas en torno a la Escritura en las divisiones,
especialmente en Occidente, puede comprender el notable paso que
representan estas traducciones comunes.
45. A la renovación litúrgica realizada por la Iglesia católica,
corresponde en diversas Comunidades eclesiales la iniciativa de
renovar sus cultos. Algunas de ellas, a partir de los deseos
expresados a nivel ecuménico,
76
han abandonado la costumbre de celebrar su liturgia de la Cena
sólo en contadas ocasiones y han optado por una celebración
dominical. Por otra parte, comparando los ciclos de las lecturas
litúrgicas de distintas Comunidades cristianas occidentales, se
constata que convergen en lo esencial. Siempre a nivel ecuménico,
77
se ha dado un relieve muy especial a la liturgia y a los signos
litúrgicos (imágenes, iconos, ornamentos, luces, incienso,
gestos). Además, en los institutos de teología donde se forman
los futuros ministros el estudio de la historia y del
significado de la liturgia comienza a formar parte de los
programas, como una necesidad que se está descubriendo.
Se trata de signos convergentes en varios aspectos de la vida
sacramental. Ciertamente, a causa de las divergencias relativas
a la fe, no es posible todavía concelebrar la misma liturgia
eucarística. Y sin embargo, tenemos el ardiente deseo de
celebrar juntos la única Eucaristía del Señor, y este deseo es
ya una alabanza común, una misma imploración. Juntos nos
dirigimos al Padre y lo hacemos cada vez más « con un mismo
corazón ». En ocasiones, el poder consumar esta comunión « real
aunque todavía no plena » parece estar más cerca. ¿Quién hubiera
podido pensarlo hace un siglo?
46. En este contexto, es motivo de alegría recordar que los
ministros católicos pueden, en determinados casos particulares,
administrar los sacramentos de la Eucaristía, la Penitencia y la
Unción de enfermos a otros cristianos que no están en comunión
plena con la Iglesia católica, pero que desean vivamente
recibirlos, los piden libremente y manifiestan la fe que la
Iglesia católica confiesa en estos sacramentos. Recíprocamente,
en determinados casos y por circunstancias particulares, también
los católicos pueden solicitar estos mismos sacramentos a los
ministros de aquellas Iglesias en que sean válidos. Las
condiciones para esta acogida recíproca están fijadas en normas
cuya observancia es necesaria para la promoción ecuménica.
78
Apreciar los bienes presentes en los otros cristianos
47. El diálogo no se desarrolla sólo en relación a la doctrina,
sino que abarca toda la persona: es también un diálogo de amor.
El Concilio afirmó: « Es necesario que los católicos reconozcan
con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos,
procedentes del patrimonio común, que se encuentran en nuestros
hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas
de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan
testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de la
sangre: Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus
obras ».79
48. Las relaciones que los miembros de la Iglesia católica han
establecido con los demás cristianos a partir del Concilio, han
hecho descubrir lo que Dios realiza en quienes pertenecen a las
otras Iglesias y Comunidades eclesiales. Este contacto directo,
a varios niveles, entre los pastores y entre miembros de las
Comunidades nos ha hecho tomar conciencia del testimonio que los
otros cristianos ofrecen a Dios y a Cristo. Se ha abierto así un
espacio amplísimo para toda la experiencia ecuménica, que es al
mismo tiempo el reto de nuestra época. ¿No es acaso el siglo
veinte un tiempo de gran testimonio, que llega « hasta el
derramamiento de la sangre? » ¿No mira también este testimonio a
las distintas Iglesias y Comunidades eclesiales, que toman su
nombre de Cristo, crucificado y resucitado?
Este común testimonio de santidad, como fidelidad al único Señor,
es un potencial ecuménico extraordinariamente rico de gracia. El
Concilio Vaticano II señaló que los bienes presentes en los
otros cristianos pueden contribuir a la edificación de los
católicos: « No hay que olvidar tampoco que todo lo que la
gracia del Espíritu Santo obra en los hermanos separados puede
contribuir también a nuestra edificación. Todo lo que es
verdaderamente cristiano no se opone nunca a los bienes
auténticos de la fe: es más, siempre puede conseguir que se
alcance de modo más perfecto el misterio de Cristo y de la
Iglesia ».80
El diálogo ecuménico, como verdadero diálogo de salvación, no
dejará de animar este proceso, bien encaminado ya en sí mismo a
avanzar hacia la verdadera y plena comunión.
Crecimiento de la comunión
49. El crecimiento de la comunión es un fruto precioso de las
relaciones entre los cristianos y del diálogo teológico que
mantienen. Lo uno y lo otro han hecho a los cristianos
conscientes de los elementos de fe que tienen en común. Esto ha
servido para consolidar posteriormente su compromiso hacia la
plena unidad. En ello el Concilio Vaticano II aparece como
potente foco de promoción y orientación.
