Periódico ecuménico cubano - Miami, Florida, octubre de
2005
|
Esencia del
ecumenismo
Rev. Martín M. Añorga
El vocablo ecumenismo proviene del término griego oikoumené,
que literalmente significa “la tierra habitada”, y para
nosotros, los cristianos, implica la idea de acercamiento,
unidad, comunión y hasta en muchos casos fusión, entre las
diferentes confesiones religiosas que se fundamentan en la
noción de la soberanía universal de Dios y el reinado único de
nuestro Señor Jesucristo.
Si fuéramos a buscar la base bíblica para el ecumenismo,
bastaría con que nos detuviéramos en la consideración de estos
dos textos de las Sagradas Escrituras:
“No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer
en mí por el mensaje de ellos, para que todos sean uno, Padre,
así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también
estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has
enviado”. (San Juan 17 21-22).
“Que el Dios que infunde aliento y perseverancia les conceda
vivir juntos en armonía, conforme al ejemplo de Cristo Jesús,
para que con un solo corazón y a una sola voz glorifiquemos al
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. (Romanos 15
5-6).
No todos los cristianos entienden el concepto de ecumenismo en
la misma forma. Hay quienes creen que el objetivo del ecumenismo
es la reunión de todos los cristianos en una misma inmensa y
universal entidad, y algunos otros basan su noción ecuménica
presentándose como el centro gravitacional en el que deben
coincidir todos los demás. Ecumenismo, sin embargo, tal como
nosotros lo vemos, no es la anulación de entidades individuales
en aras de una sola y novedosa institución mundial, ni la fusión
de todas las entidades existentes en una determinada tradición
vigente dentro del cristianismo.
Ecumenismo es conservar los énfasis, las estructuras y las
identidades particulares de la tradición cristiana a la que
pertenezcamos, al tiempo en que nos comunicamos de manera
fraternal y creativa con los demás. Sabemos que hay dentro del
ámbito religioso los que abjuran de esta posibilidad porque
consideran irreconciliables las doctrinas o prácticas que
sustentan con las de los otros sectores de la fe cristiana. Lo
cierto es, sin embargo, que el ecumenismo busca la
reconciliación entre los seres humanos sin demandarles que hagan
dejación de sus posiciones teológicas o prácticas de adoración.
No podemos confundir la unidad con la uniformidad.
Muy a menudo nuestra tendencia racionalista nos detiene el deber
de tomar acción. Recientemente invité a un pastor amigo a una
reunión ecuménica para que observara que una relación ecuménica
no es renunciación a la individualidad, sino el enriquecimiento
de la misma con el aporte de los demás. En efecto, este
compañero entendió en media hora de contacto con otros lo que no
había logrado entender en libros, teorías o por medio de
presunciones personales.
Lo que queremos afirmar es que el ecumenismo se entiende
practicándolo, no sometiéndolo a un análisis microscópico. Es la
práctica del ecumenismo la que nos lleva a la noción
intelectual, doctrinal o teológica del mismo.
En la ciudad de Miami tenemos un ejemplo vibrante. Existe lo que
hemos dado en llamar Grupo de Trabajo de Guías Espirituales en
Exilio, integrado por líderes católicos y protestantes, éstos de
varias denominaciones.
Es interesante ver reunidos a un obispo de la Iglesia Católica
Romana, a varios sacerdotes que han alcanzado el título de
monseñor y a otros que son párrocos locales, con obispos
episcopales, clérigos luteranos, presbiterianos, metodistas e
independientes, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes. No nos
reunimos para analizar doctrinas ni para señalarnos errores ni
diferencias, sino para intercambiar opiniones sobre asuntos que
como cristianos nos conciernen; para expresarnos apoyo mutuo y
comunicarnos amor fraternal y compañerismo sin fronteras.
Somos ecuménicos porque construimos puentes en lugar de
barreras, porque ponemos al ser humano por encima de las líneas
divisorias y porque entendemos que nuestra unidad es vertical.
No estamos unidos en los desniveles del suelo que pisamos, sino
en la altura celestial que nos cobija. Somos hijos del mismo
Padre, y por tanto, hermanos. Creemos en el mismo Señor
Jesucristo, redentor, y por tanto, somos miembros de la familia
universal que es la Iglesia.
Creemos que en esta sociedad secularizada y penetrada por el más
crudo materialismo, los cristianos estamos en el deber de cerrar
filas.
Gastar nuestras energías y recursos en contiendas y separatismos
que sólo benefician a los que quisieran vernos destruidos, es
una forma de infidelidad a los principios proclamados por Jesús
en su oración pastoral del Evangelio de San Juan.
Nosotros hemos comprobado la fuerza moral que nos asiste y que
impacta a la sociedad cuando unimos nuestras voces. Para muchos,
sin embargo, en estos tiempos la Iglesia ha perdido relevancia
Ya no es la institución respetada por todos, creyentes e
indiferentes. No vamos a entrar en este trabajo en el análisis
de las razones que han llevado a la Iglesia a esta nueva
situación, aunque anticipamos que no seríamos tardíos en
reconocer la responsabilidad que como cristianos nos
corresponde.
El hecho es que la Iglesia no es nueva en estos trajines. Su
historia de más de veinte siglos demuestra que ha superado
peligros peores. Nos afiliamos al dicho de Jesús de que “el
mundo perecerá” y confesamos que creemos arraigadamente en que
su Iglesia prevalecerá.
Nuestras circunstancias humanas son tan variables como
imperfectas son nuestras concepciones ideológicas. ¿Por qué
apoyarnos, pues, en estos factores para mantener “tienda aparte”
en el espectro universal del cristianismo?. Lo lógico, lo
bíblico, lo necesario, es que sepamos entrelazar las manos y
poner el corazón al unísono para proclamar a una sola voz que la
solución de los problemas del mundo no están en los cetros de
los reyes ni en las manos de los gobernantes, sean de derecha,
izquierda o el centro, sino en el poderío inapelable y eterno de
Jesucristo.
Antes de desechar la práctica del ecumenismo o tildarlo de
peligroso; antes de afirmar que el ecumenismo es un sincretismo
que se tragaría nuestras propias doctrinas, debemos abrirle un
espacio pragmático. ¿Recuerdan el salmo 133?: “Mirad cuán bueno
y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía...”.
Eso es el ecumenismo: armonía en la unidad. Probémoslo y
proclamemos ante el mundo que siendo negros, o blancos, europeos
o americanos, protestantes o católicos, y respetándonos a
nosotros mismos por lo que somos, podemos abrazarnos como
miembros de la familia redimida de Dios ante los pies de la
cruz, símbolo sagrado de nuestra redención.