Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de 2005

Peregrinos de 60 países van a Tierra Santa para orar por la paz

Rev. Guillermo A. Revuelta Aguilera

El amor es la fuerza más grande con que cuenta el hombre, y a veces lo olvida en su desenfrenada carrera por tener, dejando de ser.

LOS 25,000 PEREGRINOS de diferentes religiones se reunieron en el centro de Jerusalén y de noche caminaron con velas encendidas por las calles de la Ciudad Santa pidiendo paz para el Medio Oriente y el mundo.

 

 El amor es lo único verdadero, pero lo hemos relegado a un segundo o tercer plano, y cuando está cerca el final, nos damos cuenta que lo “único que perdura es el bien que se hizo y el mal que se pudo evitar”. Riquezas, posiciones, lujos, todo pasará.

Qué hermoso me resulta recordar las advertencias de mis padres: “Tienes una gran misión en el mundo, pues te hemos dejado un apellido y una vida de ejemplar trayectoria”. Cuando era más joven no lo entendí, ahora que estoy llegando a la hermosa transición de mi vida puedo repetir lo que nos dejó dicho Jesús: “Al que mucho se le da, mucho se le exigirá.” Espero que Dios me ayude a ser merecedor de mi herencia.

EL REVERNDO GUILLERMO A. REVUELTA logra retratarse en la Franja de Gaza con un soldado israelí a la izquierda y uno palestino a la derecha. Una foto cargada de simbolismo.

Una de las experiencias más hermosas que he tenido en mi vida fue mi peregrinación a Tierra Santa. Haber sido escogido para orar por la paz en toda esa zona de conflicto en el Medio Oriente fue una de las mayores emociones del viaje.

Más de 2,500 clérigos integrábamos la peregrinación de un total de 25,000 creyentes. Con el nombre de “Corazón a corazón. Por la paz en el Medio Oriente y el mundo”estaban representadas 60 naciones de diferentes religiones y credos –católicos, evangélicos, ortodoxos griegos, judíos, musulmanes, budistas, etc.– unidos por un sólo propósito: orar por la paz. ¡Expresión hermosa de unidad en el amor!

Jerusalén, ciudad de paradojas, rodeada de murallas. Belén, cuna nuestro Señor Jesucristo, nuestro Salvador, aceptado, rechazado y hoy olvidado en muchos lugares que han sido bendecidos por él.

¡Cuántas emociones, esperanzas y penas vivimos en nuestro viaje a Tierra Santa! Por supuesto, muchos no podíamos olvidar a nuestra sufrida Cuba y la incluimos como motivo muy especial de nuestro viaje.

Del el 10 al 23 de diciembre de 2003 estuvimos en Jerusalén, Belén y la franja de Gaza orando por la paz. Oramos en Tierra de Nadie, que siempre será la Tierra de Dios. Oramos en Getsemaní, en el Muro de los Lamentos, en el Aposento Alto, en la tumba de David y en todos los lugares que pudimos visitar con la misma devoción, pidiendo por mi querida patria, Cuba, por su libertad, justicia y amor, porque nuestro Señor Jesucristo fue un Dios de justicia, paz y amor.

El 22 de diciembre fue una fecha memorable. Ese emocionante día estuvo lleno de fervor desde el instante en que nos reunimos en Jerusalén más de 25,000 peregrinos Tomamos una simbólica comunión con una pequeña copa con agua y repetimos al unísono: paz, peace, shalom, salma lekum por el mundo y el Medio Oriente. Yo incluí a Cuba y también lo hicieron varios católicos ortodoxos que estaban a mi lado. Después, todos en procesión con velas encendidas caminamos por las calles de Jerusalén

Lamentablemente, esa hermosa peregrinación pasó inadvertida para la prensa. ¿Por qué razón? “Esto no es noticia”, me dijeron. Pero al llegar a Miami, recibimos la información de que unos palestinos habían muerto en el mismo lugar por donde habíamos pasado unas horas antes. Esto sí fue noticia mundial. Entonces me pregunto: El drama que ocurrió de Belén hasta el Gólgota, ¿tendrá que repetirse?

¿Cuándo comprenderemos que una buena noticia es más valedera para nuestros hijos, nuestros nietos y el futuro de la humanidad?

A nosotros nos toca establecer la diferencia. No podemos dejarnos arrebatar el amor y la paz. Que Dios nos ayude y nos bendiga dándonos la fe y la paz para que podamos decir: Señor, misión cumplida. Amen.

Pastor presbiteriano. Tiene un doctorado de sicología cristiana y teología.