La Constitución dogmática Lumen gentium relaciona la
doctrina sobre la Iglesia católica con el reconocimiento de los
elementos salvíficos que se encuentran en las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales.
81
No se trata de una toma de conciencia de elementos estáticos,
presentes pasivamente en esas Iglesias o Comunidades. Como
bienes de la Iglesia de Cristo, por su naturaleza, tienden hacia
el restablecimiento de la unidad. De esto se deriva que la
búsqueda de la unidad de los cristianos no es un hecho
facultativo o de oportunidad, sino una exigencia que nace de la
misma naturaleza de la comunidad cristiana.
Igualmente, los diálogos teológicos bilaterales con las mayores
Comunidades cristianas parten del reconocimiento del grado de
comunión ya presente para discutir después, de modo progresivo,
las divergencias existentes con cada una. El Señor ha concedido
a los cristianos de nuestro tiempo ir superando las discusiones
tradicionales.
El diálogo con las Iglesias de Oriente
50. A este respecto, se debe ante todo constatar, con gratitud
particular a la Providencia divina, que la relación con las
Iglesias de Oriente, debilitada durante siglos, se ha afianzado
con el Concilio Vaticano II. Los observadores de estas Iglesias
presentes en el Concilio, junto con los representantes de las
Iglesias y Comunidades eclesiales de Occidente, manifestaron
públicamente, en un momento tan solemne para la Iglesia católica,
la voluntad común de buscar la comunión.
El Concilio, por su parte, consideró con objetividad y con
profundo afecto a las Iglesias de Oriente, poniendo de relieve
su eclesialidad y los vínculos objetivos de comunión que las
unen con la Iglesia católica. El Decreto sobre el ecumenismo
afirma: « Por la celebración de la Eucaristía del Señor en cada
una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios »,
añadiendo que estas Iglesias « aunque separadas, tienen
verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión
apostólica, el Sacerdocio y la Eucaristía, con los que se unen
aún con nosotros con vínculos estrechísimos ».82
De las Iglesias de Oriente se reconoce su gran tradición
litúrgica y espiritual, el carácter específico de su desarrollo
histórico, las disciplinas observadas por ellas desde los
primeros tiempos y sancionadas por los Santos Padres y por los
Concilios ecuménicos, su modo propio de enunciar la doctrina.
Todo esto con la convicción de que la legítima diversidad no se
opone de ningún modo a la unidad de la Iglesia, sino que por el
contrario aumenta su honor y contribuye no poco al cumplimiento
de su misión.
El Concilio Ecuménico Vaticano II quiere fundamentar el diálogo
sobre la comunión existente y llama la atención precisamente
sobre la rica realidad de las Iglesias de Oriente: « Por ello,
el sacrosanto Sínodo exhorta a todos, pero principalmente a
aquellos que desean trabajar por la instauración de la deseada
comunión plena entre las Iglesias orientales y la Iglesia
católica, a que tengan la debida consideración de esta peculiar
condición de las Iglesias que nacen y crecen en Oriente y de la
índole de las relaciones existentes entre éstas y la Sede de
Roma antes de la separación, y a que se formen una recta opinión
sobre todas estas cosas ».83
51. Esta orientación conciliar ha sido fecunda tanto por las
relaciones de fraternidad, que se han ido desarrollando a través
del diálogo de caridad, como por la discusión doctrinal en el
ámbito de la Comisión mixta para el diálogo teológico entre
la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa en su conjunto.
Igualmente han sido muy fructíferas las relaciones con las
antiguas Iglesias de Oriente.
Ha sido un proceso lento y laborioso, pero fuente de mucha
alegría; ha sido también alentador porque ha permitido
reencontrar progresivamente la fraternidad.
Reanudación de contactos
52. En relación a la Iglesia de Roma y al Patriarcado ecuménico
de Constantinopla, el proceso al que acabamos de hacer alusión
se inició gracias a la apertura recíproca mostrada por los Papas
Juan XXIII y Pablo VI, y también por el Patriarca ecuménico
Atenágoras I y sus sucesores. El cambio producido tiene su
expresión histórica en el acto eclesial por medio del cual « se
ha borrado de la memoria y del interior de las Iglesias »
84
el recuerdo de las excomuniones que, novecientos años antes, en
1054, se convirtieron en símbolo del cisma entre Roma y
Constantinopla. Aquel acontecimiento eclesial, tan denso de
contenido ecuménico, tuvo lugar en los últimos días del Concilio,
el 7 de diciembre de 1965. La asamblea conciliar se concluía así
con un acto solemne que era al mismo tiempo purificación de la
memoria histórica, perdón recíproco y compromiso solidario por
la búsqueda de la comunión.
