Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, noviembre de 2005

El Evangelio en lo social

P. José Santiago Matheu

La pretensión de este artículo es proponer algo para interiorizar y vivir todos.

Nuestro tiempo, este pedazo de historia que nos ha tocado vivir, tiene,tal vez más que siempre, necesidad del Evangelio.

Ese Evangelio de Jesucristo que tiene la fuerza de transformar la realidad social; pero que necesita testigos, hombres y mujeres fieles que lo hagan vida en cada contexto.

En este inicio del tercer milenio los cristianos debemos empeñarnos en anunciar el Evangelio que da la salvación y la libertad auténtica aun en las cosas temporales. Sirven de guía e inspiración las palabras de Pablo a su discípulo Timoteo: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tu, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio” (2 Tim 4, 2-5)

Cuando los cristianos cumplen su misión de anunciar el Evangelio están enseñando a los demás seres humanos, en nombre de Cristo, la dignidad que tienen como personas y les muestran de manera elocuente las aspiraciones de justicia y paz emanadas de la sabiduría divina.

Tal vez en tiempos pasados y aun en los actuales se ha presentado un Evangelio desencarnado, demasiado vertical, olvidando la necesaria dimensión horizontal que enseña al ser humano a no contentarse consigo mismo y a salir al encuentro del otro.  El amor que deben sentir los cristianos impulsa a la proposición concreta y al compromiso, y desde el evangelio tienen los principios de reflexión y los criterios de juicio que sirven de base para mostrar y promover un humanismo integral.

Este propósito de reflexión que pretende ubicar el Evangelio en lo social comienza en esta entrega y dará sucesivos pasos que nos ayuden en este empeño amplio y ecuménico.

• Primero veremos cómo en Jesucristo se realiza el acontecimiento decisivo que une la historia de Dios y los hombres en una sola historia, rica y lineal. La salvación que se ofrece en Él es para todos los hombres y de todo el hombre, o sea, salvación universal e integral.

• La persona humana, imagen de Dios, que ha recibido de Él mismo su inalienable dignidad, tiene que estar en los primeros pasos de nuestra reflexión, pues toda la vida social y comunitaria es expresión del ser humano como inconfundible protagonista.

• Un ingrediente imprescindible de la propuesta evangélica con relación al hombre es la libertad. Sólo desde una actitud libre el hombre puede dirigirse hacia el bien.

• El ser humano se une desde su libertad y la primera sociedad natural es la familia. La Sagrada Escritura repite y subraya la importancia de la familia en relación con la persona y  la sociedad. De ahí que nuestra reflexión sobre esa institución, la familia, debe ser importante en nuestros próximos números, pues Jesús nació en una familia concreta asumiendo todas las características propias, dando así una maravillosa dignidad a la institución matrimonial constituyéndola como sacramento de la nueva alianza (Mt. 19 3-9).

• Otro aspecto a destacar en nuestro intento de reflexión desde esta perspectiva genuinamente cristiana y ecuménica es todo lo relativo al trabajo, porque éste pertenece a la condición originaria del hombre y precede a su caída sin ser castigo o maldición. Desde los mismos orígenes de la reflexión cristiana, cuando los antiguos Padres nos proponían sus enseñanzas, el trabajo no era mirado como condición de cerrilidad. Juan Crisóstomo decía, por ejemplo, que “lo que perjudica al hombre es el ocio, mientras que la actividad es provechosa para su cuerpo y su espíritu” (Acta Apostolorum Homiliae 35, 3)

• Un tema necesario en una genuina reflexión social desde el Evangelio tiene que ser lo relativo a la comunidad política.

Para esto comenzaremos advirtiendo, cuando nuestra tarea llegue a tal punto, que la persona humana es el fundamento y el fin de la convivencia política. La comunidad política deriva de la naturaleza de las personas cuya conciencia “descubre y manda observar estrictamente” como dijera Juan XXIII en Pacem in Terris (258).

Y la autoridad que se deriva en este sentido, o sea la autoridad política, existe, sobre todo, para garantizar la vida ordenada y recta de la comunidad sin suplantar la libre actividad de las personas y de los grupos.

• Por este camino y en un mundo de creciente globalización hemos de llegar a la comunidad internacional. El mensaje cristiano nos ofrece una visión amplia de la vida de los hombres y los pueblos sobre la tierra. Así descubrimos que la convivencia entre las naciones se funda en los mismos valores que deben guiar a los seres humanos entre ellos, estos son, la verdad, la justicia, la solidaridad y la libertad. En fin, la finalidad primaria de esta  reflexión en nuestros próximos números debe ser la de proponer principios que permitan lograr y hacer fuerte una sociedad digna del hombre.

Juntos, los de cualquier confesión, debemos encontrar caminos que nos unan en una acción solidaria para construir una sociedad digna del hombre.

Sacerdote católico. Director de Cursillos de Cristiandad.