Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de 2005

Palabra de Dios

Adele J. González, D. Min.

Fue mi abuela quien me enseñó el poder de las palabras. Como buena maestra retirada un día me puso en las manos unas plumas que sacó de su almohada y me hizo tirarlas al patio. Varios días después me pidió que le trajera sus plumas. Por supuesto, por el paso de los días, el viento y alguna que otra lluviecita tropical, no pude encontrar ninguna. Al regresar frustrada y decirle que las plumas habían desaparecido, abuela me explicó: “Mira y aprende. Las plumas son las palabras: una vez que salen de tu boca, ya no puedes recogerlas. Piensa mucho antes de hablar, pues las palabras tienen una vida y una energía en ellas mismas que tú no puedes quitarles después que salen de ti”. Años después aprendí que la historia de las palabras y las plumas era famosa, que mi abuela no la había inventado. Sin embargo, el efecto de su enseñanza aún vive en mí.

De abuela aprendí también historias de la Guerra de Independencia cubana, de la valentía de los mambises y de mis bisabuelos en España. Ella me enseñó mis primeras oraciones para rezarle a un Dios al que aún yo no conocía. Sus palabras me alentaban, validaban mis sueños de niña y me revelaban mundos desconocidos. ¡Las palabras de abuela eran vivas!
Pero el tiempo me enseñó que también habían palabras de muerte: palabras de odio, de envidias, mentirosas, y que también tenían la misma fuerza de las “plumas” de la almohada de abuela: una vez dichas o escritas no se podían recoger.

Y mi vida siguió entre palabras de vida y muerte. Hasta un día. Fue cuando al fin me encontré cara a cara con la fuente de donde brotaban las palabras de mi abuela: la Palabra de Dios hecha carne. Dice el Evangelio según San Juan: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios... Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe” (Juan 1 1-3).
En el principio, cuando la tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, dijo Dios: ‘Haya luz’, y hubo luz” (Génesis 1 1-3). Dios habló y su Palabra dio luz a las tinieblas y orden al caos. Cuando de una forma metafórica decimos que “Dios habla”, nos referimos al poder creador y revelador de su Palabra. En el momento de la Alianza con Moisés, Dios inspiró un mensaje dirigido a su pueblo y resumido en diez “palabras”: el Decálogo (Éxodo 20 1-17). Estas palabras describían lo que Dios esperaba de los israelitas y ellos le fueron infieles.

Pero ni aun la infidelidad podía callar la Palabra de Dios que comenzó a ser dicha por boca de sus profetas.
Ezequiel describió así su llamado: “[Dios] Me dijo: ‘Hijo de hombre, ponte en pie, que voy a hablarte’... Me dijo: ‘Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, no les tengas miedo, no tengas miedo de sus palabras si te contradicen y te desprecian... Les comunicarás mis palabras, escuchen o no escuchen” (Ezequiel 2 1-3, 6-7).
La misión de la palabra profética era denunciar en nombre de Dios las faltas del pueblo, y anunciarles que Dios esperaba su regreso para restablecer los lazos de la Alianza.

Jeremías narra cándidamente la conversación que tiene lugar entre él y Dios el día en que fue llamado: “Entonces me fue dirigida la palabra de Yahvé en estos términos: ‘Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí’. Yo dije: ‘¡Ah, Señor Yahvé! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho’. Y me dijo Yahvé: ‘No digas: “Soy un muchacho”, pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo.’ Entonces alargó su mano y tocó mi boca. Y me dijo: ‘Mira que he puesto mis palabras en tu boca’” (Jeremías 1 4-9).
Fue el profeta Isaías el que para mí explicó con más claridad la misión de la Palabra: “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que cumplido aquello a que la envié” (Isaías 55 10-11).

Esa Palabra que es Amor no pudo contenerse y “se hizo carne y puso su Morada entre nosotros” (Juan 1 14). Cuando Dios “habló” la creación tenía un plan y ese plan incluía la unión entre lo divino y lo humano.

Para los cristianos, la consumación de ese plan es Jesús, Enmanuel (Dios-con-nosotros), Palabra de Dios hecha carne. Jesús vivió en la historia por unos años, y como había dicho Isaías, al terminar su misión volvería a Dios. Juan cita en su Evangelio la oración de Jesús: “Padre, yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese” (Juan 17 4-5).

Al llegar el final de su misión en la tierra, la Palabra no desaparece, sino que se transforma en Espíritu de vida, alentador y sanador. En los últimos instantes de su vida humana, Jesús promete a sus discípulos: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Juan 14 23).
Hoy es esta Palabra encarnada y viva en el Espíritu de Cristo resucitado la que me da paz, me anima y me reta a vivir como una hija muy amada de Dios. Es gracias a este Dios loco de amor que crea, habla, se hace carne y pone su morada dentro de mí, que puedo encontrarle sentido a la vida y a la muerte. La Palabra de Dios: Jesús, Amor hecho carne, que por razón de esta encarnación ha dado un valor divino a todo lo humano.