Este gesto estuvo precedido por el encuentro entre Pablo VI y el
Patriarca Atenágoras I en Jerusalén, en enero de 1964, durante
la peregrinación del Papa a Tierra Santa. En aquella ocasión
pudo encontrar también al Patriarca ortodoxo de Jerusalén,
Benedictos. Posteriormente, el Papa Pablo VI visitó al Patriarca
Atenágoras en El Fanar (Estambul), el 25 de julio de 1967 y, en
el mes de octubre del mismo año, el Patriarca fue acogido
solemnemente en Roma. Estos encuentros de oración señalaban el
camino a seguir para el acercamiento entre la Iglesia de Oriente
y la Iglesia de Occidente, y el restablecimiento de la unidad
que existía entre ellas en el primer milenio.
Después de la muerte del Papa Pablo VI y del breve pontificado
del Papa Juan Pablo I, cuando se me confió el ministerio de
Obispo de Roma, consideré que era uno de los deberes primeros de
mi ministerio pontificio tener de nuevo un contacto personal con
el Patriarca ecuménico Dimitrios I, que en este tiempo había
asumido la sucesión del Patriarca Atenágoras en la sede de
Constantinopla. Durante mi visita a El Fanar el 29 de noviembre
de 1979, el Patriarca y yo decidimos inaugurar el diálogo
teológico entre la Iglesia católica y todas las Iglesias
ortodoxas en comunión canónica con la sede de Constantinopla. Es
importante añadir, a este propósito, que estaban ya entonces en
curso los preparativos para la convocatoria del futuro Concilio
de las Iglesias ortodoxas. La búsqueda de su armonía es una
contribución a la vida y vitalidad de esas Iglesias hermanas, y
esto considerando también la función que están llamadas a
desarrollar en el camino hacia la unidad. El Patriarca ecuménico
quiso devolverme la visita que le había hecho y, en diciembre de
1987, tuve la alegría de recibirlo en Roma con sincero afecto y
con la solemnidad que le correspondía. En este contexto de
fraternidad eclesial se debe recordar la costumbre, establecida
ya desde hace varios años, de acoger en Roma, para la fiesta de
los santos apóstoles Pedro y Pablo, una delegación del
Patriarcado ecuménico, así como de enviar a El Fanar una
delegación de la Santa Sede para la solemne celebración de san
Andrés.
53. Estos contactos regulares permiten entre otras cosas un
intercambio directo de informaciones y pareceres para una
coordinación fraterna. Por otra parte, nuestra participación
común en la oración nos habitúa a vivir al lado los unos de los
otros, nos lleva a aceptar juntos, y por tanto a poner en
práctica, la voluntad del Señor para con su Iglesia.
En el camino que hemos recorrido desde el Concilio Vaticano II,
debemos mencionar al menos dos acontecimientos particularmente
elocuentes y de gran importancia ecuménica en las relaciones
entre Oriente y Occidente: en primer lugar, el Jubileo de 1984,
convocado para conmemorar el XI centenario de la obra
evangelizadora de Cirilo y Metodio, y en el que proclamé
copatronos de Europa a los dos santos apóstoles de los Eslavos,
mensajeros de fe. Ya el Papa Pablo VI en 1964, durante el
Concilio, había proclamado patrón de Europa a san Benito.
Asociar los dos hermanos de Tesalónica al gran fundador del
monacato occidental quiere poner indirectamente de relieve la
doble tradición eclesial y cultural tan significativa para los
dos mil años de cristianismo que ha caracterizado la historia
del continente europeo. No es superfluo recordar que Cirilo y
Metodio provenían del ámbito de la Iglesia bizantina de su
tiempo, época en la que estaba en comunión con Roma. Al
proclamarlos, junto con san Benito, patronos de Europa quería no
sólo ratificar la verdad histórica sobre el cristianismo en el
continente europeo, sino también proporcionar un tema importante
al diálogo entre Oriente y Occidente que tantas esperanzas ha
suscitado en el posconcilio. En los santos Metodio y Cirilo,
como en san Benito, Europa reencuentra sus raíces espirituales.
Ahora que llega a término el segundo milenio del nacimiento de
Cristo, se les debe venerar juntos, como patronos de
nuestro pasado y como santos a quienes las Iglesias y las
naciones del continente europeo confían su futuro.
54. El otro acontecimiento que me es grato recordar es la
celebración del Milenio del Bautismo de la Rus' (988-1988). La
Iglesia católica, y de modo particular la Sede Apostólica,
quisieron tomar parte en las celebraciones jubilares y trataron
de señalar cómo el Bautismo conferido en Kiev a san Vladimiro
fue uno de los sucesos centrales para la evangelización del
mundo. A ello deben su fe no sólo las grandes naciones eslavas
del Este europeo, sino también los pueblos que viven más allá de
los montes Urales y hasta Alaska.
En esta perspectiva encuentra su motivo más profundo una
expresión que he usado otras veces: ¡la Iglesia debe respirar
con sus dos pulmones! En el primer milenio de la historia del
cristianismo se hace referencia sobre todo a la dualidad
BizancioRoma; desde el Bautismo de la Rus' en adelante, esta
expresión ensancha sus horizontes: la evangelización se ha
extendido a un ámbito mucho más amplio, de modo que aquella
expresión se refiere ya a la Iglesia entera. Si se considera
además que este acontecimiento salvífico, que tuvo lugar en las
orillas del Dniepr, se remonta a una época en la que la Iglesia
de Oriente y la de Occidente no estaban divididas, se comprende
claramente cómo la perspectiva que debe seguirse para buscar la
comunión plena es aquella de la unidad en la legítima diversidad.
Es lo que he afirmado con fuerza en la Carta encíclica
Slavorum apostoli
85
dedicada a los santos Cirilo y Metodio y en la Carta apostólica
Euntes in mundum
86
dirigida a los fieles de la Iglesia católica en la conmemoración
del Milenio del Bautismo de la Rus' de Kiev.
Iglesias hermanas
55. El Decreto conciliar Unitatis redintegratio tiene
presente en su horizonte histórico la unidad que, a pesar de
todo, se vivió en el primer milenio y que se configura, en
cierto sentido, como modelo. « Es grato para el sagrado Concilio
recordar a todos 1 que en Oriente florecen muchas Iglesias
particulares o locales, entre las que ocupan el primer lugar las
Iglesias patriarcales, y muchas de éstas se glorían de tener su
origen en los mismos Apóstoles ».87
El camino de la Iglesia se inició en Jerusalén el día de
Pentecostés y todo su desarrollo original en la oikoumene
de entonces se concentraba alrededor de Pedro y de los Once (cf.
Hch 2, 14). Las estructuras de la Iglesia en Oriente y en
Occidente se formaban por tanto en relación con aquel patrimonio
apostólico. Su unidad, en el primer milenio, se mantenía en esas
mismas estructuras mediante los Obispos, sucesores de los
Apóstoles, en comunión con el Obispo de Roma. Si hoy, al final
del segundo milenio, tratamos de restablecer la plena comunión,
debemos referirnos a esta unidad estructurada así.
El Decreto sobre el ecumenismo señala un posterior aspecto
característico, gracias al cual todas las Iglesias particulares
permanecían en la unidad, la « preocupación y el interés por
conservar las relaciones fraternas en comunión de fe y caridad
que deben tener vigencia, como entre hermanos, entre las
Iglesias locales ».88
56. Después del Concilio Vaticano II y con referencia a aquella
tradición, se ha restablecido el uso de llamar « Iglesias
hermanas » a las Iglesias particulares o locales congregadas en
torno a su Obispo. La supresión además de las excomuniones
recíprocas, quitando un doloroso obstáculo de orden canónico y
psicológico, ha sido un paso muy significativo en el camino
hacia la plena comunión.
Las estructuras de unidad existentes antes de la división son un
patrimonio de experiencia que guía nuestro camino para la plena
comunión. Obviamente, durante el segundo milenio, el Señor no ha
dejado de dar a su Iglesia abundante frutos de gracia y
crecimiento. Pero por desgracia el progresivo distanciamiento
recíproco entre las Iglesias de Occidente y las de Oriente las
ha privado de las riquezas de sus dones y ayudas mutuas. Es
necesario hacer con la gracia de Dios un gran esfuerzo para
restablecer entre ellas la plena comunión, fuente de tantos
bienes para la Iglesia de Cristo. Este esfuerzo exige toda
nuestra buena voluntad, la oración humilde y una colaboración
perseverante que no se debe desanimar ante nada. San Pablo nos
amonesta: « Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas » (Ga
6, 2). ¡Cómo se adapta a nosotros y qué actual es la exhortación
del Apóstol! El término tradicional de « Iglesias hermanas »
debería acompañarnos incesantemente en este camino.
57. Como deseaba el Papa Pablo VI, nuestro objetivo es el de
reencontrar juntos la plena unidad en la legítima diversidad: «
Dios nos ha concedido recibir en la fe este testimonio de los
Apóstoles. Por el Bautismo somos uno en Cristo Jesús (cf.
Ga 3, 28). En virtud de la sucesión apostólica, el
Sacerdocio y la Eucaristía nos unimos más íntimamente;
participando de los dones de Dios a su Iglesia, estamos en
comunión con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo 2 En
cada Iglesia local se realiza est |